Edición mensual - Mayo 2005 - Historia

Érase una vez... Érase una vez... Érase una vez...

Érase una vez... Mayo

Miguel F. Gómez Vozmediano

Nº 161 - Historia

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Hace doscientos años… 27 de mayo de 1805.- La sombra de un gigante pasa por Almodóvar del Campo. Este poblachón manchego, al cual nos estamos refiriendo en repetidas ocasiones en nuestras colaboraciones, era la capital comarcana y había sido paso obligado entre Sevilla-Córdoba y la Corte madrileña durante siglos, catalizando el comercio su mercado semanal, sirviendo también de foco de atracción demográfico para muchos inmigrantes que deciden asentarse en la Mancha Baja, si bien por esas fechas una epidemia afectaba a toda la región con inusitada fuerza. Pero volvamos al tema que nos ocupa.

A lo largo de toda la Edad Moderna enanos y gigantes había sido personajes recurrentes tanto en la cultura oral (desde el Gigante Tragapeñas con el que se acobardaba a los chicos inobedientes, inapetentes o llorones; al ejemplar Pulgarcito de los cuentos infantiles) como en la historia de la Corte (sólo hace falta retrotraernos a la magnífica serie de cuadros de bufones palaciegos de los Austrias pintada por Velásquez). Sin embargo, con la Ilustración, el gusto casi morboso de pueblo y gobernantes por estos caprichos de la naturaleza condijo a los eruditos de entonces a replantearse el papel que tales personajes-estereotipos desempañaban en la sociedad nueva que surgía del periodo preindustrial. Según un reputado historiador “La historiografía ha recogido con entusiasmo la preocupación “científica” de los ilustrados gobernantes y funcionarios españoles del último tercio del siglo XVIII. La notoria curiosidad por el conocimiento no estuvo, sin embargo, exenta de frivolidad, donde la obsecuente intención de satisfacer los deseos reales abrieron caminos a la arbitrariedad e inclusive al aventurerismo”. En este contexto hemos de entender la publicación de “pliegos de cordel” (la literatura popular por antonomasia de la época) donde se recogía el prodigioso caso del gigante Cano, cuya simple noticia de su existencia en Indias había sacudido la decadente Corte de Carlos IV hacia 1792.

En el Archivo General de Simancas (Valladolid), el magnífico depósito donde se conserva buena parte de la historia de España hasta el siglo XIX, nos topamos hace tiempo, casi por casualidad, con la noticia del periplo de un charlatán de feria, un oriundo valenciano o alicantino llamado Jerónimo de Montemayor que pasó por estos lares en mayo de 1805, quien porta, entre una infinidad de efectos (desde collares de perlas falsas a relojes de bolsillo o rosarios de metal), un mazo de pliegos con la sorprendente historia que este singular personaje.

Parece que, en febrero de 1792, el virrey de Nueva Granada (Colombia), don José de Ezpeleta y Galeano (1789-1797), se había enterado de que, en la parroquia de Guadalupe, “había un mozo de pocos años llamado Pedro Antonio Cano, de gran estatura”. La Natural curiosidad del virrey, en un momento donde las expediciones militares eran norma y todos los científicos estaban empeñados en descubrir el Mundo que les rodeaba, hizo que ordenara al corregidor de Vélez “que procuraran reducirlo a venir a esta capital a verse conmigo”. La utilización del término “reducirlo” implica algo más que mera negociación o lícita persuasión, dando a entender que se le daba manga ancha para que acudiese pronto a la llamado de la máxima autoridad del área.

Como quiera que no se podía negarse, el corregidor de Vélez lo acompañó hasta la ciudad de Zipaquirá (famosa en la actualidad por su conocida catedral de sal esculpida en una antigua mina de sal gema), donde consta que “se me presentó el referido Cano cuya estatura resultó ser mayor de lo que se había dicho, pues en la edad de 21 años medido descalzo, se halló tener 7 pies, 5 pulgadas, 3 líneas de Burgos, siendo por otra parte de buena proporción y agradable fisonomía”. Es decir un típico ejemplo de gigantismo, como el que afecta a algunos de nuestros ídolos del baloncesto, desde Tachenko a Romay. Según estas medidas, Pedro Antonio Cano estaría entorno a los 2,27 metros aproximadamente, mientras que su hermano Miguel Antonio “que parece le domina y sigue en su compañía” medía solamente 1,90 metros. El virrey comentó que el rey “tendría mucho gusto en ver a ese mozo, que puede llamarse gigante” y decidió enviarlo a España al cuidado del capitán de la compañía de Caballería de Guardia don Veremundo Ramírez de Arellano. El traslado de este formidable mocetón al metrópoli, acompañado de su hermano y de un hermoso loro amarillo que se destinaba a la reina de España. Pos supuesto, se decidió compensar a la numerosa familia del gigante, integrada nada menos que por diez hermanos, más sus padres, dedicados todos a la agricultura; si bien esta ayuda no fue demasiado generosa: 4 reales diarios, cuando un jornal de entonces oscilaba entre los 3 a 5 reales, trabajando de sol a sol. Además, se entendía que, en caso de que Pedro Antonio Cano quisiera quedarse en España, o el rey así lo dispusiese, “sería preciso traer a su familia para que aquél nunca desee volver a su país”. Junto a todos estos preparativos, se adjuntaba un retrato “que aunque no esté exacto en cuanto a la fisonomía, por no haber aquí pintores acostumbrados a este ejercicio lo está respecto a las medidas sin disculpar un punto”, más una “relación abreviada” que sirvieron de base para ilustrar el pliego de cordel impreso a posteriori, añadiéndole alguna patraña que hacía más vendible la relación que se ponía a la venta.

