Edición mensual - Octubre 2005 - Opinión

La sonrisa del lagarto

Sueños con clave

Eugenio Blanco

Nº 166 - Opinión

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Vaya sueño que he tenido hoy de fabulaciones y gemidos. En una terca sala, terca, con ruido sonando desde lejos, el ruido sonaba como suenan los vocablos raros o un bocado a una fruta amarga, y unos ojos miraban la ventana roja, la ventana roja; unos ojos fijos mirando una ventana fría, con un acontecer frío detrás. Y luego la parsimonia, un segundo, el recato. Sonaba un instrumento musical dolorido, como si tuviera pus dentro y llorara sus desencantos y la televisión estaba encendida, me pregunto quién veía la televisión cuando los únicos ojos que había se dedicaban a mirar una ventana roja.

Llegan los gemidos. Van llegando con sensatez a mis oídos y se van parando a descansar, se van haciendo lentos y madrugadores, me van sometiendo. Sueño que me despierto, y sueño, sobre todo, que no estoy soñando, que estoy viviendo ya la realidad, pero la realidad parece sueño, la realidad es onírica y no duermo en una cama sino en un diván decimonónico de terciopelo azul. Con mis yemas me cercioro: sí, elegante terciopelo azul. Me levanto y miro, como estoy despierto puedo mirar. Y miro sin ningún tipo de escrúpulo. Y veo unos ojos de hombre. Unos ojos de hombre que me quieren comer y sigue sonando el instrumento musical y los gemidos desaparecen. Es un alivio y una nostalgia. Los ojos no paran de mirarme, la mirada me ha modelado el cráneo de nuevo. Estoy interpuesto justamente entre unos ojos de hombre y una ventana roja.

Como no sé muy bien qué hacer me empiezo a asustar. En los sueños se hacen cosas, pero sólo en la realidad se queda uno así de parado, como un puro objeto de los objetos. Y eso me causa incertidumbre. Tengo la sensación que va a pasar algo y como no quiero que pase me dirijo con cautela al diván para tumbarme y dejarme dormir otra vez. Pienso que cuando esté a punto de dormirme me despertaré del sueño. Pienso en analogías. Como cuando te caes de alguna altura lejana y al oler el musgo del suelo te despiertas. Así debe ser aquí, pero a la inversa: debo dormirme dentro del sueño para despertarme. En el diván me intento distraer y como no me duermo me empiezo a acordar de las historias de un amigo mío que es mexicano y que traficaba con naipes trucados. Los gemidos vienen otra vez, aumentan su intensidad, me hacen pasar un mal rato, y los ojos de hombre siguen mirando la ventana roja, miran la ventana como si se tratase de una representación. Hay, también, digresiones que no recuerdo.

Con un temblor inaudito me levanto del diván y me encamino a la ventana roja. Los gemidos empiezan a alejarse y, aunque intento acercarme a la ventana lo más rápido posible, mi cuerpo no responde: el movimiento no se insufla y por más que me esfuerzo nunca llego al final. Los ojos de hombre parecen empaparse: una emoción lenta invade sus cuencas: parece entristecerse porque no pueda llegar a la ventana. Me doy cuenta que lo ojos de hombre quieren que llegue a mi destino que abra la ventana, que vea que hay detrás de ella. Creo que los ojos de hombre esperan con ansiedad a que eso se descubra, quizás esa imagen suponga una redención, un punto y a parte. Pero no puedo llegar, las piernas las tengo fláccidas y algo una fuerza potente me impide llegar.

Tuve un sueño de fabulaciones, ventanas, ojos y gemidos. Sé que no es un sueño más: es el jeroglífico de mi vida. Detrás de esa ventana estaba la clave de todos mis secretos.

SUMARIO

Monto un sueño y lo tiro al aire con letras. Habrá quien sepa descifrar las claves. ¿Quién quiere jugar?