Edición mensual - Diciembre de 2004 - Opinión

La sonrisa del lagarto

La calle de las trastiendas

Eugenio Blanco

Nº 155 - Opinión

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Pocas veces he visto un lugar tan triste, un punto de encuentro de ninguna apariencia y una metáfora tan poderosa de nuestra manera de vivir. Y estaba ahí, al lado de mi casa, en el centro de la capital, envuelto en pitidos y en cartelones luminosos. Dando la espalda a la Gran Vía, sirviendo de vertedero a los teatros, a las tiendas que te enredan con grandes y veleidosas firmas. Tuve la firme sensación de que estaba en el lugar más olvidado del mundo, el lúpulo de ese asfalto estaba ausente. Sin embargo, las sonrisas primaverales y las almas derramadas tintineaban su alegría en la calle principal, en la avenida colindante.

Los contenedores se vertían y el aire tenía un peso melancólico que se acababa desparramando por los callejones que unían ese olimpo olvidado con la gran avenida. Sólo se veían trastiendas en esa calle, trastiendas y un mercado pequeño con algunas cajas de hortalizas vacías en sus puertas, había frutas estrelladas en la acera y seguramente nadie se encarga de limpiar nunca las facciones de ese agujero negro del callejero. El Ayuntamiento de Madrid seguro que no contrata servicio de limpieza para esa calle. No había ni coches aparcados ni siluetas reconocibles.

Si te quieres perder por Madrid puedes llegar a sitios así. Y cuando apareces allí, en esa abertura anochecida de farolas lánguidas y luces ya derretidas y enturbiadas, te das cuenta que los espacios muertos existen, aunque un gran bullicio se divulgue ligero a pocos metros de ti. Las reminiscencias del primer mundo son indelebles. Decía que cuando Madrid te regala un sitio así, una calle tan lejana ubicada en el centro de su sistema nervioso, te sobreviene una misteriosa sensación de angustia. Es cuando el misterio se destapa y la realidad se disgrega gélidamente por todos los pecados.

Si hay un teatro tiene que haber una puerta de atrás. Una puerta por donde salen los extras que nadie mira o el revisor que ha terminado su turno justo después de comenzar la función. Toda gloria tiene a sus vencidos detrás. Los flashes, las cámaras, las sonrisas dan a la calle principal, mientras en la calle de las trastiendas el camión de la basura vacía el contenedor con las consumiciones acabadas y con los guiones equivocados.

Durante el día la gente comprará las últimas tendencias y los espejos de los comercios se desgastarán, los colores vivos se difuminarán con violencia. La Gran Vía se convertirá en un escenario donde lucir los sueños y el status, en la calle de las trastiendas sólo hay dos indigentes que duermen la mona apoyados en las puertas de atrás, donde la suciedad se acumula, donde lo que no puede estar a la vista en la calle comercial se agolpa como un ruido, ferozmente. Es un oasis de nada que colinda con las grandes sucursales, es el trastero del sistema, el vertedor donde se echan las deposiciones que crean las vanidades.

Desde que descubrí esta calle, un poco a traición creo, suelo ir de vez en cuando para intentar comprender cosas de nuestra manera de vivir. Me fijo en sus ornamentas y me transporto a la realidad real, a esa que no se vende ni de la que se habla. Así es nuestra manera de vivir: pura apariencia. La calle de las trastiendas es la metáfora de nuestro mundo. Mientras las calles de las postales están peinadas y perfumadas, sus contiguas huelen a la suciedad que generan las trastiendas, las taquillas tristes y traseras de los teatros, los restaurantes de comida rápida y los diferentes colores de los containers.

Es algo así como limpiar el salón, dejarlo reluciente, y esconder la porquería debajo de la alfombra.