Edición mensual - Feria 2003 - Firma-Invitada

Atracción - Techo

Eduardo Egido

Nº 131 - Firma-Invitada

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Ninguna otra la mira por encima del hombro. La han bautizado: “El desafío”: una caída en picado desde 52 metros, que se dice pronto. Cuando ví la torre ya compuesta me vino una idea a la cabeza, no me monto ni loco. Lo que cambian las personas según las mires en horizontal o en vertical: ves a alguien a cincuenta y dos metros por la calle y casi puedes darle la mano, casi te llega el olor de la colonia que se haya puesto, pero ¡ah, amigo! la ves desde un punto situado a esa altura y no puedes asegurar que sea hombre o mujer, cristiano o infiel. Es como si dijéramos, una cuestión de perspectiva. Yo creo que ni la iglesia de la Asunción se empina tanto.

La mecánica del artefacto es muy sencilla. Quien acepta el desafío (el desafio, sin acento, si nos hubiera pillado más niños) toma asiento en una silla individual, baja unas abrazaderas que lo fijan por los hombros y la cintura y ya está preparado para ascender meteóricamente hasta el punto más elevado y para descender, acto seguido, en picado. Cada una de las dos operaciones ocupan menos tiempo que el que tarda en persignarse un cura loco. Cuando se desembaraza de las barras de seguridad y pone el pie en tierra, el personal tiene que hacer un esfuerzo ímprobo para forzar una sonrisa que en realidad se queda en mueca.

Lo más gracioso es que hay que pagar para someterse a la tortura y además guardar cola, no menos de veinte minutos en las horas punta. Lo dicho, ni loco me monto yo, ni aún regalado y sin espera. Sin embargo, sabido es que las armas las carga el diablo. Aquella noche mi amigo Quinín y yo nos hicimos los encontradizos, después de espiarlas largo rato, con el grupo de chicas del que forman parte nuestras preferidas. Paseo arriba, paseo abajo por el recinto ferial, ellas haciéndose las interesantes y nosotros armados de bigardía a más no poder. De pronto, una del grupo, a la que nadie había dado vela en ese entierro, yo creo que por despecho, va y dice, a que nos sois capaces de montaros en la torre. Para nuestra desgracia, ninguna sirena de las atracciones, ninguna música estridente tapó el comentario. Antes bien, el bullicio insufrible pareció contener el aliento para que el reto sonase nítido y sin paliativos. Quinín se hizo el loco pero yo, menos curtido en esas lides, o más colado por mi muchacha, recojo el guante y contesto ¿que no?... ¿qué te apuestas? Responden a coro, nuestras favoritas mirándonos maliciosamente, ¡eso, a que no sois capaces! Quinín se excusa, ¡si me lo pagáis!, porque no tengo dinero. A mí no se me ocurre ningún pretexto y para desembarazarme del vértigo que se me ha colocado en la boca del estómago, hago de tripas corazón y sin mediar palabra me voy derechito a la ventanilla de las entradas: aquella chica me gustaba de veras. Yo quería conquistar las dos atracciones más altas en el mismo envite. La una me empujaba a conquistar a la otra y con ésta quizá conquistase a aquélla.

Y aquí estoy, en la cola, rumiando el resentimiento contra la estúpida que lanzó el reto. No se puede ir de esa manera por la vida, poniendo en un compromiso a la gente. Y allí está el grupo, esperando ver la cara que pongo cuando me toque el turno, carcajeándose de antemano. Pienso que ella no se reirá, ojalá que no se ria porque su cara seria, sonriente como mucho, querrá decir tantas cosas. Mientras aguardo, el tiempo anda arrastrando los pies. El nudo que intentaba deshacer mediante una decisión rápida se ha hecho fuerte debajo justo del esternón, ahí se expande y se endurece.

Me siento en la lanzadera. Me aseguro con el arnés fuertemente. El círculo de asientos que rodea a la torre se eleva un par de metros y se detiene; escucho una vibración del aire, como si se comprimiera para alcanzar la presión necesaria para hacer volar el ingenio. El zumbido se incrementa zzzzzz-zuppppp...... la plataforma se dispara al espacio. Instintivamente, cierro los ojos. Cuando los abro estoy arriba, el mundo a mis pies. Una sensación de bienestar me llena hasta los últimos resquicios. De golpe, el descenso: en un segundo ha terminado todo.

Desciendo de la silla y busco con los ojos al grupo. Cuando llego hasta ellos, me observan como diciendo, ¡míralo, qué calladito se lo tenía!, supongo que en pago al atrevimiento. Pero eso me importa menos. Lo que me urge de verdad es leer en la mirada de ella y debéis creerme si os digo que sus ojos brillan más que cualquier otra cosa.