Edición mensual - Navidad 2005 - Colaboraciones

Adiós a las armas

Benjamín Hernández

Nº 169 - Colaboraciones

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Cuando acabó la guerra civil española los recuentos fueron espeluznantes. En ambos bandos se habían cometido crímenes espantosos. Nadie puede dudarlo. Estas cosas horrendas suceden porque en una guerra se ve al enemigo por todas partes. También ocurren porque siempre hay odios que se mantienen en lo más profundo de los recuerdos propios o impresos por la carga social, cultural y política. Para que tengan lugar se requiere el caldo de cultivo de la ignorancia o de la fe.

Por desgracia, todo este terror sigue produciéndose en cualquier lugar donde se enfrenten hermanos o vecinos. Más todavía que en las contiendas internacionales. Basta señalar con el dedo a un rojo en territorio nacional o a un fascista en la zona republicana. Entiéndanme la forma de hablar. Hay fascistas en todas partes. Son quienes, a pesar de profesar, aparentemente, una ideología, se comportan con desprecio de los demás, por ser distintos, por hablar, por leer, por juntarse con otros. Del desprecio a la ejecución no va siquiera un paso. Cuando tu concepto elevado de quién eres y de la razón que tienes se enfrenta a quienes consideras peligrosos, pero débiles, les tratas de eliminar. Cuando son suficientemente poderosos, intentas acercarlos a tu lado, aunque sea para poder apuntarles mejor. Eso pasa siempre. Pasó cuando dos mundos opuestos como el nazismo o el estalinismo pactaron para repartirse Polonia. Pasó cuando Franco le hizo la corte a Hitler y después borró los libros de texto desde el 45. Pasa como cuando Estados Unidos rearma a Saddam Hussein para que luche contra los rusos, o a Osama Ben Laden para que destruya el aliento pro soviético en Afganistán. Pasa cuando la extinta URSS aplasta un movimiento pro socialista en Yugoslavia o Checoslovaquia, también extinguidas.

Pasó cuando con la guerra “fría” hervía en Occidente y Eisenhower se vino a abrazar al general Franco, prometiendo oro para levantar Bases Norteamericanas (denominadas, curiosamente, conjuntas). El hecho de que hubieran luchado contra quienes ayudaron al dictador español apenas diez años antes, se borró como por arte de magia. Como ahora sucede con aquellos amigos, declarados enemigos de la Humanidad (léase USA), contra quienes se proclamó una nueva cruzada que sigue sembrando de cadáveres las ensangrentadas tierras de Oriente Medio.

El desparpajo de los poderosos a la hora de justificar sus ansias de poder es verdaderamente aterrador. Donde tú ves oleoductos, pozos de petróleo y reservas de gas natural, te ponen armas de destrucción masiva, escondites de terroristas y crecederos de fanatismo.

Y cuando se comienza la reacción en cadena (¿ha cesado alguna vez?) ya es imposible pararla. Los ataques de Rusia contra Chechenia, las guerras de Irak y Afganistán, las masacres de pueblos enteros, hacen que de entre las víctimas se levanten nuevos “combatientes”. Alentados por el dinero, el ansia por su cuota de poder, el odio y las soflamas religiosas, los kamikazes, los suicidas, los asesinos investidos de la razón y la desesperación se lanzan contra otros inocentes a los que encienden el deseo de la venganza, el ansia por la revancha.

Cuando Catón proclamó el “delenda est Carthago” la gran potencia púnica era un pálido reflejo de lo que fue. Asediada por los romanos, con unas indemnizaciones a la Urbe verdaderamente leoninas, con la entrega de sus hijos a la esclavitud, desde el Lacio les imponían nuevas condiciones, y luego otras y otras y otras. Al final declararon una impotente guerra, primero de guerrillas, luego de sabotajes, terrorismo fenicio, al fin y al cabo. Y Roma terminó por sembrar de sal la antigua ciudad tunecina y los campos de alrededor. Pero Roma no se salvó. Finalmente fue víctima de aquellos a los que armó para que defendieran las fronteras germánicas, el limes de una paz que era sólo una palabra. Y es que las palabras muchas veces conducen al desastre. Cuando empezó la guerra civil española, había triunfado electoralmente el Frente Popular, una coalición de partidos de izquierda. Previamente a las elecciones, desde las filas de la derecha y desde los púlpitos, se advirtió contra la catástrofe, la delincuencia, el separatismo, el olvido de la religión y el desmembramiento de la Nación. La respuesta de algunos grupos exaltados fue comenzar una serie de atentados (Calvo Sotelo) y la quema de conventos e iglesias.

Tras la muerte de Franco, ha hecho ahora treinta años, cuando se daban los primeros pasos hacia la democracia y las autonomías regionales, los grupos de la extrema derecha llamaban al alzamiento contra los separatismos nacionalistas, contra los homosexuales y las lesbianas, escandalizados de que tuvieran derecho a, simplemente, no ser detenidos. Las congregaciones religiosas advertían de la destrucción de la enseñanza de la religión y quemaban cines cuando se exhibían películas independientes desde el punto de vista de la fe. La izquierda, mayoritariamente republicana, se quedó al lado del rey para frenar posibles actos vandálicos, dando una muestra de tolerancia incluso cuando algunas bandas terroristas se autoproclamaban izquierdistas.

¿Les suenan estas palabras? La Historia nos enseña que siempre se repite. A ver si, de una vez, pudiéramos llevarle la contraria.