Edición mensual - Noviembre 2005 - Opinión

La sonrisa del lagarto

Tres formas de huída

Eugenio Blanco

Nº 167 - Opinión

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Suena una canción que ha compuesto un piloto mientras iba con su avioneta surcando los golfos africanos, la ha compuesto con mimo, ajustando acorde por acorde los diferentes tiempos del silencio, así el mundo sabrá de su inocencia, de su libertad. Ya no hay marcha atrás, la vida ha empezado su recuperación, la mañana se ha encallado en un alma de barro que está llorando, llora porque acaba de nacer y porque reconoce su propia singularidad. La belleza se queda tiritada y pura, todo permanece en un equilibrio o melodía que dura lo que puede durar un instante. “Seamos rápidos a la hora de amar, porque todavía el viento nos puede acariciar el rostro y echar para atrás los cabellos. Quiero que me digas que no puedes estar sin mí, no con un tono de amorío que no va a llegar a ningún puerto, sino con un tacto tan leve y honesto que me ayude a sobrellevar la ausencia, cuando tú no estés me agarraré a esas palabras: quiero que me digas que no puedes estar sin mí”. Suena esa música en la cabeza del piloto, mientras suyo es el aire, lo salvaje, lo natural. Al piloto nadie le espera ya, pero en su libertad, ha robado un surco de equilibrio al mundo, y lo ha puesto a disposición de todos.

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Pero hay deflagraciones. Un eco de Mostar, una calle dura donde los cadáveres de los niños se alinean como una formación inútil. Se ha bombardeado todo el talento y el esfuerzo de una generación. El general fuma en pipa y se abriga con una metralleta rota, pero que lanza balas como si fueran espuma. El general rebana más cráneos por metro cuadrado que nadie, un señor de la guerra con un currículo terrible en el arte de la muerte, es el más temido de todos los señores de la guerra. Y los cuerpos de los niños son mordidos por los perros hambrientos que engullen la carne tierna y sucia. En esa guerra los perros están abandonados y se alimentan de la carne decrépita de los cadáveres. Los niños muertos todavía sienten el dolor de la infamia, están alineados, uno por uno, algunos todavía tienen los ojos abiertos y están odiando con gran ímpetu. Los niños muertos de una calle de Mostar están odiando sin remisión a los señores de la guerra. Ellos son los que han cercenado su destino, los que han violado a sus madres y los que los han convertido en pequeños cadáveres, en comida para perros.

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El salón está decorado con obras de diferentes pintores italianos posrenacentistas. Hay un cuadro bellísimo donde un arcángel tiene cara de pillo y se está arrebujando en sí mismo, como paladeando la propia divinidad. En algún momento de la noche todos se enfrentaran a esa imagen de la complacencia, tal vez la envidien o les inquiete. La cena la sirven camareros perfectamente formados en las más prestigiosas escuelas de alta cocina del país, la forma de la comida en los platos es idéntica, todos los invitados comen las mismas medidas de los mismos ingredientes, perfectamente preparados según las recetas de un restaurante parisino de postín. Son platos preparados con escuadra y cartabón. Las copas de champán son finísimas, el cristal es casi membranoso y cuando chocan proporciona un sonido armónico, el brindis también es de postín. El anfitrión quiere decir unas palabras, todos con cara de lechuza aburrida. Mientras manosea algo así como un discurso de empresa, dos de los invitados se pasan una nota, de mano a mano, en un gesto fugaz, debajo del mantel perfectamente almidonado. Son los datos de una cuenta bancaria en Suiza, allí hay que ingresar el dinero, todo está listo. Los hombres se miran con gesto de aprobación, casi al unísono se ajustan la corbata y, sin saberlo, encaminan una mirada encandilada a la misma mujer. Todo es ameno e intrascendente, todos los invitados tienen cara de regocijo, también se arrebujan en sí mismos, paladeando su propia divinidad.