Edición mensual - Diciembre 2005 - Puertollano

Orificios

Más kitsch que nunca

José Rivero

Nº 168 - Puertollano

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El sentido del Kitsch, ya no es o no es tan sólo, el anticipado por Ludwig Giesz o por Gillo Dorfles en sus respectivos trabajos de los años sesenta, canónicos pero un poco en desuso. Esto es, aquella consideración del mal gusto por antonomasia. Hoy que no hay antonomasia, puede decirse igualmente que ha desaparecido el mal gusto, y que todo gesto sensible es uno y trino. O que todo gusto por el sólo hecho de exhibirse y ser exhibido, es ya puro paleozóico y tiernamente kitsch.

Consideración del mal gusto aquél de los sesenta, en una sociedad que pretendía haber codificado qué cosa era el ‘buen gusto’ y qué otra era de ‘mal gusto’. Incluso en la periferia de esos años esplendorosos de ‘apocalípticos e integrados’, se dictaban divisorias entre el ‘high cult’ y el ‘low cult’, de la mano de toda la sociología de la cultura estadounidense. Se establecían divisorias entre la alta cultura y la baja cultura, en unos años cuajados de fronteras, muros, lindes y compartimentos. Esto es se ponían fronteras entre Mozart y Manolo Escobar o entre una pintura de La Tour y las chicas de Vargas en la revista Play Boy. Se ponían fronteras en los momentos estelares de la irrupción de la cultura de masas, para evitar contaminaciones de mal gusto, o del gusto pesado o del gusto cargante. Aunque hay que decirlo, parte de la captura del kitsch de Dorfles y de Giesz va unida al ascenso imparable de la reproducción de imágenes en la sociedad contemporánea. Como si la multiplicidad y la multiplicación, llevaran en su seno los designios de lo perverso y los síntomas de cierta desnaturalización. Para aclarar, por si acaso alguien se tuerce, la naturaleza real de ese dragón cursi, pegajoso y acaramelado de imposturas y desfachateces. Aclaración, como la que hace Keith Miller, ‘el kitsch no es un producto de la cultura popular, sino de la cultura desechable y transitoria’. Es precisa tal aclaración, en una época en la que los valores estéticos andan invertidos y de capa caída, o tal vez de capa levantada, y todo es cada vez más desechable y cada vez más transitorio. Y no será, por tanto, el desdén aristocrático de cierta condescendencia elitista, el motor de las quejas y el argumento de la crítica; sino la malformación creciente de cierta hipocresía social y argumental. No es tanto una crítica estética, cuanto una crítica moral.

Baste mirar carteleras, librerías, programaciones de televisiones, películas vitoreadas, exposiciones fructíferas, museos salutíferos y ‘hit parades’ de la bobaliconería, para comprender el aserto de la caducidad y de la transitoriedad revestida de trascendencia mundana y de rigor conceptual. En una época mudable y revirada, todos sus asuntos gozarán de atributos quebradizos y tornasolados, por más progreso que se quiera imputar a algunos datos estadísticos y por más que se propale la abundancia del buen gusto. Pero lo profundo de la denuncia y del alegato contra el kitsch, no será la perversión del gusto canónico y canonizado, sino cierta perversión moral implícita y oculta en esa palabrería y en esa ostentación vana. Incluso en el terreno, otrora virginal, de la política comienzan a advertirse síntomas de esos valores mutados y mutantes. De los parlamentarios ‘jabalíes’ de la transición, estamos pasando a otra suerte de calificativos que rondan lo transitorio y lo desechable; de los políticos ‘tahures del Missisipi’ estamos descubriendo a otros titulares revestidos de lo cañí y lo pinturero. Y no es un menoscabo de lo político, sino la constatación de que lo político y sus formas, prolonga lo social y sus hechuras. Si lo social es multiforme, abigarrado y denso; no otras cualidades podrían esperarse de su conformación representativa.