Edición mensual - Navidad 2005 - Colaboraciones

Al borde de la quiebra

J. Carlos Sanz

Nº 169 - Colaboraciones

Imprimir

Se nota ¿verdad? Que el mundo se oscurece imperceptiblemente, que estamos al borde la quiebra y que las señales de resquebrajamiento son cada vez más frecuentes dando muestras de una aluminosis global. Ya sé, estarán pensando “vaya, un alarmista más, uno de esos que nos anuncia el fin del mundo”.

Lejos de que mi intención sea milenarista o mesiánica, lo cierto es que en la trastienda de nuestra realidad hay un problema de fondo que no da la cara pero sí las instrucciones pertinentes para que los acontecimientos sigan actuando bajo el patrón del desconcierto. Mientras escribo esto, hay una revuelta urbana en Francia a la que no se encuentra una explicación aparente. Precisamente la inexistencia de una justificación, de un motivo concreto, de una reivindicación precisa es lo que trae de cabeza estos días a buena parte de Europa. Se especula demasiado, se dan palos de ciego sobre si la causa tiene que ver con la desprotección social que azota a muchos ciudadanos, curiosamente todos de origen inmigrante. El caso es que estamos abusando de la especulación, de ese manierismo de la razón por entroncar causas con efectos ya que estos actos de violencia callejera no responden a un fin aparente.

De nuevo, la palabra aparente, otra vez escarbando en el terreno de las explicaciones, de que estas acciones están pasando por algo, por esta nueva fase que atraviesan las sociedades democráticas en donde el estado del bienestar se ha vuelto famélico y cada vez los recursos con que cuentan los ciudadanos para hacer frente su día a día padecen una anorexia preocupante. Otro ejemplo sucedió recientemente con la devastación del Katrina en Nueva Orleans, donde se puso de manifiesto cómo el desentendimiento del gobierno norteamericano en materia de ayudas sociales trajo como macabra consecuencia el que los barrios más deprimidos de esta ciudad fueran carne de cañón para el huracán.

El estadio de esquizofrenia que padece actualmente el sistema capitalista es de aúpa. Durante todo este tiempo se ha estado cebando con las economías más pobres, con los países del Tercer Mundo y el brote se ha extendido infectando sin remedio a las sociedades opulentas, entiéndase Europa y Estados Unidos. Claro, hasta hace poco, los ciudadanos del Primer Mundo vivíamos cómodamente en nuestra torre de marfil, observando desde la distancia cómo el disparate hacía su agosto con las tres cuartas partes de la humanidad.

Era una cuestión de tiempo, como lo será el contagio de la gripe aviar en todo quisqui, y finalmente nos está tocando vivirlo. Un refrán dice eso de “cuando veas las barbas de tu vecino cortar pon las tuyas a remojar”, y por mucho que los europeos hemos hecho la vista gorda, tarde o temprano el problema iba a llegar.

No hay que ser muy lumbreras para dar con la clave: la falta de equilibrio en todos los ámbitos, el desigual reparto, el avance voraz del individualismo que se manifiesta en ese miedo al “otro” que las sociedades europeas y norteamericanas están experimentando en sus carnes. Todos sabemos que desde el ataque terrorista en las Torres Gemelas, el escenario mundial dio un giro de 360 grados, desafortunadamente para mal, y la prioridad actual de muchos es la apuesta por la seguridad en detrimento de las libertades individuales. Esto es así, lo peor, que la nueva etapa no ha hecho más que empezar y muchos pensadores y expertos nos están previniendo que sobre las democracias occidentales se cierne un tiempo oscuro. Félix Guattari, Noam Chomsky, José Saramago y tantos otros que al margen de la connotación de visionarios advierten de que por este camino vamos a la perdición.

Porque vuelvo a repetir, todos estos actos y acontecimientos violentos son los esquejes de un enorme problema de fondo que explicaré a continuación. Somos conscientes de que el terrorismo islámico radical nos tiene en su punto de mira y como objetivos que somos de esta desestabilización del sistema occidental nos ha entrado un síndrome de vulnerabilidad irreversible. ¿Por qué a nosotros? Sencillamente porque toda acción provoca una reacción. Y dado que la política exterior de Estados Unidos, contando con el silencio cómplice de la Unión Europea, se estructura en objetivos de ataques preventivos (ejemplos múltiples los tenemos con Sudán, Somalia o Irak), de imposición por la fuerza de una manera de vivir y pensar, y sobre todo como muestra cruel de un poder armamentístico y económico terrible, era de esperar una reacción.

