Edición mensual - La Pasión 2006 - Colaboraciones

La Semana Santa hoy

Eduardo Egido

Nº 173A - Colaboraciones

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El Domingo de Ramos se presenta sin previo aviso, aunque en su momento algún pregón tuvo que anunciarlo porque no fueron pocos los que se echaron al ejido de Jerusalén para recibir al borriquillo y marcarle las calles del itinerario mediante un pasadizo de palmas que inclinaban, rendidas ante el prestigio del visitante, sus copas. A día de hoy, en cambio, pocos signos preceden el comienzo de la Semana Santa, a diferencia del resto de los ciclos festivos del año. Basta recordar, sin abandonar los ciclos religiosos, la marimorena que anuncia la Navidad desde un mes antes de su llegada. La Cuaresma es mucho más pudorosa, pasa de puntillas y son muy pocos los que advierten sus pisadas.

Este rasgo de la Semana Santa, la discreción, se mantiene hasta el final, a despecho de las estridentes cornetas que desafinan lo suyo maltratadas por los soplidos indoctos de la esforzada bandería. Cuando cesan en su empeño para recuperar el resuello, el sonido grave del tambor restablece la austera solemnidad del desfile procesional. Puede darse por seguro que los penitentes también agradecen la soledad del acompasado redoble.

Los acontecimientos comunes, los que casan sin esfuerzo con la condición humana, llevan el signo distintivo de la discreción. Lo que conmemora la Semana Santa sucede todos los días a lo ancho del mundo. Saltan sin estridencia las noticias sobre multitud de seres humanos que padecen una insoportable agonía antes de que les llegue una muerte que nos hemos acostumbrado a considerar inevitable. Nada nuevo bajo el sol. Por fortuna, a pesar de lo cotidiano que resulta ver un hombre al que han dado muerte violenta, no deja de conmovernos la imagen del crucificado. Quizá personifiquemos en él la agonía de todos los que pasan actualmente por un trance semejante.

La Semana Santa nos trae a la memoria acontecimientos que sucedieron dos mil años atrás y, al tiempo, impide que olvidemos que el exterminio del hombre por el hombre no ha perdido vigencia. Mostrar públicamente la faceta cruel del ser humano requiere discreción y silencio. Por ello, el desfile que mejor se acomoda a la esencia del mensaje es la procesión del silencio, en la madrugada del Viernes Santo. Se reduce el número de penitentes que desfilan por calles desiertas en el silencio de la noche cerrada. Pocos elementos les distraen del fin último de su cometido: poner de manifiesto con su presencia que repudian la muerte del hombre al que acompañan, que suscriben las ideas que le han condenado a su destino y que, por extensión, abominan de un mundo en el que veinte siglos después aún prevalece la tiranía humana sobre la indefensión de los desheredados.