Edición mensual - Virgen de Gracia 2004 - Colaboraciones

Todo tiene su fin

Eduardo Egido

Nº 152 - Colaboraciones

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- Señora, hágame el favor- le toca ligeramente el hombro al tiempo que el mentón le indica con un movimiento hacia arriba.

Zuppppppp, o algo parecido zumba el ventilador de la pared de la iglesia, cabeceando a derecha e izquierda, a izquierda y derecha. Tal vez haga ziccccccc. La única letra que tiene lugar seguro en la onomatopeya es la z, parece ser.

-¡Señora!- insiste-. ¿Me podría hacer sitio, por favor?- Deja traslucir un tono de incomodidad por verse obligada a repetir la petición, como si pensara, hay que ver cómo es la gente.

-Es que el banco es de seis. Y ya estamos- susurra la aludida, incómoda a su vez porque la gente no acepte la evidencia-.No tiene usted mas que contarnos.

Doscientos cincuenta abanicos avientan las palabras de la novena mariana. Veamos: veinte bancos en la fila de la derecha y otros tantos en la fila de la izquierda hacen cuarenta bancos. Seis personas (mujeres) por banco, doscientas cuarenta mujeres (personas). Si añadimos diez almas más por overbooking el cálculo se salda con la cifra propuesta. Con tal fenomenal empuje, las palabras ascienden ingrávidas hacia la bóveda del tempo.

Pese a considerarse con más razón que un santo, la aludida empuja con la parte más mollar de su anatomía en la dirección que ocupan las cinco inquilinas restantes del banco para hacer sitio a la intrusa.

-Además, con este calor- rezonga-. ¿Dónde andará toda esta gente el resto del año? Es pasar la Fiesta de la Virgen y quedamos cuatro monos-. No lo dice a nadie en particular (un pensamiento en voz alta) pero sabe que dispara con bala.

-Señora, el resto del año ando donde me da la real gana. ¡Estaría bueno que tuviera una que dar explicaciones!- dice con un hilo de voz la recién llegada. Ni que decir tiene -sucede todos los años por estas fechas- que el templo registra una magnífica entrada. No sólo los bancos, también los pasillos se hallan colmados de gente que sigue con expresión grave los pormenores del culto. Hay un ambiente de palpable emoción. Se rinde veneración a la Patrona. La cadencia del rezo secundada por el zumbido de los ventiladores y el rastrear de los abanicos crean un efecto de recogimiento. Cualquier actitud al margen queda fuera de lugar.

-No le estoy pidiendo explicaciones, señora, lo único que digo es que sólo nos acordamos de santa Bárbara cuando truena- busca con la mirada que alguna de las antiguas compañeras de banco refrenden su afirmación. Eleva el volumen de su rezo para dar a entender que quiere dar por zanjado el asunto.

-Por lo que veo, parece que es usted quien fija las normas para poder entrar en la iglesia-. Ha subido el tono de voz y se encara con la irascible interlocutora.

-Chisttttt- dice alguien del banco de atrás.

Las dos mujeres se remueven al unísono en el asiento para significar con el gesto que el cambio de postura física también conlleva la mudanza de su conducta. Concentran la mirada en el lateral del altar, donde el sacerdote ha levantado la vista por encima de las lentes al percibir que algo parece alterar la uniformidad del transcurso de los oficios.

La novena recobra la placidez. Las voces de los fieles acotan con precisión el comienzo y el final de cada frase, fuera de alguna terminación que se sale de cadencia. Los abanicos aprovechan las pausas entre las respuestas para redoblar su brío. De forma inesperada, la mujer de las objeciones lleva su mano sobre las dos que la última en ocupar el banco reposa sobre el regazo y las estrecha delicadamente.