Edición mensual - Contraportada - Junio 2005

La Rincona

El corazón lluvioso que sigue latiendo

Eugenio Blanco

Nº 162 - Contraportada

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Cuando la tarde empezó a murmurar y las verjas de los comercios cerraron apareció una quietud en la ciudad que me recordó la solemnidad de Trieste. Las nubes se cuajaron tanto que el cielo anocheció, y los asfaltos se quedaron esperando un minuto de paz. Los semáforos partían el deambular del tráfico, verde, rojo, y las hojas de los periódicos reposaban de una larga jornada en las papeleras del barrio. Las páginas arrugadas de las ediciones no diseccionaban las soledades del planeta por miedo a verse reflejadas.

El acordeonista ya no viene por el barrio y su melodía tardía ya no inspira colores violáceos en el cielo pálido que navega entre el vendaval de la luz y la melancolía de la penumbra. Los relojes se han convertido en punto y seguido de las despedidas; las agujas del reloj siguen vadeando las olas del calendario con decisión. El tiempo no recula, no espera, no da segundas oportunidades, ya se sabe.

Recuerdo el mar lejano de Trieste, aquel mar crepuscular que había perdido el ímpetu en los confines del horizonte. Un mar sin ballenas acaso, sin el estruendo de las novelas. Y el puerto, la necesidad de los puertos, de las idas y de las venidas: gente que desembarca y abre los ojos, otros, entretanto, levan el ancla y se zambullen en una insospechada travesía. Abrazados en la playa urbana de Trieste.

Me ha dado por recordar el mar de Trieste, ese mar que también lamía los canales solitarios de Venezia. Queda todo en las estrías de la memoria, para que sangre cuando necesite sangrar. Había un restaurante con un camarero con perilla muy simpático perdido en uno de los nudos del barrio de Santa Croce: la pasta y el pescado, exquisito, luego tiramisú, y mientras las góndolas se volcaban para poder atravesar el pequeño puente que unía las dos hebras de acera que delimitaban el canal. La noche estaba fragante y enardecida, y en los balcones del barrio los ancianos regaban las macetas con mimo, como si estuvieran regando y potenciando su propia vida. Allí, en esa mesa que ya sólo soportaba dos copas de vino tinto, escribí: “Una calle lleva tu nombre, tu nariz, tu alivio y todas se parecen a ti. Esto es un pecado del alma, la libido del deleite. Venezia te la debo a ti”.

Los meses se han ido agarrando a la memoria, como la espuma a las paredes de una bañera. Los meses no han pasado; los meses se han quedado. Las madrugadas se han roto, los pies se han quedado huérfanos y la hora de despertar parece no tener mucho sentido. Las actividades cotidianas también han perdido su sentido: las coladas, limpiar los cristales de las ventanas, divisar desde lejos el informativo o preguntar la hora son matices circunstanciales dentro de una vida o un tiempo que cojea por sordo, o no camina por miedo a tener que oír las arengas propias del destino.

Oigo, y es difícil de creer, el río Tajo, con su ribera verdiazul, y noto como el apetito de maravillas se me apaga. Nunca escribí algo tan honesto como en Enkhuizen: “Quererte lo que se dice quererte va a ser un acto chico, porque no va más, y la ruleta gira, gira y tu vientre está erguido como una flor desalmada”. Siento uno de esos besos con decimales que se nos quedaban dentro, igual que se queda el tinte o, cómo no, la soledad desabrigada, los libros que se abren y se abren con la esperanza de encontrar respuestas, muescas de respuesta. Junio en Madrid, aguacero en París, hazme la cama mientras termino este artículo, corre a por pan que esto ya casi está, esta noche pago yo, esta noche no llegues tarde por favor…

Y en las manos arde la tristeza, tiembla, y las cuencas de los ojos optan por cerrarse en banda. Es un camino entre creer y no creer, entre decir o soportar, entre enervarse o resignarse. Es un camino a medias, es un camino que no lleva ninguna senda por donde poder discurrir, por donde poder inventar un rumbo, un billete de tren o un amaretto con hielo en una de las calles de Malasaña.

La noche se ha derrumbado entre las palabras cansadas. Los cuadros de las paredes han perdido luminosidad, el reloj de Dalí ha avanzado hasta las siete de la tarde y la Notte Stellata de Van Gogh es sólo un producto de la imaginación. La bombilla de la lámpara de lava se ha fundido; mi retrato ha cerrado los ojos.

Los borrachos ya no me piden para vino, ni siquiera me dirigen la palabra. Los pájaros me odian; los niños me rehuyen. Los párrafos no salen como yo quiero. Esta página de periódico hablará de una historia de amor, de una veleidad literaria, de dos vidas que se entrecruzaron para poder cuestionar todos los límites. Tu corazón refleja el resto: este texto sólo sirve para adornar tu ilustración.

No necesito hablar más por el momento, la noche ha sido larga, larga. La mañana ha llegado húmeda, empapando todo con una luz solitaria y lluviosa. La ciudad otra vez se mueve, suspiro, me toco el pecho, ay, el corazón sigue latiendo…

LAS GUINDAS

En los foros de La Comarca se siguen anticipando las noticias. Por ejemplo, antes de finales del pasado mes se daba cuenta del propósito de la aerolínea irlandesa Ryanair, una de las principales compañías aéreas de vuelos de bajo coste, de convertir el Aeropuerto de Ciudad Real en una de sus bases.

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También se da cuenta de la posible instalación de la firma “Zara” en Puertollano, se informa incluso del lugar elegido para ello. Echen un vistazo a www.lacomarcadepuertollano/secciones/foro y podrán conocer mucho mejor la rumorología de nuestra comarca.

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Y nuestra última guinda a la memoria de Francisco Montero, presidente del comité antisida de Puertollano, tristemente fallecido el pasado mes. Conocimos a Paco y compartimos sus inquietudes y proyectos desde el comité antisida. Ahora rendimos tributo a la memoria de un luchador y de una gran persona: Francisco Montero ¡Hasta siempre!

Y la guindilla la teníamos reservada para una primicia más de www.lacomarcadepuertollano.com: El pasado 13 de mayo, el Consejo de Ministros aprobó la concesión de la Medalla de Oro al Mérito en Bellas Artes a la fotógrafa puertollanense Cristina García Rodero, Premio Nacional de Fotografía en 1996. La noticia no ha tenido eco en nuestra comarca y solo algun medio de comunicación ha pasado de puntillas sobre ella. Pero, como también se dice en los foros, ¿por qué no se le dedica una calle en Puertollano a Cristina García Rodero?