Edición mensual - Navidad 2005 - Historia

Sobrevivió a los campos de concentración nazis

Falleció en Francia Francisco López

Luis F. Ramírez Madrid

Nº 169 - Historia

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El pasado día siete de noviembre, fallecía en Francia a los 85 años de edad Francisco López, uno de los dos puertollanenses que habían sobrevivido a los campos de concentración nazis. Con él se va una persona cargada de historias que sufrió las consecuencias de las dictaduras de Primo de Rivera y la del General Franco; los horrores de dos guerras, la española y la mundial; tuvo que hacer frente a las barbaridades del cautiverio, primero en Francia y después con los alemanes; y, sobretodo, que ha tenido que vivir apartado de su patria, de su ciudad y de sus familiares, conformándose con ver como ha evolucionado todo a través de la imagen. Francisco nos ha dejado, ahora que estábamos iniciando gestiones para intentar que viniera a Puertollano y realizando iniciativas que hicieran justicia a su labor.

Francisco López Rodríguez nació en la segunda década del siglo XX, en la calle Calzada (donde hoy está ubicada la Casa de Cultura). Con cuatro años marchó a Francia al exiliarse su padre durante la dictadura de Primo de Rivera, retornando a nuestra ciudad en 1935 para trabajar en la fundición de Valero Pérez. Se marchó voluntario al Ejército Republicano y al finalizar la Guerra Civil se dirigió herido hacia la frontera francesa junto a miles de combatientes, ciudadanos, mujeres y niños que huían de los horrores de la guerra fratricida.

Telegrama con trece palabras

En un principio, sus familiares dieron por muerto a Francisco, ya que en su casa se recibió la maleta con su ropa. Afortunadamente, la Cruz Roja envió un telegrama a la familia con posterioridad, un telegrama con trece palabras en el que se decía que estaba con vida en un campo francés de refugiados. A partir de ahí el infierno estaba por llegar...

Supervivencia y liberación

El instinto de vencer a la muerte le hizo aferrarse a las posibilidades de sobrevivir a la obra (degradación, tortura y muerte) de una raza que se autodenominaba superior y lo consiguió. Sobrevivió, gracias a la solidaridad de los compañeros, a la llegada masiva de prisioneros soviéticos (sobre los que recayó todo el odio de los SS y Kapos) y a una buena dosis de suerte. Había conseguido burlar el letrero de bienvenida: “Vosotros que entráis, dejad aquí toda esperanza”. Había aguantado las atrocidades del Régimen nazi.

Regreso a Francia

A las 14 horas del día 5 de mayo de 1945 fue liberado Mauthausen. Tras ello, este puertollanense fue “repatriado” a Francia el 28 de ese mismo mes y, como no podía volver a su patria, España, se estableció definitivamente en el país vecino. Después de 53 meses de encierro, a Francisco, no le quedó más remedio que rehacer su vida en un país donde todo el mundo era extraño, sin dinero y sin casa. Imagínense lo duro que le tuvo que resultar adaptarse a aquella situación en aquellas condiciones. Allí fundó una familia (con Renée y Anita, su mujer e hija) y con el tiempo se hizo súbdito francés, volviendo esporádicamente a España a ver a sus familiares y a montar en Aranjuez “Ondas Cortas de Radio Nacional de España” en los años sesenta.

Lo que nunca pudo olvidar

El horror que vivió fue de tal magnitud que el dolor ha sido un fiel compañero del que no ha podido separarse. En su memoria continuaban vivos los instrumentos de tortura (látigos, barras de madera o inyecciones de gasolina); los hornos crematorios, de hierro y ladrillo; la sala donde se almacenaban los cadáveres; la cámara, con duchas y tuberías en el techo, en la que murieron a chorro miles de personas; las dos chimeneas; y en que incluso pensaba más en comer que en ser libre. A pesar de intentarlo con todas sus fuerzas, se ha marchado sin poder olvidar los golpes recibidos, ni la sensación que sintió cuando vio por vez primera aquellos muros de piedra gris y la puerta de arco coronada por un águila enorme que sujetaba con sus garras la cruz gamada. Se ha marchado sin poder olvidar aquella fortaleza en la que sufrió horrores que avergonzaron a toda la humanidad. Por eso las pesadillas y los sobresaltos le acompañaron hasta su muerte.

