Edición mensual - Mayo 2005 - Historia

Cartas desde Toledo

La escultura urbana en Puertollano (IV)

José D. Delgado Bedmar

Nº 161 - Historia

Imprimir

La realización y colocación de la Cruz de la “Paz de la Iglesia” en 1913, con la que concluíamos la “Carta desde Toledo” del mes pasado, venía a constituir la escenificación del papel que desempeñaba la Iglesia Católica en esos dinámicos pero no siempre placenteros años de inicios del siglo XX en nuestra localidad. En ese sentido, la construcción de la citada cruz podía ser inscrita en unas directrices emanadas desde el mismísimo Vaticano, surgidas a partir del interés demostrado por Pío X por hacer presentes los valores cristianos en una sociedad que ya manifestaba una peligrosa tendencia al “modernismo”. La cruz era, en cualquier caso, un monumento urbano y público, ajeno a cualquier edificio religioso local, pues aunque si bien es cierto que estaba en las cercanías de la ermita de la Virgen de Gracia, ni estaba dentro de ella ni tampoco se situaba sobre sus muros.

Hoy nos puede parecer sorprendente que, con los años que vinieron a continuación (sobre todo los que van de 1914 a 1918, con las positivas consecuencias económicas que, en general, trajo para la cuenca minera puertollanense la Gran Guerra europea), no hubiera otras iniciativas para realizar nuevos monumentos en la ciudad hasta nada menos que el año 1929. De nuevo se trató de un monumento religioso, construido también a iniciativa del párroco que por entonces regía los destinos de la Asunción, don Joaquín Roldán Fernández, que había venido a sustituir al añorado don Claudio Cebrián Pozo en 1920. En este caso sí que era una escultura íntimamente ligada a un edificio, concretamente a la coronación de la torre de la iglesia parroquial, y su origen debe inscribirse de nuevo en un impulso externo: el desarrollo del culto que recibe en esos años en España el Sagrado Corazón de Jesús.

En efecto: tras la conocida aparición de la Virgen de Fátima a los pastorcillos en 1917, en la que les dijo: “Orad así: los corazones de Jesús y María están atentos a la voz de vuestras súplicas”, se extendió por todo el orbe cristiano un culto que, a pesar de su gran antigüedad y del interés que tuvieron los jesuitas por difundirlo en siglos anteriores, era muy minoritario, por más que en 1856 Pío IX extendiese su festividad a toda la Iglesia, y que en 1899 León XIII hubiese decretado la consagración del género humano al Sagrado Corazón de Jesús. Con la aparición de la Virgen en el santuario portugués, se retomará con gran fuerza esta devoción, favorecida por el impulso dado por el nuevo Papa Pío XI, y serán muchas las ciudades que, en todo el mundo, elevarán monumentos públicos con su imagen. En bastantes casos, y ante la falta de tipologías consolidadas, se tomará como modelo el Cristo esculpido a principios del siglo XIX por el escultor neoclásico danés Bertel Thorvaldsen para la iglesia de Nuestra Señora de Copenhague.

Tan sólo dos años después de las apariciones de Fátima, el 30 de mayo de 1919, España fue consagrada al Sagrado Corazón de Jesús en el Cerro de los Ángeles, ubicado en las cercanías de Getafe (Madrid), ocasión en la que intervino el propio rey Alfonso XIII como representante de la nación. A partir de ese momento proliferaron por toda España los monumentos al Sagrado Corazón, pero quizá el más famoso de los muchos Cristos realizados en esos años sea el esculpido por Victorio Macho para la ciudad de Palencia: desde 1930, los treinta metros de la espectacular figura del “Cristo del Otero” preside los horizontes de la ciudad castellana.

Fuera de nuestras fronteras, es probable que la escultura más conocida por todos sea la del “Cristo del Corcovado”, estrictamente coetáneo con la talla palentina, pues fue realizada por Héctor da Silva Costa con colaboración de Paul Landowsky, entre 1926 y 1931. Sus también 30 metros de altura y sus brazos abiertos parecen querer abrazar la ciudad de Río de Janeiro, sobre la que parece planear.

