Desde hace unos días hay un rincón en la planta baja del Museo Cristina García Rodero de Puertollano donde el tiempo no solo se detiene, sino que se desmonta, se limpia con gasolina y se vuelve a montar con una precisión que ríete tú de la NASA. Olviden el smartwatch que les avisa hasta de cuándo tienen que pestañear; lo que se lleva ahora es el engranaje puro, el muelle rebelde y el "tic-tac" que suena a gloria bendita. La exposición “Restaurando el Tiempo” ha aterrizado en la ciudad minera de la mano de Santos Aparicio y la Asociación para la Defensa de la Relojería Mecánica. Y ojo, que el nombre de la asociación suena a cuerpo de élite de la Guardia Civil, pero su misión es mucho más pacífica (aunque igual de meticulosa): salvar del desguace y del olvido a esas joyas mecánicas que nuestros abuelos cuidaban más que a sus propios hijos.
Engranajes y mucha paciencia
Entrar en la muestra es como meterse en las tripas de un Big Ben en miniatura. Santos Aparicio, ese hombre que probablemente ve el mundo en formato 4:3 y con una lupa pegada al ojo, nos ofrece un festín de piezas que son auténticas obras de ingeniería nada más y nada menos que una colección de relojes de bolsillo y de péndulo desde el siglo XV hasta 1959, incluido el antiguo reloj de la iglesia de la Asunción. Aquí no hay algoritmos ni pantallas táctiles; hay física, grasa y mucha, muchísima paciencia. "Un reloj mecánico es como un tamagotchi de metal: si no le das cuerda y no le mimas el escape, se muere de tristeza", bromeaba uno de los asistentes mientras intentaba comprender cómo caben 400 piezas en el tamaño de una moneda de dos euros.
La resistencia contra el 'usar y tirar'
La exposición no es solo una vitrina de objetos bonitos. Es una declaración de guerra —con mucha clase, eso sí— al postureo digital. La Asociación para la Defensa de la Relojería Mecánica de Puertollano se erige como el último bastión contra la obsolescencia programada. Mientras tu teléfono móvil pedirá la jubilación en dos años, los relojes que custodia Santos están listos para dar las campanadas en el siglo XXII si hace falta.
Entre péndulos que oscilan con una calma envidiable y cronómetros que miden la vida con una elegancia de otra época, el visitante se da cuenta de que restaurar no es solo arreglar. Es rescatar historias, es devolverle el pulso a un objeto que fue testigo de bodas, guerras y alguna que otra siesta interminable.
¿Por qué deberías ir?
Si crees que el tiempo es solo ese número que brilla en tu microondas, necesitas pasarte por aquí. Es una oportunidad única para ver de cerca el arte de la micro-mecánica y, de paso, preguntarle a Santos si tiene algún truco para que los lunes no duren, técnicamente, 48 horas.
En definitiva, “Restaurando el Tiempo” es una oda a lo lento, a lo bien hecho y al patrimonio industrial que hace que Puertollano, además de carbón y energía, tenga un corazón mecánico que late con una precisión envidiable.
Fotos: Alejandro López de Las Heras