Edición mensual - Febrero 2006 - Opinión

La sonrisa del lagarto

Ferraz, 14(Para mi gente que conocí en el Negro)

Eugenio Blanco

Nº 171 - Opinión

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Este artículo, es verdad, lo debo desde hace tiempo. A mis compañeros se lo prometí y ellos asintieron sin mucha fe: la gente que ha convivido contigo sabe más o menos darle significado a tus palabras, ofrecerte márgenes y disculparte tus demoras. Yo siempre me estoy demorando y, por eso mismo, ellos sabrán disculpar otro retraso más. Sin embargo, no escribo esto sólo para homenajear a mis compañeros únicamente, estas líneas tienen mucho de inventario conmigo mismo, con las épocas y con los discursos. Intentaremos hablar de ese tiempo ensordecedor para conocer un poco más cuáles son mis referencias, tal vez para conseguir desentender algo más lo que significa esto del paso del tiempo, eso que coloca unas cosas allá y luego acá, esos corrimientos que crea lo que decía al principio, eso de las épocas o etapas. En este caso viene al pelo una expresión que me gusta mucho: la importancia de las épocas impares.

La verdad es que no se puede empezar a hablar de Ferraz, 14 sin evocar la luz del atardecer sobre la piedra enigmática del Templo de Debod; en esa vista comenzó todo. Nos fuimos tan cautivados por esa imagen que todos supimos que allí iba a estar nuestra casa, bien es cierto que todos sabíamos que esa vista costaba una pasta a nuestros sufridos padres que nos pagaban las múltiples carreras que hacíamos en Madrid. Quizá por eso mismo nos costó un poco dar el ok definitivo, no mucho, eso cierto, sólo el tiempo reglamentario que impuso nuestras frágil conciencia.

Y luego comenzaron a llegar las maletas de cada uno y allí todos llevábamos la esencia que queríamos compartir. Todos las cajas de recuerdos que llenaban estanterías y estanterías de Marcos venían todavía calientes, como recién salidas del horno, con ganas de que se unieran nuevos números de teléfonos, nuevas colecciones de ropa interior, nuevas notas escritas con prisa en alguna hoja de papel, notas hechas cuando la pasión todavía no ha sido disuelta por el primer amanecer amatorio. Esas cajas tenían en su vientre lo que era su manera de vivir, de sentir el tiempo y el ímpetu.

Raúl colocó la habitación con gran geometría en apenas un par de jornadas, todo estaba en su sitio, perfecto, la cama hecha y la habitación ventilada, como ventiladas estaban sus ideas, siempre candentes en su retórica fina y bien hilada, de gran cadencia… todo su ideal de izquierdas estaba en esas frases autoritarias, pero llenas de sentido. Su habitación la coronaba la placa de la Calle de La Palma, que robó no sé cómo todavía en una noche de farra.

Sillo llegaría quejándose de algo, eso seguro, y con todos los juegos de ingenio embalados aún. Pero el ingenio residía en él y a mí me vacilaba todo el tiempo, porque a mí la gente lista me vacila muy pronto. Llegó un poco con la melancolía de quien tiene el amor un poco lejos, con ese desdoble que causa la distancia forzada. Había algo muy especial en su equipaje: un clarinete que lo definía, que hablaba de su talento, pero también de esa dejadez un poco desanimada que lo acompañaba como una sombra anciana. Lo tocó muy poco: pero una tarde me puse a descifrar las notas de la banda sonora de Memorias de África y me hizo realmente feliz.

Así llegaron ellos, y yo llegué, otra vez, tarde. No hablaré de mis tardanzas ni de mis reclusiones, porque esto es un regalo para todos y no un ajuste de cuentas, ni siquiera conmigo mismo, más que nada porque esas cuentas ya están ajustadas y salen por 150 euros que tenemos que pagar de recibos atrasados, de esos recibos que la casera se olvidaba mandar. Además yo quiero que después de que lean este artículo, cuando me vean, me den un abrazo sonriente y no que me dediquen una cara larga igual que cuando se enfadaban conmigo porque no sabían cuál era mi paradero, si la cama, la calle o la tumba. Pero es lo que tenía vivir las diferentes fases de la turbulencia parejil en un piso de amigos con los que también quieres vivir a tope y comerte el mundo: al final no cumples con nadie y te acabas cabreando mucho contigo mismo por no encontrarte a tu voz entre tantas maneras de ser que le surgen a uno. Pero es la vida y todas las intenciones eran buenas, aunque a veces no casaran.

