Capítulo IV: Intrigas del siglo XIX en la Fuente Agria de Puertollano, el desastre de la Casa de Baños
Un brillante texto de Julián Gómez
A las puertas del siglo XIX, las aguas acídulo-ferrugonisas de la Fuente Agria se habían convertido en el auténtico cordón umbilical de Puertollano. Prácticamente la totalidad de sus habitantes se servían de ellas como bebida ordinaria y para casi todos los usos de la vida, encontrando grandes virtudes y un alivio incuestionable en su consumo. El agua agria era el elemento indispensable con el que se amasaba el pan en las tahonas locales y con el que se cocían las carnes en los fogones, a las que dotaba de un punto especial. Solo existía una línea roja en el ámbito doméstico: era absolutamente imposible utilizarla para el lavado de la ropa. La altísima concentración de hierro que contenía el líquido arruinaba los tejidos al instante, tiñéndolos de un color óxido imborrable.
La Real Orden de 1831: Hecha la ley, hecha la trampa
Aprofechando la profunda inestabilidad política y la confusión institucional que caracterizaron las primeras etapas constitucionales de España y los estertores del reinado de Fernando VII, la influyente y persistente familia Delgado, la misma que en el capítulo anterior redujo considerablemente el caudal de la fuente con su noria, volvió a la carga. Desafiando las viejas e inapelables sentencias dictadas en el siglo anterior por el Consejo de Castilla, reabrieron la controvertida noria de su huerta privada. El Ayuntamiento intentó frenar el desvío mandando taponar el fondo de las excavaciones con gruesas estacas e hincones de madera, pero la presión del agua subterránea era tan tenaz que las filtraciones hacia la propiedad privada continuaron brotando de forma inevitable.
En 1829, la Real Junta Superior Gubernativa de Medicina y Cirugía elevó una enérgica queja ante la Corona, denunciando la alarmante escasez de agua en la Fuente Agria debido a estas maniobras. Pero los Delgado volvieron a demostrar su inmenso poder de influencia. En lugar de ser sancionados por el desvío ilegal de un bien público, lograron que se emitiera una Real Orden el 31 de enero de 1831 que legitimaba sus actos. La Corona dispuso que, ante la falta de recursos públicos, se sacaran a pública subasta los baños privados que Don Venancio Delgado ya había edificado en su huerta, vendiéndose a censo perpetuo a favor del pueblo, pero obligando al municipio a llegar a un pacto con el terrateniente para formar un establecimiento útil. El único requisito era que Delgado garantizase el surtido suficiente de agua para la bebida de los vecinos. Las viejas y severas prohibiciones del Supremo de Castilla habían sido definitivamente sepultadas por los hechos consumados.
El desastre arquitectónico: Cimientos sobre el nacimiento
La situación del acuífero no hizo más que agravarse con los años, especialmente debido a las obras de defensa militar (parapetos y trincheras) construidas en el prado de la fuente durante la primera guerra civil carlista, las cuales obstruyeron las cañerías periféricas y allanaron los terraplenes que contenían las avenidas de agua llovediza desde la ermita de la Virgen de Gracia, provocando que las aguas de lluvia se encharcaran e infiltraran en el manantial, dejándolo insípido y desprovisto de virtudes terapéuticas durante largas temporadas.
Para atajar el problema y centralizar el servicio, la Diputación Provincial adquirió finalmente la huerta de los Delgado entre 1849 y 1850 por la elevada suma de 30.000 reales, dando luz verde al proyecto de un gran balneario moderno. Fue en ese preciso instante cuando se cometió el mayor y más desastroso error técnico de la historia del manantial. Los encargados de la obra decidieron levantar la actual Casa de Baños —una mole de arenisca carbonífera de un gusto estético calificado por Sánchez y Massiá como «detestable» y que en pocos años amenazaba ruina— justo encima del pozo donde nacía el manantial de los baños.
Para poder cimentar el balneario, los operarios desmontaron el viejo pozo y cometieron la imprudencia de arrancar del fondo unas gruesas estacas e hincones de madera. Aquellas estacas, colocadas siglos atrás por manos expertas, constituían un sabio pilotaje tradicional que mantenía las aguas confinadas y herméticamente sujetas bajo una fuerte presión hidrostática. Al retirar los hincones protectores, la fuente comenzó a disminuir su caudal a ojos vistas en mitad de las obras. Presos del pánico, los constructores terminaron los cimientos de la piscina a toda prisa y con una alarmante falta de solidez, dejando el agua extraviada para siempre en un trayecto subterráneo donde no hallaba resistencia.
El día que Puertollano se quedó sin Fuente Agria
Desde su inauguración en 1852, el balneario se convirtió en un pozo sin fondo de problemas y reparaciones anuales. Las filtraciones de la piscina general y de los baños particulares eran constantes debido a la desunión de los sillares de arenisca y al empleo de una argamasa deficiente que no era hidráulica. El líquido se escapaba por los pasillos y galerías de cañerías, obligando a remendar las juntas año tras año.
El momento de máxima tensión social aconteció en abril de 1858. Ante la imposibilidad de administrar los baños por culpa de las filtraciones, la Diputación autorizó al maestro de obras Manuel Gómez a intervenir en el recinto. Gómez, buscando el origen de las pérdidas, se permitió el lujo de profundizar catorce pies el pozo del nacimiento sin llegar a encontrar un suelo firme. Las consecuencias en el exterior fueron inmediatas y aterradoras para la población: la Fuente Agria de San Gregorio se quedó completamente seca en la superficie. El pánico y la indignación se apoderaron de los puertollanenses, y los operarios se vieron obligados a tapar y rellenar la excavación deprisa y corriendo para evitar que estallara un auténtico alboroto o motín en el pueblo.
A pesar de los sucesivos parches, los arquitectos provinciales tuvieron que reconocer en sus informes oficiales de 1871 y 1879 que la paulatina disminución del caudal de la fuente y de los baños previene de "la mala fundación y recogido de las aguas", advirtiendo que buscar los escapes definitivos en el fondo del pozo del Baño General era una empresa tan costosa como peligrosa.
Quinto y último capítulo
En breve os ofreceré el quinto y último capítulo basado en la Memoria de las aguas acidulo-ferruginosas Fuente Agria escrita por el ingeniero Juan Sánchez y Massiá en el año 1855. Un capítulo donde el ingeniero describe un panorama desolador para la fuente tras bajar su caudal de 32 litros a solo 6 obligándonos a una profunda reflexión sobre el patrimonio hídrico de la comarca.
Por otra parte, y como viene siendo habitual, incluyo como imágenes las siguientes páginas de la memoria para que quien lo desee pueda ampliar la información.