Edición mensual - Junio de 2003 - Opinión

La sonrisa del lagarto

La bienvenida

Eugenio Blanco

Nº 132 - Opinión

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Antes de las elecciones recibo dos cartas. El caviar de la propaganda electoral: José Bono y José María Aznar me invitan a ejercer mi derecho al voto por primera vez, me dan “la bienvenida”, me invitan a sentirme un demócrata y me piden con un servilismo acuciante mi apoyo para sus partidos respectivamente.

La carta de Bono es conmovedora, me habla de cariño, de confianza, de nuestra tierra, todo en un tono cercano y con un tufo demagógico que me pone a la defensiva: “Gracias a Dios tengo salud y ganas de trabajar no me faltan. Soy uno más, uno de los nuestros, ni más ni menos. Mi única fuerza es tu voto. Por eso te necesito”. La verdad es que más que convencerme, el señor Bono me produce una profunda tristeza, el párrafo parece evocar la imagen de un indigente pidiendo en las aceras. Pobre Bono.

Nuestro presidente, el gran colega de Bush, el aficionado al footing, al pádel y a los bombarderos, tiene un estilo más austero, más pragmático, con una propaganda más directa, menos sentimentalista y agónica. Sin embargo, me llama por mi nombre, he de confesar que me ruboricé cuando supe que José Mari me conoce. Cualquiera escribe ahora tranquilo.

Después de toda la retahíla de logros (se centra en los conseguidos para los jóvenes) me quedo anonadado cuando el presidente me dice (lo imaginaba hablándome en tono confidencial): “nos gustaría recibir tus sugerencias”. Qué movidón. Y empiezo a dudar: quizás el apoyo del gobierno a Bush para atacar Irak se debía a un montón de sugerencias aportadas en las sedes del partido por parte de los nuevos electores, o de electores consolidados, lo que confiere más solera. Estoy hecho un lío, vaya responsabilidad.

Total: dos estilos diferentes para captar mi voto. El señor Bono, desde su carta familiar, parece que está en un rastrillo vendiéndome sus proyectos políticos, rogándome y todo; y el presidente Aznar, mucho más seguro de sí mismo (la medalla del Congreso de Estados Unidos le ha puesto las pilas), me acojona: me pide sugerencias, responsabilidades, es como un desafío sutil, como un guante que arroja en mi cara. Además de decirme: “queremos seguir trabajando por lo que a ti te importa”, al leer esto ya sí que me horrorizo del todo: ¿Cómo alguien que está trabajando por lo que me importa me puede infundir la sensación de que no tiene ni la más remota idea de lo que me importa? Todo me parece digno de una tragicomedia del absurdo, firmada por Beckett.

Ellos, los políticos, ya han movido ficha. Después de tantos años viviendo por aquí me mandan una carta, joder si resulta que me conocían, y me piden mi voto, mi confianza, y Bono hasta me emociona cuando me doy cuenta de la pureza de su cariño. Ellos me han dado la bienvenida, yo ahora estoy confundido, no sé qué hacer. Creo que lo más razonable será buscarme un refugio, un escondite. Una escapatoria.