Capítulo III: La gran guerra del agua agria y el pleito por la noria de la Casa de Baños en el año 1753 en Puertollano

Un brillante texto de Julián Gómez

A mediados del siglo XVIII, la Fuente Agria de Puertollano dejó de ser un pacífico punto de encuentro vecinal para transformarse en el epicentro de un monumental conflicto de intereses, desatando una auténtica batalla legal y de ingeniería que escaló hasta convertirse en un asunto de Estado. El frágil equilibrio hidrológico de la villa saltó por los aires, desencadenando un litigio judicial de tal envergadura que requirió la intervención directa, el análisis riguroso y el dictamen vinculante de los señores del Real y Supremo Consejo de Castilla. Lo que comenzó como una aparente y legítima obra de mejora agrícola en una parcela particular terminó destapando una compleja y audaz trama de desvío y apropiación de aguas subterráneas medicinales.

El 'robo' del venero mineral y la decadencia de la fuente

Todo comenzó en el mes de octubre de 1753. Don Pedro Delgado y Carrillo, un hombre poderoso, acaudalado y poseedor de una inmensa influencia política en el Puertollano de la época, mandó abrir un pozo-noria en una huerta de su propiedad. El emplazamiento de la excavación no fue en absoluto casual: se situaba a la estratégica y cortísima distancia de tan solo 38 varas de la Fuente Agria (31,76 metros), justo en el flanco comprendido entre el Levante y el Sur o en lo que hoy serían los terrenos que ocupa la actual Casa de Baños.

El impacto de esta obra en el acuífero común fue fulminante y devastador. De la noche a la mañana, el célebre manantial de la fuente pública vio mermada su abundancia de forma drástica, dejando al pueblo desabastecido y despojando por completo a la Comunidad de Franciscanos del copioso sobrante con el que, de forma inmemorial, regaban y daban vida a la huerta de su convento.

Por si fuera poco, el escaso hilo de agua que lograba brotar en la Fuente Agria sufrió una degradación alarmante: perdió su vivacidad cristalina, se tiñó de una "perjudicial turbulencia" y vio mermada su característica acritud y virtud mineral. Los enfermos que acudían a tomarla ya no experimentaban los favores terapéuticos de antaño. Sin embargo, mientras el vecindario sufría la escasez y el agua de la fuente pública apestaba a lodo, la noria privada de Delgado mostraba un caudal abundantísimo, exhibiendo una lozanía y fertilidad agraria sin precedentes en toda la comarca.

El peritaje forense de Don Francisco Felipe Camps

Ante el clamor popular, la desesperación de los franciscanos y las denuncias de las autoridades locales, el Supremo Consejo de Castilla envió a la villa a un perito de máxima reputación y solvencia técnica: Don Francisco Felipe Camps, Profesor de Arquitectura Civil y Militar y segundo Maestro Mayor de las Reales Minas de Almadén. Camps aplicó un riguroso criterio de ingeniería forense minera al subsuelo de Puertollano.

El 6 de noviembre de 1754, tras ejecutar complejas maniobras de desagüe, calas y observaciones cruzadas, Camps firmó un informe técnico magistral. Para hallar la prueba irrebatible del desvío, el ingeniero ordenó limpiar y vaciar por completo el pozo-noria moderno de Delgado, que medía 10 varas de profundidad (8,36 metros) y unas 4 varas y media de ancho (3,76 metros).

Al descender al fondo del pozo, justo en la mitad de la pared que miraba entre el Norte y el Poniente (a escasos dos pies castellanos, 0,55727 metros, del suelo de la noria), Camps descubrió la herida exacta infligida al acuífero: los operarios de Delgado habían interceptado y cortado limpiamente el principal venero vírgen de aguas agrias de Puertollano. El ingeniero describió con precisión un "pelo" o rendija de dos dedos de ancho por una cuarta de largo que corría entre dos pizarras. Por aquella fisura, el agua mineral salía con una fuerza descomunal, demostrando que provenía de niveles mucho más elevados.

Camps demostró científicamente que, al ofrecerle al venero una abertura más amplia y baja, situada exactamente al nivel del suelo de la fuente, las leyes de la presión hidrostática hacían que las aguas agrias se desviaran de forma natural hacia la noria de Delgado. El pozo privado estaba "llamando" y absorbiendo las corrientes destinadas a la fuente pública.

Pero el entramado oculto en la huerta era aún más profundo. Camps descubrió también un segundo "pocillo" de aguas agrias revestido de albañilería, construido unos setenta años atrás y sepultado maliciosamente bajo guijarros sueltos. Al limpiarlo, constató que Delgado había mandado excavar desde allí una mina o galería subterránea, una vara y media por debajo de otra antigua e inútil. Esta galería subterránea lograba conducir de forma clandestina un copioso caudal equivalente a dos pulgadas de diámetro de agua agria directo hacia su noria antigua. Camps determinó de manera inapelable que este doble sistema de captación ilegal provocaba el desvío absoluto del agua pública, y que la agitación continua de la noria enturbiaba el acuífero, dotando a la Fuente Agria de su desagradable gusto a cieno.

Sentencia real, desacato y picaresca subterránea

Basándose en las contundentes pruebas de la ingeniería minera, el Supremo Consejo de Castilla falló a favor del pueblo, dictaminando que se debían cegar, terraplenar y clausurar de manera firme las norias y minas de la huerta para restituir el agua a su legítimo nacimiento público. Tras el fallecimiento de Don Pedro Delgado y Carrillo, su hijo y heredero del mismo nombre, Don Pedro Delgado y Heredia, se vio obligado a allanarse a la justicia y a dejar la huerta conforme estaba antes de las excavaciones. Las obras de restitución quedaron a cargo del maestro Juan Alejandro Núñez.

Sin embargo, hecha la ley, hecha la trampa. El 1 de febrero de 1772, casi dos décadas después del histórico informe, el Guardián y el Procurador del Convento de San Francisco tuvieron que acudir de nuevo en tromba ante la Justicia para denunciar un escandaloso fraude. Los monjes descubrieron que la familia Delgado jamás había cumplido con la firmeza exigida por S.M. y el Supremo Consejo.

En lugar de cegar los pozos de manera definitiva, los Delgado habían realizado una mera simulación, una "apariencia" de terraplén rellenando la noria y el pocillo únicamente con canto seco suelto. Esta argucia permitía que el potente caudal agrio se siguiera filtrando y acumulando de manera invisible en el subsuelo de la huerta. Desde allí, mediante un desagüe oculto, conducían de forma subterránea toda el agua confiscada hacia una tercera noria adyacente que mantenían con el "andaraje corriente" y a pleno rendimiento. En la práctica, los Delgado no habían devuelto una sola gota del caudal robado; simplemente habían mudado virtualmente el punto de extracción para seguir explotando el tesoro hídrico de Puertollano a espaldas de la ley y de espaldas a su pueblo.

En breve os ofreceré el capítulo IV basado en la Memoria de las aguas acidulo-ferruginosas Fuente Agria escrita por el ingeniero Juan Sánchez y Massiá en el año 1855.