Edición mensual - Diciembre 2005 - Historia

Érase una vez... Érase una vez... Érase una vez...

Érase una vez... diciembre

Miguel F. Gómez Vozmediano

Nº 168 - Historia

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Hace quinientos años… 25 de diciembre de 1505.- Reyes Pájaro en las aldeas de Almodóvar del Campo. La fiesta de los Reyes Pájaro era típica del Medievo castellano. Eran fiestas de las denominadas de locos, como las del Obispillo, San Nicolás, el Rey de la Haba, que menudeaban por Pascuas de Navidad y constituyen una expresión de la sociedad medieval que se encontraba inmersa en un tiempo de desenfreno, preludio de la inminente llegada de la Cuaresma, periodo de recogimiento y constricción por excelencia.

Los Reyes Pájaro eran pastores y gentes del pueblo que salían a las cañadas a pedir como aguinaldo corderos o quesos a los grandes ganaderos mesteños del Valle de Alcudia. Tenían ese curioso nombre porque iban disfrazados como animales y llevaban el rostro tapado para evitar ser reconocidos. Esta misma costumbre, tan ancestral, la tenemos documentada también en Abenójar pocos lustros más tarde. Sin embargo, se trata de chanzas y usos netamente campesinos que serán erradicados cuando el Concilio ecuménico de Trento (1543-1565) acaben con expresiones tan heterodoxas de la mentalidad popular, por completo ajenas al interés de las autoridades por controlar a los vasallos y reconducir costumbres tenidas por peligrosas para el orden público y la seguridad de los caminos, ya que a veces las peticiones se tornan exigencias y aflora la violencia a menudo.

Hace cuatrocientos cincuenta años… 25 de diciembre de 1555.- Terrible mortandad infantil en Puertollano y su comarca. Los fríos llegan antes de lo acostumbrado y se prolongan durante la segunda mitad de noviembre, todo diciembre y gran parte de enero. En este contexto de tempestades, grandes nevadas y poca protección frente a la brusca bajada de las temperaturas el cóctel de muerte y miseria estaba servido. De entonces datan las devociones a las Vírgenes de las Nieves como la de Almagro.

Las humildes gentes campesinas de la zona sobrevivían gracias a una agricultura de subsistencia y una ganadería extensiva. La existencia cotidiana durante el crudo invierno era dura, siendo demasiado breves las temporadas donde abundaba la comida, los tiempos inmisericordes y la sociedad estamental brutal para los pobres y desposeídos. En este contexto, la media de esperanza de vida estaba sesgada por una alta tasa de mortalidad entre la población infantil y femenina, esta última debida a las dificultades de los partos y al ser aplastados por dormir en el lecho conyugal (para proporcionarles más calor). Y es que los embarazos que suelen ser numerosos, ya que las prácticas anticonceptivas son muy rudimentarias (por ejemplo, si la mujer no deseaba quedarse encinta se desnudaba, se embadurnaba el cuerpo en miel y se revolcaba en un montón de trigo, recogiéndose con cuidado los granos que habían quedado pegados a su cuerpo; tales granos eran molidos manualmente al revés de lo acostumbrado, de izquierda a derecha; el pan resultante de esa harina se ofrecía al hombre con el que se mantendría la relación sexual para no engendrar niños) y, por lo tanto, casi siempre eran ineficaces, pero el número de muertes de los niños y hasta de las madres era elevadísimo. Los estudios antropológicos realizados en los cementerios han desvelado muchos de los rasgos demográficos de la época. Así sabemos que la mortalidad infantil era tremenda, estableciéndose una tasa de defunciones que rondaría los cuarenta y cinco por mil. La esperanza de vida rondaría los 30 años, situándose la longevidad media entre 30 y 40 años para las mujeres y 45 años para los hombres. Alcanzar esas edades era complicado, pero cuando se llegaba a la madurez las posibilidades de alcanzar la ancianidad eran dobles, como han podido constatar los estudios realizados entre los ermitaños, evidenciando que las mujeres fallecían a los 67 años y los hombres a los 76, invirtiendo la tendencia actual donde las viudas han desbancado numéricamente a los viudos. Los estudios alrededor de la mortalidad arrojan estos curiosos datos; fallecían un 448 por mil de los recién nacidos pero la tasa baja a 150 para los adultos de 20 años; los de 30 años presentan una tasa de 229 por mil; los de 40, 297 por mil; a los 50, 423 por mil; a los 60, 533 por mil; y a los 70, 1000 por mil. La mayoría de los fallecimientos entre las mujeres se producen entre los 18 y 29 años debido a fiebres puerperales o a los partos difíciles (el que las mujeres diesen a la luz en cuadras como el Portal de Belén no era una excepción, siendo el caso extremo el de las gitanas o el de las mujeres de los pastores serranos que parían en chozos en medio del monte). La natalidad también era muy alta, estimándose en un 50 por mil pero las familias sólo tenían, por regla general, un par de hijos que alcanzaran la edad adulta.

Asimismo, frente al tópico de que nuestros antepasados eran muy menudos de tamaño (ya el siglo XIX la talla mínima para ingresar en el ejército era 1´50 metros y 1´40 para Filipinas), ahora sabemos que la estatura media se acercaría a 1´67 metros para los hombres y 1´55 para las mujeres, estaturas bajas seguramente debido a la malnutrición. A pesar de estos datos negativos se ha podido constatar en algunas aldeas como la población se ha duplicado e incluso quintuplicado a lo largo del siglo XVI, haciendo referencia los especialistas a la endogamia que multiplicaba las tasas elevadas de consanguinidad, motivando el aumento de enfermedades degenerativas que acercaban a la muerte. Sin embargo, podemos afirmar que el 60 % de la sociedad medieval no supera los 25 años, considerándose una población joven y dinámica, que aumenta a pesar de la elevada mortalidad infantil y, sobre todo, durante el periodo perinatal (a las pocas semanas de nacer). A fines del siglo XV la oleada de epidemias que asolaron la zona (recordemos la devoción puertollanera a la Virgen de Gracia y el culto a San Roque, patrón contra la peste, tan extendida en los contornos). No obstante, las enfermedades más corrientes eran la parálisis, la debilidad (producto de la desequilibrada dieta alimenticia, donde escaseaban las proteínas animales), la ceguera, la sordera y enfermedades mentales; aunque los coetáneos las denominaban garrotillos, p´a dentros o fuego de San Antón. La falta de vitaminas provocaría raquitismo en los infantes, polineuritis y glaucomas. La poliomielitis estaría también a la orden del día debido a la desastrosa situación de las fuentes y la necesidad de consumir agua estancada, donde a menudo también abrevaban los animales domésticos. Entre las enfermedades mentales encontramos numerosas depresiones, neurosis que explicarían parálisis o fenómenos como las manos agarrotadas por la artrosis, lo que a veces permitía que las uñas atravesaran las palmas de las manos; manías agudas acompañadas de epilepsias o estados maniacos asociados o provocados por el alcoholismo (la ingesta de vino era diaria entre los 8 a los 80 años de edad). Además, los inmigrantes a Indias trajeron a su vuelta a la metrópoli el llamado mal español (la sífilis) que en su estado terminal propiciaba la locura y la muerte. La mayoría de estos enfermos mentales fueron diagnosticados como poseídos por el demonio, lo que hacía necesario frecuentes exorcismos por parte de frailes o charlatanes. A lo que se suma una pésima asistencia sanitaria por parte de unos médicos que más pueden calificarse de matasanos y unos barberos-sangradores que extraían la sangre supuestamente sobrante a sus pacientes mediante ventosas y sanguijuelas. Vamos, casi nada.