Edición mensual - Abril de 2003 - Historia

Érase una vez...

Miguel F. Gómez Vozmediano

Nº 129 - Historia

Imprimir

Hace quinientos años... 22 de abril de 1503.- Matanza de depredadores en Puertollano. De madrugada se organiza una batida de caza de lobos, zorros, comadrejas, tejones y ¡osos! en la Sierra de Puertollano, limitando con los actuales términos municipales de Hinojosas de Calatrava y Cabezarrubias del Puerto, sus antiguas aldeas. Más de un centenar de personas, en su inmensa mayoría campesinos y pastores de dichos lugares, acuden con perros alanos y galgos de su propiedad para participar en esta montería que tiene las bendiciones del párroco local y el permiso de los ediles del ayuntamiento. Se distribuyen los cazadores por la sierra y recorren los lugares donde había sido avistados manadas de zorras o lobos. Después de más de nueve horas de perseguir a tales “alimañas”, como se calificaban en la época, se reúnen en el Puerto del Roble para dar cuenta de sus presas: 121 lobos (incluidas algunas camadas de cachorros vivos), 53 zorros, 2 tejones y 14 comadrejas; por fortuna, ningún oso cayó en esta auténtica masacre cinegética. De las piezas cobradas muertas sólo se aportan sus orejas y/o su piel, para justificar la recompensa que pagaba al ayuntamiento a quien había acabado con su vida. Los lobeznos vivos muy probablemente eran mantenidos sanos y salvos mientras pudieran pasearlos por cortijos y aldeas, con el objetivo último que las gentes del campo les regalasen algunas monedas u objetos (un cuchillo, unos huevos de gallina, algún conejo, tal vez una perdiz) que recompensaran sus desvelos para el bien común.

Aparte del exterminio sistemático de depredadores en los campos y montes españoles, las autoridades o, incluso, los grandes ganaderos subvencionaban cacerías multitudinarias a las que acudían lugareños y forasteros para ganarse algo de dinero y comer a costa de bolsillos ajenos. Además, se consideraba que lobos y zorras atacaban a los rebaños o asaltaban los corrales, en tanto que los osos colmeneros descorchaban los panales, mientras que comadrejas y tejones se comían los huevos o las crías de perdices y tórtolas, diezmando la caza. No en vano tales animales ya eran estigmatizados en los cuentos populares, calificados de sanguinarios, taimados, traidores y ladrones.

Hace cuatrocientos años... 28 de abril de 1553.- Problemas por una escuela de catequesis en Almagro, a la que acudirían durante muchos años diversos alumnos oriundos de Aldea del Rey, Calzada de Calatrava y hasta de Argamasilla de Calatrava.

El almagreño Juan Tello, alcaide encargado de las Casas Maestrales, junto a la plaza mayor, informa a la Corte que, en un extremo del patio grande de dicho edificio, lindando con la iglesia de San Bartolomé, las aguas de lluvia habían hecho un portillo grande por donde entraban y salían quien quería “como si fuese plaza pública”, escandalizando al pueblo con sus picardías e impertinencias. Además, ahora, una hija del difunto Marcos de Madrid, llamada Dominga Francisca, había comprado unas casas a las espaldas de las citadas Casas Maestrales, para leer y enseñar la doctrina cristiana a los niños, juntándose y concurriendo a estas clases un gran numero de muchachos grandes y pequeños, quienes arrojaban al patio de los Palacios tanta porquería que “lo tienen por corral de inmundicias de donde el mal olor no se puede sufrir y a pedradas maltratan los tejados de las casas e iglesia de San Benito de manera que el daño es intolerable”.

En la época la enseñanza fuera de casa es exclusiva de algunos de los niños más favorecidos; mientras que las niñas debían conformarse con aprender a bordar o hacer bolillos, sin olvidar las pesadas tareas domésticas (lavar al río, hacer acopio de agua a la fuente, acarrear leña para la chimenea, etc., etc.). En las escuelas, todas privadas, de primeras letras se enseñaba a los chicos a leer y escribir, las reglas aritméticas más básicas (suma, resta, división y multiplicación) y, sobre todo, doctrina católica. No por casualidad entre los pocos “best sellers” de la época se hallan los catecismos; hasta 200 distintos se imprimen en España e Iberoamérica en el siglo XVI, con miles de ejemplares de tirada.

Hace cuatrocientos cincuenta años... 17 de abril de 1553.- En Madrid, el concejo de Villamayor de Calatrava hece las gestiones burocráticas pertinentes para confirmar unas ordenanzas gremiales para la confecciñon de paños de lanos “a causa de meterse de fuera parte hilazas para hilar y tejer y cardar y de tomar las hilanderas muchos encargos de vecinos de la dicha villa para hilar juntos y traer lana de fuera a labrar [tejer] a ella”.

En la segunda mitad del siglo XVI se registra un auténtico “boom” de los trabajos textiles en la comarca de Puertollano. Desde Almadén a Daimiel, pasando por pueblos como Puertollano, Argamasilla, Almodóvar del Campo o Calzada proliferan los telares domésticos que producen tejidos de lana churra o merina destinados al mercado interno e incluso para exportar a Andalucía o al Reino de Toledo. De este modo, buena parte de lo confeccionado por estos lares termina siendo negociado por los mercaderes ciudarrealeños, terminándose sus paños en los talleres urbanos. Muchos encargos se cerraron con compañías mercantiles con intereses en las grandes ferias castellanas de ambas Medinas y Villalón o la extremeña de Guadalupe, siendo parte importante de este negocio a gran escala los mercaderes granadinos, toledanos y los grandes intermediarios de Úbeda o Baeza.

El Campo de Calatrava estaba en la mejor de las disposiciones para acoger una moderada actividad textil artesana: tenía las materias primas esenciales y una abundante mano de obra excedentaria. A grandes rasgos, tales suministros se cifran en lanas de calidad (vellones merinos), tintes adecuados (bien mordientes como el alumbre o la greda; bien colorantes vegetales como la rubia y la gualda, la cendra, el torvisco y el zumaque o minerales como el ferrete, el solimán y el bermellón), así como madera y plomo para el utillaje empleado (desde la rueca y el telar al propio batán), en su mayoría próximos a sus talleres rurales. El abastecimiento de lana merina no representaba problema alguno, ya que los ganados serranos pastaban durante todo el invierno en el Valle de Alcudia, siendo esquilados en primavera. Además, buena parte de las haciendas privadas y comunales giraban alrededor de la explotación pecuaria, abundando los hatos ovinos estantes, es decir que no trashumaban a otros puntos del país en busca de hierbas o pastos.

Hace doscientos cincuenta años... 2 de abril de 1753.- En Brazatortas llueven sapos. Coincidiendo con un fuerte aguacero primaveral, se registra en esta querida localidad del Valle de Alcudia el curioso fenómeno de una plaga de batracios que invaden huertas, eras y calles. A buen seguro se trata de ranas que permanecían enterradas en el lecho cenagoso de arroyuelos o charcas y que tras una fuerte tormenta salen de su escondrijo invernal. En todo caso, el curioso acontecimiento merece unas líneas por parte de un edil de esta población, dejándonos constancia del asombro general ante un fenómeno tan inusual.

¡Cuidado, alérgicos! El polen acecha detrás de cada bocanada de aire fresco primaveral.