Sin embargo, Ferraz 14 sobre todo era el arte de compartir. Todos tenían un hueco, hicimos de nuestro hogar un hogar para todos, el lugar donde se veían los partidos, se celebraban las cenas, se concertaban las timbas, se tomaban las copas, se discutía, se soñaba, se pensaba en Pablo Zuazo y esa caja que nunca llenamos, se celebraban las fiestas, se conocía gente, se colgaban carteles de la ventana para que subieran mujeres, en definitiva, el lugar donde se diseñaba el fin de semana y la vida.

Se compartía todo: los manjares y licores que nos traía el señor Vidal, esas morcillas de Burgos que tanto añoro, como el mojo y las cachapas que Palmer me enseñó a hacer o el pisto o esa ensaladilla rusa que siempre me hacía mi madre cuando volvía del pueblo. Todo era de todos, el fondo era de todos, nosotros éramos el fondo y cocinar siempre se nos dio bien... El símbolo de todo nuestro ánimo por compartir quizá fue cuando Alfon y el Vasco se cargaron la puerta de la habitación del balcón: la casa era tan de todos que las puertas se tenían que venir abajo, aunque esa madrugada azul a todos casi nos da un perrengue, y más a Sillo al que la tromba le sorprendió mientras hablaba por teléfono ajeno al cenaguero que venía encima.

Pero Ferraz, 14 la hacíamos entre todos, desde la encantadora vecina, Mercedes, que siempre nos tapaba (aprovecho para alegrarme por ese romance que Palmer oye), hasta las tranfullerías del portero, que desde que le dijimos que no le íbamos a deslizar nada de manguta empezó a configurar con el 4ºDcha una relación de amor-odio. Con él la intriga está asegurada, como en una película de época y de misterio, donde el pobre mayordomo sólo sabe cosas y va de discreto y luego acaba siendo el culpable. Vaya palo que le acabo de dar al pobre.

Ahora, desde mi destierro cercano, añoro las comidas de sobremesas sin final, el mercado de Tutor, el ver a algún actor famoso merodeando por el barrio y comentarlo, ver 59 con Raulito y estar de acuerdo sin estarlo, salir a malasañear después de que hayan caído algunos whiskies, sentir el empuje vital de MS que resuena en una mirada profunda o en una sonrisa traviesa, cuidar de las resacas de Alfon dándole su agua en su vaso y acoplándolo al lado de la cama en ese colchón donde tantos y tan pocas han dormido… Cuando vuelvo al piso y despierto a alguien con los timbrazos que tanto me han despertado me entra nostalgia, y más cuando me paseo por el escenario nuevo que ha diseñado Nando (quien me cogió el testigo), el escenario de paredes llenas de ingenio donde los recuerdos se juntan con cosas tan raras como la portada con la MARCA recordaba la figura de Jesús Gil al día siguiente de su muerte. Es un extravagante con aspecto de normal, el tío más cachondo con la cara más seria, el más fiestero siempre.

Me quedo con Madrid, me quedo con Ferraz, 14 como atributo de la juventud, taxi que coge Dieguito a hurtadillas después de la ronda de absentas en el Nueva Visión, vodka que bebe Charlie con su jersey naranja y su buen humor al lado, manarral tras manarral de Pepe en una noche donde el Vasco terminó de suturar su deuda, tantos destellos y recuerdos que hacen de este texto un lugar interminable, como interminable queda en la memoria la dirección que nos punteó no sólo el destino de nuestra amistad, sino también el de nuestra propia vida, Ferraz 14.