Edición mensual - Navidad 2005 - Colaboraciones

Treinta Navidades

Víctor Morujo

Nº 169 - Colaboraciones

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Este artículo ha nacido a la sombra de la nostalgia a la que tan dados somos en navidades, nostalgia que a menudo se convierte en reflexión, análisis en la distancia, y hasta autocrítica (si la nostalgia sirve solo para recordar, no sirve para nada) Por ello, aviso a quienes practiquen el nacional-españolismo a ultranza, tan de moda hoy día, y me permito incluso aconsejarles que no lean lo que sigue, porque me temo que no voy a convencerles de nada y, por lo tanto, van a perder su precioso tiempo.

A comienzos del pasado mes de noviembre, leí un suelto en La Vanguardia (¿ven como empezamos mal? A veces compro La Vanguardia) titulado “El PTE resucita en L’Hospitalet” en el que se anunciaba una reunión, como esas de antiguos alumnos, de antiguos militantes del Partido de los Trabajadores Españoles, actualmente extinto, y al que yo llegué a estar muy próximo, como militante de la Joven Guardia Roja. Como muchos lectores lo habrán olvidado, resumiré brevemente la corta historia de este partido, que nació en 1967 en Cataluña como una escisión del PSUC (el PCE de allí), y tomó la denominación de PCE(I) – Partido Comunista de España (Independiente) - La escisión estaba fundamentada en el desacuerdo con la línea de suavización de las aspiraciones políticas que, ya en la clandestinidad, estaba impulsando Santiago Carrillo a través de aquello que él mismo denominó “eurocomunismo”. Dado que el PCE(I) no compartía aquellos criterios, que básicamente consistían en renunciar al modelo de estado socialista democrático y aceptar el sistema parlamentario conviviendo con el capitalismo, su implantación, aunque siempre fue minoritaria, no tardó en extenderse al resto del Estado. Su presencia en la clandestinidad fue puramente testimonial, y sus actividades incluyeron algunos actos violentos, básicamente algaradas en la universidad y algún que otro cóctel “Molotov”, todo ello con un acento exclusivamente antifranquista.

Cuando E.T.A. asesinó a Luís Carrero Blanco, la dirección del PCE(I), que sería minoritaria, pero no carecía de una alta inteligencia política, comprendió que la desaparición del delfín de Franco y el fuerte movimiento “underground” que reclamaba un sistema democrático desde las izquierdas, pero también desde las derechas, no iba a significar otra cosa que la dictadura iba a desaparecer irremisiblemente con la muerte del “generalísimo”, con el Rey Juan Carlos como principal emblema del cambio. Por ello, decidió abandonar cualquier actitud violenta y aceptar las futuras normas del mecanismo democrático pluripartidista. Para certificar el final de esa etapa, volvió a refundarse y cambió su nombre por el de PTE, de carácter marxista leninista, continuador de la antigua doctrina del primer PSOE de Pablo Iglesias y de su excisión, el PCE de toda la vida, que ahora reformaba sus estatutos para ser “eurocomunista”. El PTE era, pues, lo que quedaba en pié de los planteamientos originales del movimiento socialista en España, que era ya muy poco, modernizado.

Con tan escaso peso político, apenas consiguió arañar algunos militantes a las filas de Carrillo y la mayoría de miembros los consiguió entre los jóvenes que nos incorporábamos a la política, los cuales aportamos una savia nueva, de una libertad irritante, de un sentido democrático sacrosanto, de una visión del socialismo en la que cabían Marx, Lenin, John Lennon, Bakunin, James Dean, François Truffaut, Pink Floyd, Andy Warhol y hasta James Bond. Así las cosas, el PTE tuvo que aliarse con otras formaciones semejantes, no sólo por motivos estratégicos, sino también de presupuesto, porque las campañas electorales eran caras. Esos aliados fueron, en primer lugar, la Joven Guardia Roja, una organización juvenil republicana de tesis casi idénticas, y después la ORT (Organización Revolucionaria de Trabajadores), de tendencias maoistas, con quienes acabarían fusionándose. Este PTE jamás consiguió representación parlamentaria estatal alguna, ignoro si tuvieron algún diputado regional, pero sí tengo constancia de que hubo concejales electos, muy poca cosa en medio del multicolor mapa de partidos de los primeros tiempos de la transición.