Que no vuelva a suceder

Su sueño era que los jóvenes no tuvieran que pasar lo que ellos pasaron. Por eso él, como todos los supervivientes de los campos nazis, prometió contar la historia de las barbaridades recibidas para evitar que vuelvan a repetirse. En este sentido, era miembro de honor del Museo de la Resistencia de Cahors y participaba activamente contando todo lo que allí sucedió. Creía que “había que hacer lo imposible para frenar a los jóvenes que, sin saber demasiado bien qué es la cruz gamada, protagonizan actos violentos”. El hecho de que esto sucediera nos reafirma que no es suficiente con no olvidarlo y que la única solución posible sería conseguir en todos los países una democracia activa y positiva en lo político, en lo social, en lo económico y en lo cultural. Se trataría de construir una sociedad en la que el talento no se destruya ni se oprima, sino que se fomente y se estimule donde se manifieste.

Una persona cargada de historia

Con él se ha ido una buena persona cargada de historias a la que le tocó sufrir las consecuencias de dos dictaduras (la de Primo de Rivera y la del General Franco); los horrores de dos guerras (la española y la mundial); hacer frente a las barbaridades del cautiverio (primero en Francia y después con los alemanes); y, sobretodo, se fue con la zozobra de haber tenido que vivir apartado de su patria, de su ciudad y de sus familiares, conformándose con ver cómo ha evolucionado todo a través de la imagen. Y, como decía al principio, nos ha dejado ahora que estábamos iniciando gestiones para intentar que viniera a Puertollano y realizando iniciativas que hicieran justicia a su labor.

EN LOS CAMPOS DE CONCENTRACIÓN

Hacia el exilio

La derrota del Ejército Republicano, abrió una etapa muy dolorosa para miles de republicanos que marcharon hacia el exilio francés, ignorando que serían conducidos a campos de concentración y que el destino les tenía preparada otra dramática guerra, ésta más larga y cruenta. Francisco formó parte de aquel contingente de soldados deprimidos que se hacinarían en los campos de concentración de “La Vergüenza”. Al estallar la II Guerra Mundial, y para escapar de allí, se alistó para combatir a las tropas de Hitler. Fue hecho prisionero por los alemanes en 1940, y como no le reconocieron el mismo estatuto que a los soldados aliados, fue deportado a Mauthausen junto a ocho mil prisioneros, cinco de ellos de nuestra ciudad. A partir de ahí, según nos contó, todo empeoró: Encerrado en un tren llegó a Alemania tres días después. Y de allí, al único campo de concentración existente de nivel III y que estaba destinado a «presos muy peligrosos y con escasas probabilidades de una reeducación».

Anulación de la personalidad

Era de noche cuando entró en Mauthausen, un lugar cuyos recuerdos le acompañarían el resto de sus días. Recién llegado al campo, quedó alineado en la explanada, donde se le retuvo toda su documentación y lo desnudaron. Después pasó la criba médica (los no aptos para el trabajo iban directamente a la cámara de gas) y, afeitado de la cabeza a los pies, lo ducharon con agua demasiado caliente o muy fría. Después le esperaba el traje a rayas, unas chanclas de madera y la anulación de la personalidad (la “S” por ser español, un triángulo de identificación azul por “apátrida” y el número de entrada en el campo). Así llegó a las barracas de la cuarentena. “Los aptos pasábamos a las barracas 11, 12 y 13 del campo, con la mayoría de los españoles”. Francisco López, dominaba varios idiomas y conocía varios oficios, lo que contribuyó a que conservara su vida, aunque esto no lo iba a eximir de recibir severos castigos.

Trabajo sin descanso

De allí salía para trabajar la cantera de granito, tristemente célebre por su terrible escalera de 186 peldaños para extraer enormes cantidades, que eran cargadas y arrastradas debiendo trabajar siempre sin descanso. Al final de la agotadora jornada, tenía que ascender la desigual escalinata cargado con un bloque de unos 30 kilos, formado y al trote, junto al resto.

Hambre y castigos crueles

Francisco pasó 4 años y cinco meses entre aquellos altos muros con alambradas electrificadas, que eran vigilados por los SS, con perros y metralletas. A todas las condiciones adversas enumeradas había que añadir el hambre, que se traducía en el aspecto esquelético de todos los deportados, a los que obligaban a actuar sin sentido por la necesidad de calmar los atormentados estómagos.

Por otro lado, la organización del exterminio fue diabólicamente perfecta. Además de masacrar y experimentar con los “improductivos”, los castigos fueron horrorosos, siendo los Kapos, portando una vara de buey con alambres, los encargados de realizar el trabajo sucio. A Francisco lo castigaron con el mango de un pico y desde entonces tenía serios problemas en los riñones, las piernas y las caderas. También le dolía la espalda de cuando lo colgaron. La realización de atrocidades físicas fue enorme y se pudo contabilizar (deportados, muertos, torturados, etc.) pero nunca se podrá mostrar los sentimientos de tristeza, de humillación, de vergüenza, de terror, o de soledad, que padecieron él y todos los que allí estuvieron.