Edición mensual - Junio 2005 - Puertollano

Orificios

Hipérbole

José Rivero

Nº 162 - Puertollano

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La hipérbole es la figura de lenguaje que consiste en aumentar o disminuir excesivamente aquello de lo que se habla; aumentar excesivamente aquello de que se habla, su importancia y su tamaño o su entidad y su juicio. La hipérbole es la buena figura de la poesía épica, pero encaja mal en unos tiempos de prosa grisácea y de vuelo gallináceo menor. Una batalla liviana es representada como un hecho descomunal y fuera del tiempo, aunque en el permanezca como leyenda o como gesta histórica. Una gesta inaudita y nunca antes vista ni narrada ni relatada. El mismo Cervantes la practica, cuando al hablar de la batalla de Lepanto, se refiere a ella como ‘la más alta ocasión que vieron los siglos’. Estas hipérboles tienen a su favor la indulgencia de lo literario y su encabalgamiento en los universos de la ficción épica. La función de representación de la hipérbole, es similar a la función de representación de la escala de los planos, cuenta Benet en un ensayo: darnos una idea de la auténtica entidad dimensional que recorre el camino: desde lo humano a lo heroico, y desde lo cotidiano a lo mítico. Y en ese tránsito ejemplar, juega tanto la metáfora descomunal como la hipérbole magnífica.

Bien distinto es el sentido cotidiano de las hipérboles actuales. El tiempo reducido de un recorrido en un coche velocísimo, casi sideral; el tamaño de la presa abatida afanosamente en una montería; un paisaje desconocido e inconmensurable o el precio de la factura de un restaurante creativo superlativo. Todas esas situaciones son ya admitidas como exageradas en su relato propio, desde la truculencia de la comunicación viciada, y por eso se sazonan con un carraspeo moderado o con un asentimiento cómplice, pero no cautivo. Son convenios pactados de antemano y por eso se desinflan de sentido y se vuelca su contenido exagerado en un arenero de contención. Asistimos pese a ello, a otras hipérboles cotidianas y consuetudinarias, que todo lo pueblan y solazan de manera rudimentaria pero que pretenden construir un estilo o inventariar una época. Y pretenden desde su predicado, ubicarse en la estratosfera de la abundancia creativa o del interés lingüístico. Y en esa exageración y en esa abundancia, nadan entre las hipérbolas geométricas que buscan la línea asintótica del infinito y los pleonasmos adormilados. Que se asemejan a las hipérboles pero que duermen en otra cama diferente, cama de la innecesariedad enfática o retórica, pero que no desvirtúa la musculatura de la expresión.

Un partido de balonmano, o de cualquier otro deporte, es visto ya como una gesta épica inenarrable. Como inenarrables eras los verbos floreados de Matías Prat en el relato del gol de Zarra a la pérfida Albión en Maracaná; o el no menos contundente gol de Marcelino a la antigua URSS en el Bernabeu. Invirtiendo la heroicidad de los contenidos del mito épico por los afamados deportistas cual nuevos gladiadores modernos. Unos años, más o menos movidos, de la postransición española – aunque no tanto como se cantaba y se suponía – se trasmutan en la época más creativa de las artes del siglo XX. Así sin más. Cuando todo puede quedar reducido a alguna canción de Antonio Vega, alguna foto de Pérez Mínguez o de Ouka Lele. Algún diseño de Mariscal, alguna pieza de Pérez Villalta, y a algún plano de Almodóvar o de Zulueta. Así sin más. Por más oro que chorreara y vertiera Paloma Chamorro desde su sillón televisivo, para convertir todo ello en una nueva ‘Edad de Oro’. Pero ¿de qué oro estamos hablando?