Edición mensual - Virgen de Gracia 2004 - Colaboraciones

Retrato íntimo de una Feria como otra cualquiera

Eugenio Blanco

Nº 152 - Colaboraciones

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Hacer un artículo para el Especial de Feria. Otro artículo más. Y otro Especial más. Y otra Feria más. Y la Virgen, también, otra vez. Y el mes de septiembre. Todo esto me deja un tanto transpuesto, ¿qué más tengo que decir? Algunos tópicos más. Siempre hay nuevos tópicos en los que incidir, siempre hay un nuevo pulso que tomar, un nuevo viento por describir. La Feria es nuestra ciudad ya es semestral y el encanto ya apenas huele. Como hay pocos niños la cosa ya tiene menos gracias y los feriantes fuman más. Los cacharros son los mismos, la tecnología avanza a todo tren, pero la maquinaria de las atracciones sigue indemne a los adelantos.

La Feria, la Virgen, la traca. Cuando era chico el ambiente me parecía más borroso y desde la ventana de la salita del viejo apartamento del Edificio Tauro veía cómo los fuegos artificiales recorrían el cielo pardo. Los destellos parecían mujeres jadeantes, las nubes se evaporaban o se ruborizaban y El Minero se ponía a aplaudir. Yo se lo decía a mi madre, pero ella hablaba mucho por teléfono y pocas veces se creía lo que le decía.

La Feria ahora es un tumulto hortera que a mí me gusta, quizás porque suelo acabar borracho con tanto veneno. Siempre es lo mismo, pero lo mismo es lo que crea las identidades, aunque no sepamos muy bien para qué sirve eso de las identidades. El caso es que todos o todo tiene que tener una. En el corazón me quedan más recuerdos de las Ferias antiguas y en el hígado, imagino, más de las modernas. A mí cerebro llegan en las noches de Feria palabras o números que convertirían mi vida en un cataclismo, no sé por qué, o no me da la gana explicarlo, pero siempre entre la música tan requeteoída y sosa, sale un acorde que sólo oigo yo y me imagino que tengo una historia única entre las manos, algo imprescindible que sólo yo puedo contar. Cuando me pasa eso me suelo ir a mear y a tomar el aire.

Todas las Ferias empiezan igual: con ganas de tener una pasión desaforada en un coche o en un colchón macilento; todas acaban igual también: con una sensación de extrañeza que en realidad no existe por sí misma, sino porque yo la voy construyendo concienzudamente con mimo y con resignación. Luego en un día simple se me despierta un sonido del oído y me pongo a recordar que me quedan muchas huidas. Esto parece que no viene al caso, si yo lo sé, pero son las cosas que me pasan.

La sociedad va así: una tv pública hace un programa para sacar artistas adelante (esto sirve para que la sociedad se empape de la falsa sensación de que el triunfo es de cualquiera), esos artistas te los tienes que comer en todos los lados, tienes que comprar esos discos, escuchar esa música, mirar a los ojos de alguna preciosidad escuchando eso y cuando te acostumbras o te resignas te ves bailando en la Feria de tu pueblo “Tu corazón machacaó es mi cacao” o “Me encanta tu pito fresquito” y claro tienes que tomar alcohol, sino dime qué pintas haciendo esas chorradas. Y con las resacas nadie piensa y así estamos: en un mundo eternamente resacoso. ¿Quién se ha inventado estas conspiraciones tan magníficamente? ¿Qué carrera hay que hacer para hacerse conspirador de mayor?

En la noche, cuando las mandíbulas se cansan de sonreír, te retiras. Y te comes una hamburguesa harapienta o unas patatas fritas y te bajas charlando sobre algo o riéndote. Aunque una vez un amigo mío se cayó en unos matorrales y se quería quedar a dormir. Me sonrío recordando estas historias, contaría alguna más, pero mi padre lee esto (aprovecho para saludarle, te quiero, viejo) y como se entere de más cosas truculentas no me va a dar la paga.

En las casetas nos veremos todos, golfos y niñas de alta alcurnia con los zapatos llenos de polvo, subnormales acreditados e infelices tiernos que te piden un cigarro o un rato de conversación. Estarán locutores de radio resoplando y viejos amores que ahora, como tienen novio, no te miran y se sienten orgullosas, esos viejos amores son ahora nuevos desamores, es lo que tenemos los sentimentales: no nos podemos desligar de unos ojos que te han querido o te han mentido. También estarán guapos camareros con una ortodoncia a prueba de bombas, una pija que siempre me acaba dando el número de teléfono y el grupo de aves rapaces que sondean a las mujeres que tú miras. Más: un malabarista de la moda más fashion, algún viejo compañero de colegio que hace Informática o Empresariales, padres que sostienen en brazos a niños dormidos y una bizca muy elegante a la que siempre se le ve el tanga. A veces nuestros ojos coinciden fervorosamente, no sé si me mira a mí, incluso con deseo, o es parte de su problema.