Edición mensual - Diciembre 2005 - Historia

Cartas desde Toledo

La escultura urbana en Puertollano (XI)

José D. Delgado Bedmar

Nº 168 - Historia

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En la “Carta desde Toledo” anterior tratamos de una de las fuentes que presenta quizá los más significativos ejemplos de escultura urbana en nuestra localidad –la situada ante la Residencia de Ingenieros de “El Poblado”-, y ya tuvimos ocasión de decir entonces que, al tiempo, es con toda probabilidad la que más desapercibida ha pasado para todos nosotros. Trataremos en esta entrega de otra de características bien diferentes, tanto por su ubicación, como por su disposición y significación: la del monumento al Doctor Alexander Fleming, en la Avenida Primero de Mayo.

Así como los relieves de la fuente de “El Poblado” son un homenaje genérico a un colectivo de trabajadores con honda raigambre en la localidad, y son un elemento secundario (y, probablemente, no buscado desde un principio) e inscrito dentro de un elemento ornamental y utilitario como es la propia fuente; en el caso del monumento al Doctor Fleming la fuente apenas si es algo más que un elemento de protección y ornato en torno a una escultura en bulto redondo que es concebida desde un primer momento como muestra de homenaje a un individuo en concreto que, a diferencia de todos los monumentos que hemos visto hasta ahora, no tiene vínculo alguno con la localidad y, aún más, era extranjero. Pero el motivo bien lo merecía.

El Doctor Alexander Fleming nació en 1881 en la escocesa localidad de Lochfield y comenzó a estudiar medicina a los veinte años, obteniendo una beca para el Saint Mary´s Hospital Medical School de Paddington, institución docente en la que entró a colaborar con el bacteriólogo Sir Almroth Wright y en la que desarrollará toda su carrera profesional, a lo largo de cincuenta y un años. Licenciado en 1908, obtuvo la medalla de oro de la Universidad de Londres y fue nombrado profesor de bacteriología, pasando en 1928 a ser catedrático de la especialidad.

Su carrera estuvo dedicada a la investigación de las defensas del cuerpo humano contra las infecciones bacterianas, y su nombre está asociado a dos descubrimientos muy importantes para la terapéutica moderna: la lisozima y la penicilina. La lisozima la descubrió en 1922, al comprobar que la secreción nasal tenía la facultad de disolver determinados tipos de bacterias gracias a la presencia de una enzima activa, la lisozima. Este hallazgo demostraba la posibilidad de que hubiera sustancias que, siendo inofensivas para las células del organismo, resultasen letales para las bacterias, y le ayudó a proseguir en unas investigaciones que en septiembre de 1928 le llevaron a descubrir, de forma accidental, la penicilina.

Durante un estudio sobre las mutaciones de determinadas colonias de estafilococos, comprobó que uno de los cultivos había sido accidentalmente contaminado por un microorganismo procedente del aire exterior, un hongo luego identificado como el Penicillium notatum, lo que ponía de manifiesto la capacidad del hongo para atacar a los microorganismos patógenos comunes. En un caldo de cultivo puro del hongo, comprobó que en pocos días adquiría un considerable nivel de actividad antibacteriana. Esto, que suponía de hecho el descubrimiento de la penicilina, pasó en aquel momento desapercibido para todo el equipo y, aunque Fleming publicó sus investigaciones ocho meses después de sus primeras observaciones, la penicilina tardó todavía quince años en convertirse en un agente terapéutico de uso universal debido a su gran inestabilidad, lo que convertía su purificación en un proceso muy complicado para los medios con que se contaba entonces.

La utilización de la penicilina no hubiera sido posible sin los trabajos de dos investigadores de Oxford, el patólogo australiano Howard W. Florey y el bioquímico judío de origen alemán Ernst B. Chain, que llevaron a cabo los procesos de purificación y concentración de la penicilina, secándola y convirtiéndola en polvo, factor tan fundamental como las primeras evidencias que encontró Fleming, y que permitieron su fabricación a gran escala. Esto se vio favorecido por los abundantes recursos destinados a ello durante la II Guerra Mundial: ya en 1944, todos los heridos graves de la batalla de Normandía pudieron ser tratados con penicilina.

En España se aplicó la penicilina por primera vez a un ingeniero coruñés y a una niña madrileña el 10 de marzo de 1944, y aunque ninguno de los dos sobrevivió por lo avanzado de sus dolencias, el aumento de la producción para satisfacer a la enorme demanda que existía en todo el mundo llevó a la universalización de su aplicación en 1945, año en el que Fleming, Florey y Chain fueron galardonados con el Premio Nobel de Fisiología y Medicina, galardón que vino a unirse en el caso de Fleming a su elección como miembro de la Royal Society en 1942, a su nombramiento como “sir” dos años después y a la medalla de oro del Colegio Real de Cirujanos de Londres, en 1946.

Para Puertollano, en concreto, el descubrimiento y posterior aplicación de la medicina fue también muy importante. En el duro trabajo en las minas, en el que por entonces se basaba buena parte de la economía de la localidad, eran muy habituales las pequeñas heridas, que a menudo se infectaban por las condiciones en que se desarrollaba la actividad, y en no pocas ocasiones conducían a amputaciones e, incluso, a la muerte.

La construcción de un ambulatorio de la Seguridad Social (dedicado a Santa Bárbara, patrona de los mineros) en un solar situado en las cercanías de aquél en que estuvo el “Centro Popular de Instrucción”, y la expansión de la localidad hacia el nuevo complejo petroquímico, a través de la entonces conocida como “Avenida de los Mártires”, determina una mayor atención del consistorio hacia una zona hasta entonces no habitada: fotografías de los años veinte del pasado siglo demuestran que no había ninguna construcción al este y al sur de la Plaza de Toros.

Precisamente esta “mayor atención” municipal vino a coincidir con el fallecimiento, a causa de una trombosis coronaria, del Doctor Fleming, hecho sucedido el 11 de marzo de 1955 y del que se ha conmemorado, con más pena que gloria, su 50 aniversario en el año que ahora finaliza. En 1948, invitado por el Doctor Marañón y las Reales Academias de Medicina españolas, el Doctor Fleming visitó España, recibiendo numerosas muestras de reconocimiento y homenaje, pero nada comparado con lo sucedido a partir de su muerte: por doquier surgieron monumentos y se puso su nombre a calles y plazas que honraban su memoria y el trascendental descubrimiento que la penicilina supuso para toda la humanidad. En muchas ciudades españolas se quiso recordar a una figura de trascendencia universal, hecho que vino a coincidir, en el caso de Puertollano, con un programa de construcción de diversos monumentos y fuentes para ornamentar la localidad.

Para el monumento al Doctor Fleming se eligió una pequeña plaza que había quedado frente a la puerta principal del ambulatorio, y se hizo el encargo al escultor y decorador Manuel Santos Cortés, que años antes había hecho todos los retablos de La Asunción y Virgen de Gracia (y, probablemente, también los relieves de la fuente de la Residencia de Ingenieros), y recientísimo autor de los monumentos a Fulgencio Arias y Ricardo Cabañero. En el caso del doctor Fleming, se acudió a un formato diferente: una cabeza en bronce (con sus características gafas) reposando en un torso esculpido en granito, vestido con chaqueta y corbata, todo ello sobre una alta peana, también en granito, en cuyos laterales figuraba, en letras de bronce, la dedicatoria del monumento. Con pequeñas variantes, veinte años después, se utilizaba la misma tipología del destruido monumento a Pablo Iglesias.

Proseguiremos con esta línea de artículos el próximo mes. Hasta entonces.