El rey acogió con entusiasmo esta curiosa iniciativa. Gigante y loro embarcaron en Cartagena en la fragata de guerra Santa Águeda. El 16 de julio de 1792, la nao llegó a Cádiz, sin faltar el “loro amarillo y encarnado”, y luego ambos hermanos viajaron en coche de caballos hasta Madrid. Como el paso de Puerto Lápice estaba cortado por los repetidos ataques de las partidas de bandoleros, se decidió tomar la ruta alternativa que cruzaba Sierra Morena y Alcudia por las ventas del Valle y Almodóvar del Campo-Ciudad Real-Toledo-Madrid-la Granja de San Ildefonso (Segovia), donde veraneaban los reyes. No sabemos exactamente qué pasó con estos raros prodigios, ni tampoco (que ya nos gustaría) si llegó a ser visto por nuestros antepasados, salvo que su fama se extendió durante años por toda nuestra Piel de Toro, pasando a la imprenta y calando incluso entre los analfabetos que lo tomaron por un portento digno de admiración, o cuanto menos de curiosidad. Quede como constancia del interés general despertado el curiosísimo texto adjunto:

“Relación abreviada que acompaña al retrato del gigante de Guadalupe de la provincia de Vélez en el Nuevo Reino de Granada.

Suele no ser muy raro en todas las regiones del Mundo, y en todos los siglos ver renovado de tiempo en tiempo el agradable espectaculo de algunos hombres de extraordinaria estatura que desvanecen las dudas acerca de la existencia de los gigantes sobre la tierra, sin la necesidad de recurrir a interpretaciones violentas para torcer a otros sentidos voluntarios, y aun demasiadamente impropios, las expresiones literales de las sagradas escrituras. En la Historia de la Conquista de este Reino se refiere que en las batallas de Opón en la Provincia de Velez mataron los Conquistadores algunos Gigantes retirados por los Indios antes que la curiosidad de los nuestros pudiera informarse de su verdadera medida para trasmitir a la posteridad el autentico testimonio de tan curiosa noticia, que por acá no tiene mas apoyo que el unanime consentimiento del pequeño exercito del General Quezada.

Mas equivocas son las pruebas que pretenden deducir los Naturalistas y curiosos de los huesos de extraordinaria magnitud hallados aqui, a imitacion de los de otras regiones, en los campos que llaman de los Gigantes en la Provincia de Neyba, y a una legua de esta Capital, cuyos fragmentos se han llevado a España en distintas ocasiones. Su actual estructura incompleta no permite los recursos que suministra la osteologia para descubrir la verdadera forma de los huesos humanos; quando por otra parte sus desproporcionadas dimensiones confirman mas bien pertenecer a otros cuerpos de animales que a hombres incomparablemente mas altos que Goliat; y aun tal vez mayores que Og, el unico que sobrevivió a toda la raza de los Gigantes antiguos.

En la misma Provincia de Velez se ha dexado ver en dichos dias el Joven Campesino Pedro Antonio Cano, natural de la Parroquia de Guadalupe, cuya estatura merece ser mencionada en la lista de los Gigantes de nuestro Siglo. Su edad de veinte y un años promete todavia algun aumento en longitud, para que no la disminuya en la apariencia de regular enbarnecimiento que debe adquirir con la edad. La presente no la ha sacado de la regular estatura de sus Padres casi igual a la de sus hermanos segun la relacion del que le viene acompañando, y a quien excede dicho Gigante en un pie 3. pulgadas 4 y un tercio lineas. Es el penúltimo de sus diez Hermanos, y se ha criado sano y medianamente robusto en el exercicio y labores del Campo; cuya ocupacion mas ordinaria del azadón en sus comunes tareas unida al cansancio de su corpulencia por el frecuente agobiamiento del cuerpo le han hecho perder todo aquel aire y gentileza de mejor educacion y exercicio.

Haviendolo medido con todas las precauciones necesarias se ha hallado su altura de 7, pies 5, pulgadas 3, lineas medida castellana, y la de su hermano 6, pies 1, pulgada 10 dos tercios. Todas las medidas particulares tomadas para la formacion del retrato manifiestan que su crecimiento, advertido por sus Padres desde los quince años en adelante, no ha sido proporcional a todas las partes de su cuerpo, ni correspondiente a las comunes estaturas de la mejor ni aun de la mediana proporcion: pues se nota desde luego la desproporcion de los extremos inferiores comparados con la longitud del medio cuerpo hasta la coronilla; aunque por otra parte sus brazos y manos corresponden mejor a sus piernas y pies.

Tampoco era razon perder la oportunidad de comparar el peso de nuestro Gigante con las proporciones señaladas por el exacto y elocuente Naturalista el Conde de Buffon segun las estaturas posibles, y los diversos estados de gordura. En efecto se ha encontrado tan justo el peso proporcional, que admira el tino conque ha sabido fixar sus proporciones en la historia del hombre; porque haviendo señalado el peso de 220. libras por primer termino entre los mas proximos limites de flaco y grueso en el cuerpo de 6. pies medida de París; siendo justamente este el termino que más conviene a nuestro Gigante con exclusion de los tres restantes grueso, muy grueso, y demasiadamente grueso; le corresponde por el calculo el peso de 233 y tres cuartos libras del peso total de 9 arrobas y 11. libras que se han regulado por la ropa precisa y muy ligera con que entró al peso. Santafé 19 febrero de 1792. Impreso en Valencia a 3 de marzo de 1803”.