Edición mensual - Noviembre 2005 - Puertollano

Orificios

Pandillas

José Rivero

Nº 167 - Puertollano

Imprimir

La nuevas formas de sociabilidad revisten nombres de tribus, que ya no son propiamente tribales sino urbanas. Probablemente siempre haya habido pandillas y sus consecuentes pandilleros; pero yo las recuerdo más vinculadas al mundo del cine y a la órbita de las grandes ciudades y a las periferias de ciertos movimiento musicales. Aquellas pandillas de los sesenta, pese a todo, no pasaban de manifestar un empeño por agruparse y señalar, si acaso, el territorio de un pequeño café provinciano o las paredes de una discoteca averiada y un poco en desuso. Tenían un fondo de desánimo y un talante de hastío entre sus idas y venidas en motos destartaladas. Aquellas pandillas de los sesenta, pese a todo, no pasaban de mostrar un universo reducido a un programa musical para adolescentes o al color preferido para unos zapatos de gamuza azul. Pero ahora parece que los nuevos distintivos de todos estos movimientos tribales los otorga la programación de una televisión que amodorra tanto como irrita y que enerva tanto como crea mitos perfectamente prescindibles y un poco violentos.

Desde los “Tiburones” del New York de “West side story” de finales de los cincuenta, a los “Indios metropolitanos” de la moderna Italia de los ochenta; desde los “Mods” que visualizara “Quadrophenia” a finales de los sesenta hasta los “Rockers” miticos de tanto cine americano. Y así tanto otros: “Hell’s angels“ o “Hippies”, rastafaris o “punkies”.

De un tiempo a esta parte el fenómeno no ha dejado de crecer y crecer y ya va camino de construir toda una sintomatología de la nueva sociabilidad y de la nueva delincuencia de guante blanco. O de la nueva marginación de los ghetos juveniles. Ahora los jóvenes se enmascaran en el anonimato de unos clanes uniformados que exhiben su descontento crónico o muestran la gloria efímera de su sangre, con un mal gusto transformado en arma arrojadiza o piedra volandera provista de algunos tatuajes exotéricos. Uno ya conocía las hazañas bélicas y las fechorías belicistas de los “Skin”; ha empezado también a acostumbrarse a oír hablar de los “Latin king”, que agitan vergajos y algunas navajas relucientes; de igual forma que ya he encontrado varias veces argumentos “Freakies” por doquier. Pero las cosas no paran y crecen, con nuevos atributos y distintivos que marchan desde las sombras de un tatuaje en la pantorrilla, a las marcas señaladas por un “piercing” cojonudo que taladra el labio y el carrillo izquierdo; desde las afinidades musicales a las entretelas de la banalidad y del muermo.

Y así sigue creciendo la nomina de tribus en la era de mundialización instantánea. Tengo anotados ya, aparte de todos los anteriores, a nuevos grupos gregarios y exaltados, que van desde los “Lolailos” a los “Canis”; desde los “Pijos” a los “Chanos”. Que todos ello te ponen los pelos de punta, como si ya fueras uno más del convite. Y probablemente me olvide de algunos más que pueden estar naciendo mientras anoto estos nombres escritos en clave de un misterio que refleja el fracaso de la integración de los jóvenes en una sociedad construida para ellos, como relatan las imágenes publicitarias o los programas de televisión, pero que acaba prescindiendo de sus intereses. Y ellos se vengan de tal abandono, militando en grupos, bascas, grupitos, peñas y movidas de nombre artificioso y algo canalla, pero que te pueden acuchillar en el primer descuido.