Curiosamente, la escultura realizada para Puertollano también lo fue entre 1929 y 1930. Desechada casi desde el principio la idea de realizar un monumento en alguno de los cerros que rodean la ciudad por los posibles peligros que pudiera correr, la iniciativa de su construcción contemplaba ubicarla sustituyendo la “bola, cruz y veleta” que hasta ese momento había sobre el chapitel que coronaba la torre de la iglesia parroquial. La escultura fue costeada gracias a la consabida colecta popular, y fue debida al escultor artesano don Ramón Núñez, que la realizó en cemento y arena, hueca y con un espesor de ocho centímetros, midiendo en total tres metros y veinte centímetros de alto. Para darle una mayor prestancia, fue apoyada sobre una especie de templete con cuatro arcos y de tres metros y medio de altura, que descansaba directamente sobre una cúpula de media naranja, estructura que fue construida por el reputado maestro albañil de la localidad don Casimiro López García. En la base de la cúpula, que iba pintada en blanco, una hilera de azulejos portaba las siguientes inscripciones: “¡Viva Cristo Rey! ¡Cristo vence, reina, impera! ¡Gloria al Corazón de Jesús!”.

Finalizado desde algunas semanas antes, el monumento fue solemnemente inaugurado el 29 de junio de 1930 por el obispo-prior de las Órdenes Militares, don Narciso Esténaga y Echevarría, que con este motivo ofició una misa en la explanada situada junto a la puerta norte de la iglesia parroquial. Nada hacía presagiar entonces que la bien explícita inscripción de la base de la cúpula sería el origen de un episodio que revela hasta qué punto había llegado en ese tiempo el enfrentamiento entre las diferentes fuerzas políticas en la localidad, polarizadas en torno al clericalismo y anticlericalismo.

Habiendo accedido al poder municipal la coalición de republicanos y socialistas en las elecciones del 12 de abril de 1931, en la sesión celebrada el 15 de mayo de 1932 la Comisión de Instrucción Pública del Ayuntamiento propuso la supresión de la citada inscripción por considerarla reaccionaria e impropia, aunque no se hacía directa alusión al significado y características de la escultura que se situaba pocos metros más arriba. Tras la correspondiente votación, la propuesta fue aprobada gracias a los votos de los catorce concejales socialistas y republicanos presentes, la abstención de los cuatro de la Comunidad de Labradores, y el voto en contra de los tres de la conservadora Asociación Comercial e Industrial. A pesar de la rotunda oposición mostrada por don Joaquín, el párroco, la inscripción se arrancaba finalmente por los servicios municipales coincidiendo con el primero de mayo de 1933.

El monumento se mantuvo incólume en esta ocasión, pero los tiempos que corrían no eran favorables y no llegó a permanecer en pie mucho tiempo. Como es bien sabido, el 19 de julio de 1936 don Gregorio Cabañero y sus hijos se resistieron a los mineros que pretendieron detenerles en su casa y comenzó un triste episodio en el que la torre de la iglesia fue el lugar elegido para instalar una ametralladora desde la que disparar hacia ellos. Tras su muerte, un conocido minero de la localidad se encaramó hasta la imagen y la fue rompiendo en trozos que arrojó hasta la calle.

Tras la Guerra Civil, las labores de reconstrucción del patrimonio religioso alcanzaron muy pronto al significativo monumento: en apenas unos meses, se encargaba al mismo don Ramón Núñez la elaboración de una réplica para restituir a su lugar lo destruido, y de nuevo el monumento volvía a levantarse sobre la ahora “empizarrada” cúpula de coronación de la torre parroquial.

Entre tanto, en Puertollano había dado tiempo para que se hubiese levantado y desaparecido para siempre un no muy conocido “nuevo” monumento, laico, público y de fuerte contenido político. Con él comenzaremos nuestra “Carta de Toledo” del mes que viene. Hasta entonces.