Edición mensual - Navidad 2005 - Firma Invitada

FIRMA INVITADA

Okupa de ti mismo

Francisco Correal

Nº 169 - Firma Invitada

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Por una deformación proustiana, uno llega a confundir el tiempo con el espacio. Me explico: piensa que donde el espacio se detuvo en su vida, porque el destino le llevó por otros derroteros, también se detuvo el tiempo. Y que al reencuentro con el espacio perdido, uno volvería a encontrarse también con el perdido tiempo. Y que todos los habitantes de ese territorio abandonado y siempre soñado habrían permanecido estáticos, como témpanos, el tiempo que duró la ausencia de quien regresaba. Ese equívoco deja de serlo en Navidades. Este periodo recibe muchos nombres: vacaciones, rebajas, navidades, adviento, chupetines, nochevieja, añonuevo. En el fondo, pese a los intentos permanentes de americanizarnos con iconos importados, la Navidad es el mágico territorio de la infancia, es decir, el lugar donde el equívoco se equivoca y el tiempo y el espacio se hacen equivalentes. El niño que va dentro sale fuera, parteras de nosotros mismos, el niño que es nuestra memoria, nuestro aguinaldo, nuestra mistela. Palabras que fuera de ese tiempo, de ese espacio, serían pura arqueología y que ahora, al escribirlas en el ordenador desde el que viajarán al papel del periódico cobran forma de verdad, color del verdín de la era con el que hacíamos más creíble el prado donde pastaban las ovejas del portalito de Belén. Navidad es Natividad, y no sólo nace el niño Jesús. Todos, hasta los que se fueron pero viven en nuestro recuerdo, nacen de nuevo.

Si no creyera en lo que acabo de escribir, merecería ser reo de cursilería. En ese Belén de mi segunda infancia (la primera la repartí entre Galicia y la panadería de mi abuelo en Ciudad Real), los pastorcillos nos pasábamos todo el adviento jugando al fútbol, aunque el portal del Nacimiento parezca una portería de hockey sobre patines con un montón de porteros. Partidos apasionantes entre Betania y Galilea. Todo el día por delante, todo el tiempo del mundo. Teníamos el tiempo. Ahora el tiempo nos tiene cogidos por los huevos con la tiranía de la clepsidra. El niño es el único tirano decente. Se me acaba de ocurrir que la mayoría de los tiranos debieron ser unos niños infelices, muy poco tiranos en esa licencia de la infancia, nada déspotas, como si todo su afán por mandar y medrar lo fueran dejando para más adelante.

Vuelvo sin volver con cara de villancico, con frío de diciembre y albricias de Estepa. Nunca, no sé por qué, nunca me hizo gracia el mazapán. Vuelvo con el alboroto de las pandillas, la carretilla de los propósitos, la más hermosa de las mentiras, la más lograda de las metáforas: ese niño que nace y muere todos los años. Como nacen y mueren los años en el sacrificio de las campanadas. El niño nunca se fue, porque fuera hace mucho frío. Verás el día que salga y le dé por reverdecer sus laureles de mejor rematador de cabeza de todo el valle de Alcudia. En el centenario de Einstein seamos relativamente felices. La felicidad se calcula con la fórmula X=Y. X sería el tiempo, Y sería el espacio. En la huida a Egipto no olviden el pasaporte.