Puertollano, dos epidemias y un destino
En Puertollano tenemos una asociada a la peste negra conocida coloquialmente como “El Voto”, consiste en una comida popular que recuerda la devastación demográfica en la entonces aldea medieval, allá en el siglo XIV.
Por lo que no es de extrañar, en estos nuevos tiempos pandémicos, que al escuchar hablar sobre el Covid-19 y su alta mortalidad, el imaginario popular puertollanero recupere el relato de los ‘trece’ vecinos que sobrevivieron hace seiscientos años.
Antes de entrar en materia dejar claro que, a pesar del esfuerzo investigador, realmente es difícil saber cuántos murieron y quedaron en un tiempo tan lejano como poco documentado. Por lo que me gustaría avisarles de que esto lo escribe un sociólogo, y sin ánimo de confundir al lector les advierto, dado los paralelismos que narraré entre pasado y presente, que no tienen nada que ver ni los medios humanos, ni materiales, ni el contexto social político, ideológico y religioso.
De hecho, sabemos que el trece es un número especial para la liturgia católica, relacionado con los invitados a la y, también, que la transmisión oral en los púlpitos de aquella y cualquier época, magnifican los hechos de la misma forma que hoy lo hace una serie de ficción, un programa de telebasura o un tabloide desdichado por conseguir más clics.
Los investigadores sí aciertan a describir que el Puertollano de la peste, en la baja Edad Media, era una simple encomienda ni siquiera villa, donde la psicosis colectiva ante la extraña muerte de sus labriegos, reforzó los lazos comunitarios contra la adversidad y decidieron sacrificar ‘trece’ vacas en forma de ofrenda tribal conmemorando su salvación en honor a su matrona, convirtiendo desde antaño este hecho en compromiso ineludible entre generaciones.
Ahora sabemos que la peste y sus efectos sacudieron la historia y pusieron fin a la Edad Media, dando paso a las transformaciones del mundo moderno que generó una revolución en el pensamiento, la religión y la ciencia, abriendo una fase de renacimiento para Europa.
Una revolución de la que todavía nada sabían los hombres y mujeres que se localizaban en uno de los pasos de ganado hacia los pastos del . Quienes no pensaban más allá de la supervivencia en un entorno rural empobrecido con base agrícola y economía de autoabastecimiento; ofreciendo sus tierras a cambio de protección militar a las ordenes religiosas, lo que les covertía en siervos dependientes bajo el dominio del pecado, del hambre y, finalmente de la enfermedad, que afectó mortalmente a sus cuerpos debilitados.
Nuestros conflictos en el actual son otros. Hace mucho que abandonamos el campo para vivir, primero de la minería y luego de la industria, en una ciudad prospera y rebosante de gente; más preocupados por los rigores del mercado laboral que por pensar en temores divinos.
Vecinos y vecinas desconocemos, desde el presente, las consecuencias de esta epidemia en futuro y por ello relativizamos. Dejando atrás la lógica de la supervivencia y pensando en lo que de verdad importa: si podremos volver pronto a trabajar y compartir espacios con compañeros y compañeras; si podremos levantar la verja de nuestro pequeño negocio o cuándo llegará el día que volvamos a abrazar con fuerza y cariño a nuestros seres queridos.
Como sociedad la naturaleza, el destino o el azar, ha vuelto a sorprendernos de forma inevitable y lo ha hecho siguiendo idéntico patrón y origen. El primer azote del Covid-19 fue en la ciudad de Wuham, curiosamente la peste también tuvo su origen en China en la región de Yunnan, como epicentro epidémico este país, de tradición milenaria, que presenta la mayor densidad de población del planeta y es destino de importantes rutas comerciales, ayer y hoy.
En época de las ciudades-estado italianas, vigorosos centros comerciales que impulsaban el tránsito por la , fueron los primeros lugares del continente en recibir la temida peste negra, Genova y Florencia fueron lo que son hoy las , como tristes anfitrionas del Covid en Europa, porque la globalización sigue siendo protagonista a más velocidad. En , Italia y el Mediterráneo son también motor y talón de Aquiles de Europa.
Ambas pandemias dejan de manifiesto que las lanzaderas de transmisión fueron las .
En el medievo, los ‘Príncipes’ se protegieron cerrando ciudades a cal y canto ante la amenaza invisible y desconocida de la peste negra. En muchas ocasiones remediada a base de palos de ciego.
Aunque también acertaron al tomar medidas higiénicas que han perdurado hasta hoy: se generalizó la limpiezas de calles, la celeridad en los enterramientos, intensificando la recogida de basuras y también tratando la pestilencia habitual de las calles con la quema de maderas olorosas. La higiene personal tomó relevancia y se hizo visible a los ojos de los demás, sus ciudadanos comenzaron a vestir ropa clara limpia y aseada.
