¿Alguien ve los agujeritos en Puertollano?

Un texto de Julián Gómez

Hubo un tiempo, allá por los albores del siglo XXI, en el que Puertollano quiso vestirse de modernidad vanguardista. Nos instalaron en el suelo del centro comercial un reguero de focos led que aspiraba a convertir nuestros paseos en una pasarela cibernética. Ya no recuerdo bien si brillaban en violeta, en rojo o en azul, o si mutaban de color según pasaban los minutos o tal vez los segundos. Era, reconozcámoslo, no solo un detalle agradable y decorativo sino también una pincelada de futuro peatonal, por llamarle de alguna manera original. Pero pronto, muy pronto, el invento luminoso empezó a deslabazarse porque topó con la falta de mantenimiento, ese gran enemigo de los proyectos municipales. Un día se apagó uno, al mes siguiente otro, y poco a poco fuimos asistiendo al paulatino desvanecimiento de nuestra Vía Láctea urbana. Nadie cambió una bombilla, nadie se preguntó qué cable se había pelado. El apagón total era cuestión de tiempo.

De la vanguardia al vertedero de bolsillo

Sin embargo, lo peor no es la oscuridad, sino la metamorfosis. Con los años, los focos no solo perdieron la luz; perdieron también su razón de ser y, lo que es más peligroso, su tapa transparente. Hoy, aquellas luminarias de última generación se han reconvertido, por obra y gracia de la desidia, en meros agujeros en el suelo. Así, caminar por las calles Calzada y Puerto, o cruzar el Plazolete Patón, es una experiencia arqueológica. Uno puede entretenerse buscando estos huecos impertérritos y desvencijados. Los hay solitarios, los hay formando misteriosos triángulos y los hay alineados de cinco en cinco, como un ábaco de hormigón. Curioso diseño, por cierto: se ve que el presupuesto de la época no dio para instalar estos mismos focos led en otros lugares del centro comercial, aparte de las que ya he mencionado, y nos dejó la modernidad a medias.

Pero el ingenio ciudadano no tiene límites. Al perder su función original, estos "hoyos" han encontrado una segunda vida sumamente práctica: se han transformado en improvisadas papeleras para colillas y envoltorios, o en sutiles trampas para que los peatones menos atentos ensayen un tropiezo. Todo un logro del urbanismo multifuncional.

Un silencio muy iluminado e invisibilidad

Lo verdaderamente asombroso de este invento es su inmutabilidad. Los focos rotos llevan años ahí, mimetizados con el pavimento, pero extrañamente invisibles para quienes deberían verlos. No han llamado la atención del actual equipo de gobierno municipal —que bien podría decidir si se reparan y recuperan, o si se tapan de una vez por todas—, pero tampoco han despertado la curiosidad de la oposición, cuya labor de fiscalización parece no descender al nivel del suelo.

Sé perfectamente que este es un tema menor. Que no sufriremos una crisis existencial ni el municipio va a quebrar por una serie de agujeros huérfanos de led. Hay problemas más graves, por supuesto, soy consciente de ello y ya me gustaría a mí que todos los problemas de Puertollano fuesen como este. Pero es que este municipio está hecho, precisamente, de una acumulación de temas menores que se van dejando para mañana. Y no, no se trata de una denuncia de vida o muerte, ni pretendo que se declare la alerta roja municipal. Es, simplemente, un recordatorio constructivo para la próxima actualización de tareas urbanas: la modernidad no consistía solo en encender las luces para la foto de la inauguración, sino en tener la constancia de cambiar las bombillas cuando se apagan. De lo contrario, lo que iba a ser un faro de progreso se queda en lo que tenemos hoy: un catálogo de baches decorativos ¿Por cuánto tiempo?

Se admiten apuestas.