Edición mensual - Feria 2003 - Historia

Represión y tortura en la Casa de Baños

La otra historia de la Casa de Baños

Olga Juárez Campos

Nº 131 - Historia

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Todos sabemos que la Casa de Baños era un balneario en el siglo XIX, donde importantes figuras políticas españolas del momento tomaban sus baños de aguas minero medicinales. Por tanto, todos nos sentimos orgullosos por la importancia que tuvo, porque aún sigue en pie y podemos contemplarla como era entonces, aunque sólo sea su exterior. Emplazada en pleno centro de nuestra localidad es un símbolo digno de visitar. El edificio se creó en 1850, consta de 463 m² y dos pisos. El inferior tenía una serie de despachos y cuartos de baño, con sillas de nogal, varias mesas, palanganeros, etc, y en la parte posterior los baños generales. En la segunda planta estaba el salón principal donde los enfermos descasaban y un cuarto de baño para las mujeres.

En sus alrededores se creó una gran zona ajardinada, que se convertiría en el Paseo de San Gregorio, dedicada a paseos y reunión de los enfermos. Pero su mal estado y la pérdida de propiedades curativas de sus aguas le llevaron a una paulatina decadencia hasta que finalmente se cerró como balneario.

Y es en este momento cuando comienza la historia tétrica, pero tristemente real, de la Casa de Baños, al convertirse en comisaría de policía alrededor de 1939, al terminar la Guerra Civil. Comenzaba una etapa muy diferente a la época de esplendor del balneario. En plena dictadura, aquellas dependencias donde se tomaban baños se transformaron en celdas de medio metro cada una para impedir el “descanso” a los presos en la planta superior; otras más amplias, en la parte baja, tenían un banco de dura mampostería de piedra junto a una manta sucia para “descansar”, un lavabo sin agua y un retrete; y el antiguo convertido en salas de interrogatorios. No debemos olvidar la maravillosa zona ajardinada a su alrededor en la que los gritos y lamentos de los familiares, que esperaban noticias impacientes, se mezclaban con los de los propios detenidos cuando eran torturados. Ya no había enfermos que paseaban por allí e iban a curar sus dolencias, había personas inocentes que entraban sin dolor y salían enfermas tanto física como psicológicamente.

La gran Casa de Baños se convirtió en una casa de torturas, donde los detenidos vivían en míseras condiciones: en un lugar donde había abundante agua, no tenían para beber ni para lavarse las heridas; la zona de paseo y descanso quedó convertida en zona de sufrimiento y desconsuelo de familiares que sabían que había empezado una etapa de tormento que nunca olvidarían. De tal manera que encontramos una imagen repugnante e infernal de la comisaría frente a la imagen idílica del balneario.

Aquellos detenidos eran gente humilde de Puertollano, obreros y trabajadores que luchaban contra la dictadura, eran presos políticos. Todos los detenidos eran llevados allí para ser interrogados sobre sus acciones ilegales. Permanecerían allí como máximo 72 horas, que era lo que estaba establecido en la ley, aunque muchos estarían más tiempo. Si “cantaban”, eran trasladados a la cárcel de Ciudad Real, pero esperaban a que hubiera varios para mandarlos juntos. Si no lo hacían, los soltaban a las 72 horas y a los pocos días los volvían a detener y vuelta a empezar.

Todo el pueblo sabía que en la comisaría golpeaban a los detenidos hasta conseguir lo que buscaban, por eso la condición en la que llegaba un detenido a ella no era de indiferencia y calma, aunque la versión oficial era que sólo iban a hacerle unas preguntas. Sabían perfectamente a lo que se iban a enfrentar. Ellos recuerdan el lugar como lúgubre, siniestro y completamente desagradable, aunque era una comisaría como las de ahora, con sus oficinas y despachos para hacer algo tan normal como el DNI.

En esta comisaría empezaba su calvario. Eran interrogados durante horas y horas para después pasar a sus celdas, donde lo único que podían hacer era esperar, mientras oían los gritos de dolor de sus compañeros, y pensaban cuanto les quedaría para volver a su tortura. Todo esto sucedió día tras día durante más de 30 años en nuestra querida Casa de Baños y, lamentablemente, en todas las comisarías de España.

Ahora, desde la distancia y la seguridad en la que vivimos, sólo queda preguntarnos qué pasó con esas víctimas. Algunos de ellos viven en nuestra ciudad, otros habrán muerto pero, ¿por qué no se habla de ellos?, ¿por qué los jóvenes no conocen la historia completa de la Casa de Baños?. Algunas libros sobre su historia se centran exclusivamente en el honorable edificio, el gran balneario del siglo XIX fundado por Narváez, del que se supone que debemos sentirnos orgullosos, pero, ¿qué pasa con el otro lado, detestable y terrorífico de la Casa de Baños?.

Desde aquí quiero dejar constancia de lo que ocurrió y de que no todo es de color de rosa, ni tan admirable como nos lo intentan mostrar y, así, hacer un humilde homenaje a aquellos que lo sufrieron, para que no queden en el olvido.

Para poder estar orgullosos y presumir de la historia de algo debemos conocerla, y no me refiero a una historia fragmentada y parcial donde sólo aparezca lo más agradable para la sociedad, quedando olvidadas las penurias y dramas de muchos. Parece que ésta, la otra historia, no interesa. Da igual que haya ciudadanos de Puertollano que no puedan pasar por allí porque aún sienten pánico, da igual que piensen que no debería quedar ni una sola piedra de ella porque allí han sido torturados, sólo interesa la imagen más comercial y turística del edificio quedando enterrado su pasado oscuro.

Ahora yo pregunto, ¿hasta qué punto tenemos que sentirnos tan orgullosos del edificio, rememo-rando su época como balneario, teniendo otra tan cruel y miserable?