Edición mensual - Feria 2003 - Colaboraciones

Puertollano y La Mancha de Don Quijote

María Luisa Menchón (De la Asociación de Escritores y Artistas españoles)

Nº 131 - Colaboraciones

Imprimir

Como sordos. Sin redobles de tambores y apagados dos ecos de bandas y cornetas tocando silencio en la soledad de María, amaneció el día 20, de Resurrección, con pestañas de lluvia abriendo la mañana enmudecida. Temprano compré la prensa con portadas de procesiones, guerra, fútbol y famoseo; sólo ABC en su Semanal colocaba la última ironía del inolvidable Chumi Chumes. Sin un café que llevarme a la boca al estar cerrados todos los bares del entorno del Paseo San Gregorio. Así es que con la lágrima puesta recogí mis bártulos en el “mochilón” y acera adelante me esperaban mis entrañables amigos Luis García Pérez y su esposa Isabel Rodríguez Sobejano, ambos a dos, profesores de Instituto largo tiempo en esta ciudad, montamos en el coche y emprendimos viaje rumbo a Argamasilla de Alba, con el limpiaparabrisas abanicando la lluvia pertinaz el horizonte, que dejaba ver en sus entresijos, olivos y cepas, alguna cigüeña despistada, y a un lado y otro de la calzada la tierra molturada, que abría surcos rojizos con la besana y a los bordes, como una alfombra persa, policromadas florecillas de primavera.

Día tranquilo, no atravesamos pueblos y tampoco había gasolineras por el camino ni se divisaba en los olivares el añorado géiser de Granátula, con sonido de catarata del revés que se cercenó del paisaje manchego como arrebato de paz perturbada del propietario de los terrenos, cuando aquel fenómeno insólito en la llanura congregó en su entorno miles de curiosos, medios de comunicación y tímidos estudios técnicos de su origen, sin concluir, que quizás hubieran impedido destruir la maravilla del rumor del agua escapando de una cárcel de siglos, como ventoseo indignado.

Seguro que para Don Quijote hubiera sido un encantamiento de Arcalaus o Merlín; que habría trotado con Rocinante para deshacer el hechizo y no permitir que otros malandrines maniataran y amordazaran aquella torres cristalina, mártir. Llegamos a Argamasilla de Alba. Un sol escurridizo iluminaba las fachadas blancas de las calles solariegas, bien alineadas, de esta ciudad, abierta a la cultura, en un lugar de la Mancha, enunciado por doquier “IV Jornadas Cervantinas de Argamasilla de Alba”, amantes del Quijote hasta las cachas. Seguimos hasta la plaza porticada del centro y tras tomarnos un café calentito, entre el calor de la clientela preparándose a las jornadas, rodeados de preciosos carteles anunciando la tradicional romería de la Virgen de Peñarroya, bordeamos el “canaleto”, verde azul, con ramal de agua de Ruidera y Guadiana, quien sabe si de los fosos del Castillo de Peñarroya, entramos en la preciosa iglesia de San Juan Bautista, con bóvedas gótico-románicas, muy parecidas a nuestra iglesia de la Asunción, llena de luz, con el cirio pascual ardido en la fiesta de la Resurrección, y por la puerta del perdón, nos dirigimos por fin a nuestro destino, la famosa Casa de Medrano, que visitamos: la celda donde estuvo detenido Cervantes y escribió en parte, su inmortal Quijote. Allí estaban colgados el yelmo del Mambrino, la lanza y la adarga, amén de mesa, silla y recado de escribir, y no bajé más escalones rumbo a la oscuridad.

Bien, en su teatrito asistimos a la presentación del número 6 de la revista “Aldaba literaria”, con lectura de poemas por sus autores, en homenaje de José Hierro, con acompañamiento musical de Juan José Bujosa al violoncelo. Mi sorpresa fue que en ese acto se iba a hacer entrega del premio del Certamen de Poesía Aldaba, a mi acompañante y colega, Luis García Pérez, que, como todos los grandes hombres, era humilde. Claro que, en su caso, con más de 400 galardones en poesía y prosa, para él, uno más, del que ni siquiera se ha hecho eco ningún medio de comunicación de Puertollano. Con emoción sentida, el autor dio lectura a su poema “Siempre bajo tus caricias”.

Cuando de tarde volvíamos a Puertollano, con los pueblos y ciudades de nuestro entorno vibrando con Cervantes, la Fiesta del Libro y El Quijote, y nuestra ciudad en una mudez, que sólo hacen sonora grupos escolares y algunos osados como Luis García Pérez, llevando sus versos, rompiendo fronteras con sus lanzas, o esta humilde escritora arraigada en la Mancha muchos años, como tocón de olivo y sarmiento, que ha tenido la osadía de escribir el primer apócrifo del mundo de “Aventuras de Don Quijote, niño”, ilustrado otros tres “Quijotes”, que va por ciudades y colegios contando a los niños cuentos y leyendas, presentando por primera vez en el Museo del Quijote de Ciudad Real, se hará en otoño en la Casa de Medrano, Madrid, etc. y que figura ya en seis países; cuando me invitan a “maratones” de lectura del Quijote en Almodóvar, Madrid, Ciudad Real, etc. ¿Qué pasa en Puertollano?. ¿Somos de la Mancha o no?. El único símbolo del Quijote es una hermosa pintura, carcomida, que no se restaura, a espaldas del hogar infantil Virgen de Gracia y una hermosa calle llamada Cervantes.

Bien, los escritores seguiremos en la besana de esta llanura, aunque esta ciudad, enclavada en el Campo de Calatrava y al borde del Valle de Alcudia, nudo entre Andalucía y La Mancha, y entre las cuencas azules del Guadalquivir y el Guadiana, porque es bueno acompañar en la lucha de aquel hidalgo manchego, persiguiendo el ideal de paz, amor y justicia, aunque no tengan el pan y la sal...