Edición mensual - Abril de 2003 - Historia

Cartas desde Toledo

Algunas noticias (más) sobre el Doctor D. Alfonso Limón (XI)

José D. Delgado Bedmar

Nº 129 - Historia

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Conocidas por las “Cartas desde Toledo” de los meses anteriores las circunstancias que rodearon la escritura y posterior publicación del “Espejo cristalino de las aguas de España”, del doctor Limón, convendría tratar las razones por las que este libro ha sido tan valorado desde entonces, al margen, claro es, de que constituya la primera hidrología médica española.

Comenzaremos analizando la extraordinaria base sobre la que Alfonso Limón asienta la estructura interna de su obra. Así, la amplia cultura humanista de nuestro doctor se refleja en la lista de “Autores que ilustran esta obra”, que superan los doscientos, sin contar los libros sagrados y las mitologías clásicas que cita, y en la que recoge a gramáticos, poetas, historiadores, naturalistas, filósofos, teólogos y, como no podía ser menos, médicos.

La relación es producto de su formación académica y profesional, y de la altura intelectual de sus argumentos. Comienza Limón poniendo de relieve su profunda religiosidad y la base teológica que atribuye al conocimiento humano, pero tratando las muchas supersticiones que hay en torno al agua como creencias paganas ances-trales y refutando las vanas opiniones del vulgo buscando explicaciones lógicas. Así, las leyendas religiosas que hay sobre las aguas de determinadas fuentes son comentadas concediendo a las mismas un valor meramente espiritual, que no debe confundirse con el estrictamente físico. Por el contrario, nuestro doctor concede a la geografía del lugar donde nacen o discurren las aguas un valor primordial y, de este modo, la situación topográfica, los montes, los ríos, la orientación, los vientos, la estructura del terreno, la flora y la fauna, etc. son siempre motivo de estudio en cuantas fuentes dice conocer directamente, recabando los informes pertinentes en las que reconoce no haber podido visitar en persona.

No debemos olvidar que en esos inicios del último cuarto del siglo XVII en que está escrito el libro, la enseñanza de la Medicina aún estaba basada en lo aportado por Hipócrates, Galeno y Avicena. Sin embargo, la formación científica de nuestro doctor reflejada en el libro se nos aparece fundada en dos principios: el razonamiento y la experimentación, y ésta, siempre que sea posible, de un modo directo. Así, en su estudio de la composición de las aguas las ordena en siete clases: azufradas, salitrosas, aluminosas, saladas, ferruginosas, betunosas y bituminosas y aquellas que pasan por minas de cobre, destacando el científico consejo de que, para poder apreciar mejor sus características, se ha de procurar beber las aguas en el sitio donde se producen, porque varían sus condiciones al trasladarlas de lugar.

Por estos métodos analíticos Limón Montero examinó directamente diecinueve manantiales curativos y el agua de cincuenta y nueve fuentes, contando para el resto con la ayuda de una decena de médicos y otros colaboradores, que fueron los que le aportaron noticias de las que él no había podido examinar en persona. Consideramos que es interesante anotar que muy numerosos debieron ser los discípulos del doctor Limón que siguieron al pie de la letra sus enseñanzas, porque según nos refiere en su obra, muchos de sus informantes pasaron por las aulas de Alcalá.

Muy reseñable igualmente es que las fuentes y manantiales que dice haber estudiado en persona están en los más distantes lugares de España y Portugal, lo que nos habla de muchos años de estudio y de un afán por conocer en profundidad la materia de la que trata, lo que hay que situar en abierta contradicción con sus obligaciones como médico de Paracuellos del Jarama, primero, y de profesor de Alcalá, más tarde. Y aquí viene un dato importante: el doctor Limón reconoce que el libro le ha supuesto trabajo “por más de cinco años”. Hay que resaltar, eso sí, que las más numerosas de las estudiadas personalmente son las de la provincia de Madrid, que son las que disponen además de los estudios más completos. De las fuentes que había en las calles de la capital, en concreto, nos habla de las de la calle de Santa Isabel, Ave María, Puerta del Sol, Puerta Cerrada, plazuela de Santo Domingo, la Fuente Castellana, la Fuente de Húmera, la de Broñigal, la milagrosa de San Isidro y la de la plaza de las Capuchinas.

El índice del libro responde plenamente a los principios didácticos que el doctor Limón se propuso desarrollar en su obra y que son explicados con pormenor en el prólogo que dejó escrito, que constituye un perfecto resumen de sus intenciones.

Así, tenemos que para Limón Montero la enseñanza de dónde se encuentran las fuentes curativas de España es una labor que, además de docente, es altamente patriótica. Esta enseñanza ha de ser objetiva y clínica, apelando a todos los medios posibles de análisis y de investigación, directa siempre que le es posible, y apelando a informes de médicos experimentados cuando no. Igualmente, ha de ser una enseñanza didáctica, algo que se ve en la ordenada distribución de las materias, en el detallado índice de “cosas más notables que contiene”, y hasta tipográfica-mente, algo que cabe atribuir a la magnífica labor del editor, en las notas que aparecen en los márgenes.

Para el doctor Limón, la hidrología es una disciplina que ha de ser enseñada porque es una terapéutica eficaz, suave y grata al enfermo, por estar comprobada por la experiencia y por “ser de gran provecho para la cura de las más rebeldes enfermedades que afligen al hombre”. Por ello, su pretensión es estimular a los médicos a trabajar para el conocimiento de la hidrología, explicando así que los escritores que trataron de las cosas de España hayan dicho muy poco de las aguas minerales: “No es este asunto para historiadores; aunque sean noticiosos y de gran juicio, requiere especial cuidado y pertenece a determinada facultad, esta es la Medicina, fundada en sólida filosofía y acompañada de una meditación profunda y un estudio muy perseverante y continuado para no sólo escribir lo que se conoce de dichas aguas, sino delatar las grandes dificultades que en esta materia a cada paso se tropiezan”.

Por último, y creemos que este es un aspecto trascendental para que el libro haya podido tener tan extraordinaria repercusión posterior, hemos de resaltar algo tan elemental como que la obra está escrita con una gran claridad y en castellano. El doctor Limón lo explica así: “Toda esta doctrina damos escrita en nuestro idioma vulgar castellano, sin que por esta causa hayamos de padecer censura de algunos, que no quieren que se publiquen virtudes ni medicinas en romance; porque juzgan que pierde en estimación lo que se hace tan común, que todos lo entiendan, de cuya opinión, aunque no la juzgo por digna de aplaudirse, sino con mucha limitación y cerca de algunas cosas especiales, que para usarse debidamente se necesita además doctrina que tienen los vulgares, y por esta causa no se les debe comunicar a todos para evitar errores, sin embargo el argumento de que tratamos en este nuestro libro es tal, que se debe dar en lengua vulgar, (...) porque la materia que aquí se trata es universal y tal que toca a todos, y así es bien que se haga a todos manifiesta. (...) El estilo es llano, sin afectación retórica, porque sólo he cuidado de decir la verdad sin afeites ni aliño cuidadoso, haciendo de esto poco o ningún aprecio, pues más vale la verdad desnuda y sin retórico artificio que la mentira vestida del más retórico estilo”.

Afortunadamente, nuestro Doctor no siguió en esta ocasión (en su primera obra sí lo hizo) la costumbre de redactar en latín los libros de medicina. Gracias a esta excepción hemos podido conocer las múltiples noticias que da en su obra sobre Puertollano, su localidad natal, y que serán objeto de análisis en nuestra “Carta desde Toledo” del mes próximo. Hasta entonces.