Edición mensual - Julio de 2004 - Opinión

Los brujos y la fiesta de San Juan

Benjamín Hernández

Nº 149 - Opinión

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Nada escapa de las tradiciones esotéricas. Todo es, en su origen, mágico. De hecho, una de las fiestas más señaladas del año ritual es la noche de San Juan y los días asociados con el solsticio estival. El fin de un tiempo y el comienzo de otro, así como las características del día más largo del año han dado pie en la imaginación y en la percepción de los seres humanos, a buscar interpretaciones y medios para utilizar y comprender lo que sucede.

La magia, recordemos, es la utilización de las capacidades de los seres y los objetos para modificar el medio, el comportamiento y la actitud de lo que nos rodea. Es, por así decirlo, dejar que fluya la energía orientándola, haciendo que nos sirva para ahorrarnos la penalidad y el trabajo. La ciencia, que es una hija mucho más empírica de la magia, trata de conseguir lo mismo. Imagínense el envío de una carta de Felipe II a su virrey de Nueva Granada, en Caracas, por ejemplo. Entre la entrega de la misiva en Aranjuez hasta que la respuesta llegaba a San Lorenzo podían transcurrir perfectamente 6 meses o más. Ahora, un correo electrónico tarda en ida y vuelta lo que tarden los correspondientes en escribirlo y otros dos o tres segundos. La magia es eso, aunque utiliza mecanismos y fuerzas cuya ecuación se desconoce todavía. Si añadimos que la capacidad para practicarla es similar al arte -está reservada para unos pocos- entonces el límite entre el auténtico poder, la híper intuición verdadera y la charlatanería oportunista, es muy débil. Brujería, hechicería, chamanismo, poder mágico, son sinónimos. Llamar a las Artes Antiguas Ciencias Ocultas, me parece una aberración. Si son ciencias, no pueden estar ocultas. Las Artes, por el contrario, incluyen la capacidad y el aprendizaje como elementos esenciales, además de la relación estrecha entre el Iniciado y el que se va a iniciar, en el que se manejan elementos peligrosos que no pueden ponerse, como sucede con las armas, en manos de cualquiera. Éstas son las razones del ocultismo y el secreto con el que se deben llevar los conciliábulos.

Al principio, la magia y la religión iban unidas, de hecho, a las brujas, en Italia, se les llama de la “religione antica”. Era una creencia servicial, puesta a disposición de los hombres y mujeres de la aldea, que requería actitudes propiciatorias pero en las que el hechicero/sacerdote cazaba con la tribu, sembraba y criaba ganado con la tribu y luego prestaba un tiempo extra a la tribu en curandería, orientación y mejora. A cambio, los miembros de la comunidad le araban un trozo de su campo, le llevaban un animal, una pieza de caza, unas verduras o lo que fuera. Algunos de estos brujos se relajaron, dejaron que llegaran las ofrendas con la excusa de dedicarlas a una deidad, abandonaron el trabajo común e inventaron la Religión Estatal, que perdura, lamentablemente, todavía. Otros se decidieron a buscar solamente la racionalidad del conocimiento, renunciando a los elementos que no admitían explicación. Ambos grupos, sacerdotes y científicos, arremetieron contra los brujos esenciales que, perseguidos, encarcelados, torturados, ejecutados entre enormes tormentos, fueron acusados de servidores del Mal, supersticiosos o, simplemente, embaucadores. Al fin y al cabo, eran una competencia que los nuevos poderes no iban a tolerar.

A pesar de todo, con mucho dolor y confusión, hubo personas que mantuvieron el Antiguo Conocimiento y las Artes Poderosas y que las han transmitido hasta nuestros días. Lamentablemente, también se han perdido muchos elementos y, como siempre, han perdurado y se mantienen personajillos aprovechados que comercian con la ilusión, la desesperación y la credulidad. Claro que eso pasa en todos los estamentos de la vida.

El caso es que las tradiciones que se instauraron en los heroicos tiempos mágicos, en el ancestro de nuestra evolución, no han podido ser eliminadas de las costumbres religiosas y civiles. De hecho, el sincretismo, la adopción de costumbres ancestrales rebautizándolas con nombres nuevos acordes con las nuevas religiones y estados, ha hecho que la Gran Madre Tierra fuese luego, Mari, Marianne, Gaia, Rea o la Virgen María. Las religiones no pudieron acabar con la gran creencia – certeza del seno del planeta, y la asumieron como propia, cambiándole sucesivamente el nombre.

Las grandes celebraciones festivas siguen siendo, por tanto, las mismas. La fiesta de la Resurrección Primaveral, la Walburga del Primero de Mayo, los solsticios y equinoccios; en verano San Juan y en Invierno Navidad. Si el 24 de junio celebramos la noche más corta, el 25 de diciembre festejamos que el sol comienza a ganar terreno a la oscuridad. Igual que Nochebuena es el Día de Apolo, el Sol, Helio, Mitra y, cómo no, la Luz del Mundo cristiana: Jesucristo, el otro punto de la elíptica conmemora al que unge, bautiza y proclama al rey mágico. Nombres distintos para el mismo mito.

Desde siempre, el solsticio de verano se ha celebrado justo en la última noche del mismo. Por tanto, el 24 es el día más largo del año y, claro está, su noche es la más corta.

Los brujos y brujas, magos y magas, se reunirán en torno a una hoguera, un altar y un árbol sagrado para efectuar una serie de rituales que ignora la mayoría de las personas. El ritual purificador se habrá renovado un año más. Este es uno de los conjuros que hemos adaptado de las antiguas fiestas solsticiales: “Por la flor de lis, la de la menta y la del romero, que las estrellas me concedan lo que quiero. Que me salven, me amen y me enriquezcan, por la flor de lis, la del romero y la de la menta”.

Suerte, Salud y Amor para lo que nos queda.