Edición mensual - Virgen de Gracia 2004 - Colaboraciones

La TCP

Víctor Morujo

Nº 152 - Colaboraciones

Imprimir

Desde el mes pasado, los puertollaneros no sólo podemos pavonearnos de nuestro pueblo ante el mundo como se ha hecho siempre; ahora, además, podemos certificarlo con credenciales. “Mire usted, indocumentado – diremos esgrimiendo nuestra tarjeta del ciudadano -, qué clarito lo pone aquí: de Puertollano, ¡ahí es ná!” Y nos podremos quedar tan anchos, porque pocos habrá que puedan emularnos. Desde hace un mes, además del DNI, tenemos la TCP, y no se crean que no la vamos a necesitar, porque deberemos acreditarnos con ella si queremos benefi-ciarnos de sus ventajas. La TCP demuestra ante cualquier ventanilla que estamos empadronados en Puertollano y, como consecuencia, nos hace beneficiarios de suculentas rebajas del ¡diez por ciento! En determinadas transacciones con la municipalidad, como compulsar documentos, tramitar certificados, comprar entradas para el auditorio o la piscina... No, no se me entusiasme el lector, que el descuento no se aplica a los recibos de la luz o el agua, ni a los demás impuestos importantes.

Con nuestra TCP en la cartera, conciudadanos míos, se nos abre un mundo de posibilidades ventajosamente crematísticas, porque el descuento lo tendremos también si nos afiliamos a la Unión Deportiva Puertollano y a otros equipos locales, y hasta parece que algunos comerciantes están dispuestos a hacernos una “rebajita” si, en el momento de comprarnos una pitillera o unos zapatos, enarbolamos ante el dependiente de turno el documento en cuestión (no sabemos si servirá también en las rebajas) Ante tan potente carné, el tendero nos echará una mirada y, con una sonrisa cómplice, quedará todo meridianamente explicado – “Claro, ¡es que usted es Ciudadano de Puertollano!”. No se crean que la TCP es “pecata minuta”, no señor, precisaremos de ella si queremos tener un abono del Auditorio, de las pistas de tenis o de las piscinas.

¡Ay, si se nos pierde la TCP, miserables nosotros, seremos como un Juan Sin Tierra, sin prebendas, sin honores, sin legitimidad ninguna! Porque, hasta que nos la renueven, creerán que somos como esos indeseables que no están empadronados aquí, esos viles inquilinos que, cual “sin papeles”, habitan la ciudad sin que su presencia conste en el censo. Y sepan, vecinos míos, que no son pocos los parias que circulan por nuestras calles y hasta ocupan una vivienda... ¡e incluso una cochera! Porque, dijo el alcalde, estamos apuntados algo más de cincuenta mil en la lista de ciudadanos honorables y, según sus cálculos, ¡hay por lo menos cinco mil más! ¡Cinco mil!

Cinco mil intrusos que pisan nuestras calles, desgastan nuestras aceras, usan nuestras bibliotecas públicas, se alumbran con nuestras farolas, desgastan el asfaltado de nuestras vías urbanas, echan de comer a nuestros patos Dios sabe qué, se sientan en nuestros bancos, beben nuestra agua agria, pedalean por nuestro carril bici... Si, como lo oyen, convecinos míos... ¿Cómo se puede permitir esto? ¡Ay, si Sabino Arana hubiera nacido aquí, jamás habría consentido tamaño desorden! Menos mal que el alcalde nos ha acreditado. Ahora podremos saber quién es quién. Van a caer muchas máscaras, incluso las de esos puertollaneros traidores que se empadronan en Argamasilla o Almodóvar por pagar menos en el impuesto de circulación y otras afrentas así. Ahora sabremos quienes medran en nuestra ciudad taimadamente, sin remordimiento alguno. Me gustará ver sus caras cuando vayan a comprarse un bono bus; ¡ja, ja, bonobús! ¿Tienes la TCP? Pues te vas a otro sitio a comprar el bono bus. Nada, a pagar el billete sencillo a tocateja, o no te montas en nuestros autobuses, mal ciudadano. Claro, que este hatajo de parásitos es muy capaz de desplazarse en su propio coche indocumentado, rodando con sus neumáticos indocumentados por nuestro “slurry” recién echado, mofándose de nosotros a carcajada limpia, con toda la impunidad del mundo.

