Edición mensual - Diciembre de 2004 - Historia

Érase una vez... diciembre

Miguel F. Gómez Vozmediano

Nº 155 - Historia

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Hace cuatrocientos cincuenta años… 22 de diciembre de 1554.- Los lobos atemorizan el Valle de Alcudia. Los pastores, campesinos y aldeanos que habitan los pueblos y chozos de la zona muestran su pavor ante la plaga de estos depredadores que entran en los lugares poblados y merodean por los campos, atemorizando a hombres y rebaños. Durante los meses de noviembre y diciembre, el paroxismo alcanza su más altas cuotas cuando se extiende el rumor que un chaval que cuidaba un hato de cabras en las inmediaciones de la ermita de la Bienvenida había sido devorado por estos carniceros y que entre Cabezarrubias e Hinojosas había habido varias personas contagiados de rabia por tales animales. De inmediato, se organiza una batida que extermina a ¡179 lobos! aparte de más de 200 raposas y 23 tejones.

Parece que la primavera y el verano habían sido particularmente duros en la comarca. Una tremenda sequía había agostado los campos antes de tiempo y el otoño tampoco había sido demasiado bonancible, con lo cual ni había habido hierbas para que pastaran los animales ni éstos habían criado como en cualquier otro año. El resultado es que las presas habituales de los lobos (liebres, conejos, perdices, ciervos, jabalíes, corzos) escaseaban de forma alarmante, por lo que estos cánidos debieron enfrentarse a sus enemigos naturales (el hombre) para comerse sus ganados, terminar con sus aves de corral e incluso atreverse a perseguir a personas indefensas por yermos y aldeas. Además, la presencia en nuestra tierra de perros asilvestrados fomentaba la existencia de frecuentes focos de rabia en la zona.

Esta enfermedad, la hidrofobia, afecta a algunos animales y se contagia a través de la saliva. Sus primeros síntomas son la modificación del carácter, extrema excitabilidad e irascibilidad, espasmos, convulsiones, así como una fobia patológica al agua y a los objetos brillantes: Esta enfermedad encefálica afecta, entre otros, a los cánidos y puede ser transmitida al hombre por la mordedura de un animal infectado por este virus. Las personas suelen adquirir la rabia a partir de la mordedura de perros y gatos; tiene un período de incubación variable, desde el momento de contagio hasta el comienzo de la enfermedad, que oscila entre los quince o cuarenta y cinco días y los seis meses. Desde el lugar de la inoculación (mordedura) el virus de la rabia se disemina por el organismo afectando al sistema nervioso central y, sobre todo, al cerebro. En el afectado aparecen primero modificaciones en el carácter, depresiones, temores, e intensos dolores en la cicatriz de la mordedura; más tarde se desarrolla un intenso nerviosismo, que termina por degenerar en fuertes espasmos y convulsiones, dando una sensación de ahogo y provocando dramáticos trastornos mentales (accesos maníacos, alucinaciones, depresiones). Luego llega la parálisis de las articulaciones y de los nervios craneales. La muerte sobreviene a los cinco o siete días desde que se desarrolla plenamente la enfermedad, casi siempre víctima de la apnea (cese transitorio de la respiración). Pasteur descubrió una vacuna eficaz contra la hidrofobia, pero se debe inyectarse antes de las 72 horas desde la mordedura.

En la antigüedad los animales domésticos infectados eran sacrificados al menor síntoma y a las personas se les encerraba hasta que morían rabiosos, con lo que su contagio era temible por avocar a la muerte a tales enfermos.

Fascinados por lo sobrenatural y el prodigio, nuestros antepasados recurrieron a Santa Catalina de Alejandría (muerta en el siglos IV después de Cristo, decapitada de rabia por los soldados que la martirizaban), a quien la consideraron abocada contra dicho mal. En este sentido, también creían en la existencia de “saludadores”, curanderos que terminaban con la rabia del mismo modo que se había contagiado, escupiendo su saliva al paciente (hombre o animal). Paradójicamente, una de las marcas de estos excéntricos personajes de la época era portar la rueda de Santa Catalina en el paladar. Además, se pensaba que si cobraban por ejercer su don perderían esta capacidad casi milagrosa de sanar a los incurables. En todo caso sí que aceptaban regalos y la voluntad en dinero de los sanados, con lo que se podían ganar la vida más que dignamente ofreciendo sus servicios por ferias y lugares.

Hace trescientos años… 24 de diciembre de 1700.- Precisamente continuamos con Santa Catalina, por ser la advocación de la iglesia en una aldea almodoveña, Tirteafuera. Se trata de una preciosa ermita rural de pasado remoto (algunos conjeturan que del siglo XIII) y que cuenta con una bella portada labrada (fechada en 1573), así como con un magnífico artesonado mudéjar original que nos recuerda mucho el que tenía la vecina localidad de Almodóvar y que fue devorado víctima de un voraz incendio tras ser declarado Patrimonio Nacional. Pues bien, durante la Misa del Gallo, en Noche Buena, el cura que oficiaba la misa se enoja con los feligreses, porque no contentos con interrumpir los oficios divinos, cortejan a las mozas, tocan cuernos de caza y hacen sonar una estruendosa matraca, denunciando esta indisciplina ante sus superiores, el Vicario de Ciudad Real.

Estas peculiares costumbres, tan ajenas a cómo la vive la religión en la actualidad, eran bastantes frecuentes en la época en el medio rural manchego aunque, desde luego, no eran exclusivas de las clases más bajas ni afectaban solo al campo. En la principal orbe de la España del momento, como era Toledo, la Ciudad Imperial, durante el día de los Santos Inocentes se elegía como Obispillo o Rey de Burlas al más humilde de los monaguillos o sirvientes de la catedral, quien durante ese día hacía y deshacía a su antojo en la Sede Primada de la Iglesia Española, si bien al día siguiente era apaleado y vejado por los mismos que lo había propuesto. Asimismo, en lugares como Alcázar de San Juan todavía se celebra el Carnaval ese mismo día y el resto de los españoles aguardamos a entonces para ejecutar nuestros bromas más pesadas sin despertar la cólera de nuestros paisanos.

Sin embargo, la presión de las autoridades civiles y eclesiásticas terminaron casi de raíz con este desorden codificado en los templos y los espacios sagrados, sacándolos a la calle y, en cierto modo, desvirtuándolos de su esencia primitiva, al considerarlos incompatibles con la moral y espiritualidad cristianas modernas.

Hace doscientos cincuenta años… 4 de diciembre de 1754.- En Brazartortas se escapa una vaca del corral en que estaba encerrada y cornea o aplasta a un niño de cinco años que jugaba en las eras, apodado “Juanico el Sordo”. El vaquero parece que había bebido más aguardiente del que solía y deja que una vaca llamada “Mariquilla” huya de la manada. Como quiera que el animal volvió al pueblo desbocado, se llevó por delante a este pobre infante que estaba divirtiéndose felizmente y ajeno a todo con otros niños del lugar, segando su vida. En el campo, donde la convivencia de hombres y animales eran cotidiana no faltan mulas que cocean a sus amos, caballos que los descabalgan o carros de burros que atropellan a quiénes tengan la mala fortuna de cruzarse por su camino. Incluso se tenían prevenciones con las cerdas recién paridas, ya que algunas legaron a comerse bebés en las cunas e incluso atacaban a los labriegos que se acercaban a su camada con malas intenciones.

Además tanta era la simbiosis entre animales y personas que pastores, vaqueros y dueños de animales domésticos ponían y ponen nombres a las reses con quiénes convivían día a día.