Las actitudes políticas del PTE comenzaron por pedir el NO en el referéndum para la reforma política que convocaron el Rey y Adolfo Suárez, y por volver a pedir el NO a la Constitución de 1978. Yo cumplí los 18 ese año, ya como militante de la Joven Guardia Roja y, como ellos, voté que no. No sé si nos equivocamos entonces, pero los argumentos de nuestra negativa eran los que considerábamos más normales y menos “revolucionarios” del mundo. No nos negamos porque quisiéramos convertir España en un estado socialista pues, aunque ése era nuestro modelo político, perfeccionado y democratizado, adaptado a los tiempos, a las libertades civiles y a los derechos humanos, aceptábamos el juego parlamentario y sabíamos que esos cambios sólo se pueden conseguir con el apoyo del pueblo o, lo que en un sistema parlamentario es lo mismo, con los votos de los electores.

Nuestro “No” al sistema que nos planteaban estaba basado más en las formas que en el fondo. Simplemente reclamábamos que en España sucediera lo mismo que en el resto de países que habían sufrido dictaduras, como Alemania, Italia, Grecia o Portugal: que se hiciera justicia, que se llevase a los tribunales a todas las personas y cargos del régimen de Franco que hubieran participado en actos criminales como la ejecución de los opositores políticos, y a quienes hubieran participado directamente en la represión de los derechos y las libertades de los ciudadanos. Esto es lo que se ha hecho siempre al acabar una dictadura, y a nosotros nos pareció lo más razonable. Queríamos nuestro propio Nuremberg, que todos los españoles asistieran a un juicio justo que determinara las responsabilidades, penales si las hubiera, de quienes habían protagonizado activamente la dictadura. No queríamos la muerte ni la ejecución de nadie, entre otras cosas porque nuestro programa político eliminaba la pena máxima del panorama legal español. No era, pues, una actitud extremista, ni rabiosa, ni siquiera rencorosa; simplemente, nos parecía peligroso que, en los escaños de la reciente democracia, estuvieran sentados juntos las víctimas y los verdugos, los represores y los reprimidos, fingiendo una especie de hermandad imposible. Ya sé que salieron demócratas hasta de debajo de las piedras, que la reconversión de la mayoría de protagonistas del régimen anterior fue poco menos que espectacular, pero ahora sigo preguntándome, como entonces, si eran realmente sinceros el cien por cien.

Han pasado treinta navidades desde la muerte de Franco, sólo treinta y, dado que poseemos el triste récord de tener la historia democrática más corta de Occidente, parece muy pronto para saber si nos equivocamos quienes votamos que no a la Constitución por las razones arriba expuestas. Sin embargo, hay un tufillo en el ambiente que parece indicar que aquella víbora sigue viva, que mudó de piel, sí, pero ocasionalmente saca sus colmillos e intenta esparcir su veneno, a veces con un éxito muy siniestro. Ese aroma a podrido lo hemos podido percibir con el debate sobre la legalización de las uniones civiles entre personas del mismo sexo, en las reformas educativas que ha puesto en marcha el Gobierno (especialmente en el tema de la asignatura de Religión) y, sobre todo, en el proceso de reforma de la administración del Estado, que consiste en actualizar los estatutos de autonomía y en poner después en marcha ese Pacto Local que sirva para que los municipios ganen en poder de autogobierno. Algunos lo llaman la “liquidación de España”, pero lo claramente visible es, ni más ni menos, lo siguiente:

Estos veinticinco años de modelo autonomista han sido, en líneas generales, tremendamente positivos. En sólo un cuarto de siglo hemos tenido que pasar del botijo a pedales al Wi-fi, sin las transiciones tecnológicas ni culturales que han atravesado en el resto de Occidente. Dicho en otras palabras, España ha salido de las cloacas de la Historia y se ha convertido en un país moderno, descentralizado, próspero y tolerante. Sin embargo, el proceso no se está completando al ritmo que debiera. Por poner un solo ejemplo, tras estos veinticinco años no hay ni una sola comunidad autónoma que haya conseguido todas las competencias de autogobierno previstas, ni siquiera las autodenominadas “históricas”. En Castilla La Mancha, a un paso de redactar nuestra actualización del Estatuto, aún no tenemos delegada la Justicia. Dado que las condiciones lo permiten, tras estos años de experiencia, parece lógico que reactualicemos el proceso, y éste se está llevando a cabo de una manera sumamente tímida, que consiste en no tocar, de momento, el articulado de la Constitución de 1978, si no es para que instituciones básicas de corte federal como el Senado, sean como realmente fueron concebidas. Las mismas viejas disensiones que los republicanos expresamos durante la transición, han vuelto a ponerse sobre el tapete, y se vuelve a discutir, pienso yo que sana y sensatamente, sobre federalismo y otros temas muy estimulantes. En este marco ha despertado la serpiente de la reacción que, curiosamente, acusa a los demócratas de crispar a España (¿quién crispa o, mejor dicho, quienes se han visto crispados si no son los “fachas” de toda la vida?) Es conveniente, sin embargo, aceptar que se levanten esas voces porque, sobre todas las cosas, suponen un ejercicio de sinceridad mediante el cual, quienes estaban disfrazados se quitan la careta y ponen sus cartas sobre la mesa, como las estamos poniendo también quienes queremos que esto marche más aprisa, porque nos consideramos preparados para gobernar nuestro propio futuro.

El ejercicio de la Democracia exige que se toleren todas las voces, absolutamente todas, y que todas las disensiones puedan seguir haciendo oír su voz. En tiempos de Aznar se cometió el error de estrechar el marco de la democracia hasta el punto de ilegalizar partidos políticos. No me importa si lo que defienden es o no políticamente correcto, lo único que me importa es que tenían muchos más votos que los que jamás logró acarrear el PTE. La Democracia debe asimilar sus mieles y sus sapos y, si elimina la disidencia, cualquiera que ésta sea, está empobreciéndose.

El suelto de La Vanguardia al que me refería al inicio de este artículo, que es el que lo ha motivado, dice, textualmente, sobre el PTE: “en 1980 no soportaron el engaño de la transición y se disolvieron. El sábado (por primeros de noviembre) se han dado cita en La Farga de L’Hospitalet. Ellos también trajeron la democracia”.

Efectivamente, aún es pronto para que la Historia lo escriba con letras de molde, pero muchos seguimos pensando que fue un error dejar en el parlamento a los actores del franquismo, porque ahora mismo son quienes nos quieren frenar. Muchos salimos desilusionados y asqueados de todo aquello y, desde entonces, no nos hemos afiliado a ningún partido, porque no quieren oír en voz alta nuestra disidencia. Todas las izquierdas (incluso el PSOE, que habla de república en “petit comité” y hasta tiene una estructura organizativa Federal con todas sus letras) y algunas derechas (no sólo los partidos nacionalistas de derecha como Convergencia i Unió o el PNV) están pensando que el futuro de España lo tenemos que escribir los ciudadanos. Cuando exista un partido de derechas cobertura estatal que se defina republicano y tenga suficiente peso específico, podremos decir que nuestro viejo y querido país está modernizándose. Mientras tanto, en estas navidades de treinta años después de la muerte de Franco, me permito dejar esta pregunta flotando en el aire: ¿De verdad creen que se ha acabado la Transición?