Ahora que tengo la TCP, miro con compasión a los buenos vecinos de otras poblaciones no tan lejanas e imagino el dolor y la vergüenza que deben estar pasando. Ciudad Real, por ejemplo. ¿Cuántos “sin papeles” no habrá allí? ¿Cuántos no inscritos en su padrón municipal se aprovechan sin pudor ninguno de la capital? Si en Puertollano son cinco mil, según dice el alcalde, allí deben ser por lo menos quince mil. ¡Quince mil! ¿Dónde van a echar sus setecientos cincuenta años de historia? ¿Qué dirá Doña Leticia cuando venga a presidir las celebraciones y no sepa cuántos de los presentes son, a carta legal, de Ciudad Real?

Ya sé que usted estará pensando que, entre esos quince mil, hay puertollaneros que, fieles a su cuna, viven y trabajan en la capital pero siguen empadronados aquí. Ellos también tienen su TCP, y no quieren que les arranquen por la fuerza su identidad del corazón, porque sería como arrancarles las venas. Bienaventurados sean esos buenos hijos de Puertollano que pregonan su raza extramuros. ¡Esos héroes mal reconocidos! ¡Bastantes cuartos les sacan los culipardos de sus honorables bolsillos! Y no digamos de esos estudiantes que, no contentos con tener que pagar alquileres desorbitados por un piso, se dejan allí sus dineros en el botellón de los jueves. Esos también son héroes puertollaneros anónimos, que han tenido que emigrar ¡a cuarenta kilómetros de su pueblo, para poder labrarse un porvenir! Ahora, con su TCP acompañándoles en todo momento, no tendrán que penar en las largas noches ciudarrealeñas en la lejanía de cuarenta kilómetros de su patria chica porque, mirándola, con ese “Minero” y ese Pozo de Santa María recortados en ocre sobre el incendiado cielo del futuro, verán allí escrito su nombre, su DNI, y su número de empadronamiento.

De acuerdo, el número de empadronamiento es casi tan largo como el de la cuenta de un banco, y va a ser muy difícil memorizarlo pero, tal como están las cosas, hay que aprendérselo de memoria. Ese es el primer paso que hay que dar, saberse el número como quien se sabe su teléfono o la matrícula del coche, y no es asunto de risa: imagina que llegas a cualquier sitio y has olvidado en casa la TCP. ¡Qué contrariedad, qué percance tan humillante! Pero, tranquilo, que no pasa nada, porque resulta que te sabes el número y, así, estarás salvado. Le recitas con seguridad y firmeza el número a quien esté tras la ventanilla y, al comprobarlo en el ordenador, el funcionario te mirará como a un hermano, y te dirá aliviado: “Ah, eres de Puertollano, naturalmente que te atiendo, buen ciudadano”.

¡Es hermoso esto de la TCP! ¡No sé cómo hemos podido sobrevivir sin ella hasta ahora! ¡Ha cambiado mi vida!

¿Qué importa si la TCP resulta ser inconstitucional porque discrimina a unos españoles sobre otros? ¿Qué importa que despotricáramos como energúmenos cuando Otegui propuso el carné de identidad vasco? ¿Qué confianza merecen los agoreros que aseguran que la TCP tiene menos futuro que un tarro de “Nocilla”? ¿Qué crédito debemos dar a quienes dicen que el Plan Estratégico de Puertollano sólo consiste en ir a lo barato? Suelo industrial barato, conciertos baratos de artistas baratos, descuentos baratos por arañar los cincuenta mil habitantes a base de tarjetas... Insidiosos, sólo son insidiosos, miembros de un contubernio judeomasónico... ¡A quitarles la TCP! ¡A ponerlos en la picota, como si fueran unos nuevos afrancesados!