Sólo que dicha reacción está acorde con estos tiempos poliédricos y por tanto, los acontecimientos son rizomáticos, es decir, el terrorismo de Al Qaeda está relacionado con lo anterior, y a su vez se vincula con otra cosa como es el descontento y la rabia acumulada en muchos ciudadanos de origen inmigrante que a pesar de tener la ciudadanía de un país europeo no se sienten representados por sus dirigentes por lo que no dudan en sacrificar hasta sus vidas como acto explícito de falta de integración (ahí tenemos el ejemplo de los atentados del 7J en Londres perpetrados por chicos nacidos en Gran Bretaña y que eran hijos de paquistaníes). Todo ello en apariencia pues las autoridades y en general la ciudadanía necesita encontrar una respuesta clara de por qué ocurren esta clase de barbaridades. Sin embargo, y a diferencia de otras etapas de la historia, los conflictos actuales parecen invertebrados.

Me explico: Antes el enemigo, para que todos nos entendamos, daba la cara, mostraba sus características, sus razones por las que eliminar o acabar con el otro y presentaba su modelo como alternativa. Pero esto no sucede ahora, tanto con el fenómeno del terrorismo internacional como con las revueltas callejeras en Francia. O sea, pretender comparar, o siquiera encontrar una brizna de semejanza, entre el mayo francés del 68 y el noviembre negro del 2005 es como confundir la velocidad con el tocino. Los conflictos, por tanto, no se vertebran en función de un ente o pensamiento concreto como en su día lo era el régimen soviético contra el occidental. La obsesión de Occidente siempre ha sido ubicar a unos y otros en dos posiciones, los malos y los buenos.

Pero lo de hoy no entra dentro de ese patrón. Los conflictos son difusos, las razones no son visibles y aunque nos afanemos en modelar un contorno a los mismos, enseguida pierden su aspecto neto. Un ejemplo para comprender todo esto: Al-Qaeda como tal no existe. En su momento era un campo de entrenamientos de yihadistas que tenía su sede en zonas de Afganistán. Bastó con que Estados Unidos invadiera este país y quitara de en medio al régimen talibán, para que la organización desapareciera por arte de magia y entrara en proceso de metástasis. Hoy todos hemos oído hablar de las células de Al-Qaeda, es decir, radicales que se inspiran en este modelo para actuar, personas que han convertido Al-Qaeda en una franquicia terrorista y cualquiera pueda aspirar a tener una licencia de apertura de la misma.

Sin embargo, ha sido Occidente el que ha inventado una denominación a este fenómeno, el que se afana en dotarlo de cuerpo y forma cuando los expertos saben que la relación entre Bin Laden y los que cometieron los atentados en Londres es inexistente. Así que, de nuevo, lo difuso, la antítesis de los conflictos anteriores. Los de ahora carecen de una columna vertebral de organización sólo obedecen a una actitud nihilista.

Pues sí amigos lectores, el problema de fondo de todo lo que está ocurriendo se llama Nihilismo, la apuesta por la destrucción sin más. No se persigue otra cosa, los que se suicidan matando a centenares de personas no lo hacen por motivos ideológicos o por una cuestión de principios. Mueren como acto nihilista, como demostración de que están hartos de la vida que les toca vivir y creen que muriendo mientras matan conseguirán que una sensación de fracaso absoluto haga acto de aparición en Occidente. Y a fe que lo están logrando.

No se trata más que del triunfo de la destrucción sobre la creación; los cientos de jóvenes que queman coches y todo lo que pillan estos días en Francia lo hacen impelidos por esta actitud nihilista, por sentir un vacío en sus vidas, no reclaman mejoras de ningún tipo o la conveniencia de que otro mundo es posible. Sencillamente, están hartos, no esperan nada y como tal no dudarán en algún momento por la vía del suicidio para seguir perpetuando la extensión del nihilismo en el planeta.

¿Estamos a tiempo de evitar todo esto? Pues esta es la pregunta del millón. Algunos piensan que sí, otros que no y muchos no saben o no contestan que es lo peor. Cuando una parte de la sociedad piensa en la muerte como el mejor acto de sus vidas, es que vamos por muy mal camino.

Señores esto es lo que hay. Un nihilismo con forma de rizoma. Y se trata del principio.