Efectos profilácticos de primer escalón, habituales en nuestros días, que se han unidos a otros popularizados durante el Estado de alarma como el uso de mascarillas protectoras y guantes, que también muestran responsabilidad ante los demás. Soluciones de protección que forman parte ya del imaginario colectivo, y por ello también nos reímos llevando al absurdo lo cotidiano, a través de ‘memes’, o mensajes populares en Internet que se viralizan y acercan a familiares y amigos. Un humor que ha puesto en entredicho conductas excesivas como el uso y abuso del papel higiénico, de la lejía y sus aplicaciones desinfectantes o de múltiples reclamos de atención para la limpieza de manos.
Contamos con la seguridad vital de que el virus, igual de invisible, ya no es desconocido, la ciencia y la medicina actual, agradecida a los
descubrimientos de , cuentan con la información
genética de la amenaza vírica y centros de alta investigación para acertar pronto con las vacunas. Un avance extraordinario si pensamos que nuestros antepasados creyeron que la peste era un por los pecados de los hombres y su terapia consistía en hacer sangrías, abrir úlceras y quemarlas para cicatrizar.
En la edad media charlatanes, oradores y trovadores con sus cantares daban altavoz a los consejos de los obispos ‘prescriptores’. Diferencia abismal con la actualidad donde nuestros ágiles dedos transmiten, mediante el móvil y la Red, lo que en asépticas ruedas de prensa y videoconferencias cuentan presidentes y ministros sobre las normas del ‘confinamiento‘, las fases de la ‘desescalada’ o los metros de ‘distanciamiento social’ necesario. Todo en el afán de evitar contagios a la espera de que llegue la ‘nueva normalidad’.
Los sentimientos de desesperación, de miedo, tensión y tristeza ante estas experiencias traumáticas son la respuesta lógica del sufrimiento humano. Los habitantes de aquella desprotegida encomienda, agradecidos con el fin de la peste, entendieron que les salvó su Virgen a la que ofrecieron como voto perpetuo y gesto solidario una comida para devotos y visitantes.
En la ciudad hoy resistimos con la música alta, los niños dibujan arco iris que colgamos con otros símbolos en los balcones. Todos los días, a las ocho de la tarde, las vecinas y vecinos de cualquier edad y barrio abren sus ventanas o salen a la puerta de la calle, y comienzan a aplaudir para reconocer el esfuerzo de los demás.
Ofrenda solidaria de un pueblo que viven en vilo y que quiere alentar con estruendo a la vecina que les atiende en el súper o tienda de alimentación, a los limpiadores de las residencias, policías, transportistas, cartero o al barrendero de la calle.
Mientras dura esta ofrenda vecinal, sonreímos y conversamos entre residentes desconocimos, preguntándonos qué tal el día o cuál es el dato del número de ingresados en nuestro hospital. Nos ponemos rojas las manos apretando fuerte porque nuestra alabanza también tienen el objetivo de dar fuerza a quienes luchan por su vida y ser ofrenda para todos aquellos que los cuidan. Trabajadores y trabajadoras que desde el anonimato y la sombra intentan acabar con esta peste, muchos de ellos, resisten protegidos con mascarillas o EPI’s caseros, fabricados a manos o con impresora 3D, por quienes rompen sus manos con aplausos. Ya no se ponen sanguijuelas, se utilizan respiradores para salvar vidas mientras en comunidad, desde nuestras casas, intentamos detener el tiempo para que la ciencia, la investigación, entienda qué y cómo acabar con el virus.
Sinceramente, no nos lo creímos hasta que no lo teníamos encima pero quizás la historia tantas veces contada, celebrada año a año en Puertollano, ha dejado un legado que nos ha hecho reaccionar de forma rápida y contundente, aflorando una ciudadanía solidaria, ejemplar y resistente.
La esperanza es recobrar la vivacidad que siempre hemos visto en nuestras calles, parques y plazas, muy pendientes de la información que recibimos en móviles, radios, televisores…, con el deseo de que lleguen las palabras, en boca de un señor amable que se cuela por las tardes en casa, de apellido Simón y experto en epidemias. Heredero de algún visionario medieval que miraba al cielo en busca de respuestas, pero él escudriñará una y otra vez sus folios mientras nos mira con calidez para decirnos:
A la vez que frunce el ceño y sonríe, continuará:
De , en la ciudad de Puertollano en tiempos de confinamiento por el COVID-19.