Pueblos tan lejos y en su luz (Más o menos manchegos, ea)
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LEJANOS Y SOLOS
Allí están o estuvieron los pueblos manchegos, lejanos y solos. Caminos de polvo los emparentan unos a otros por si un casual. Dios únicamente sabe cuándo tienen estos pueblos, solos y lejanos que suplicarse, a la recíproca, un poquito de providencia. Por ejemplo: este viñedo que sin remedio se nos pudre por los sitios del alma; este montón de piedras que nos roba el aliento y la margarita; la mula a quien alguien siniestro le echó la pasada semana el mal de ojo; el carro de mies que se nos atascó antes de cruzar el puente de San Benito... ¡Suerte perra la de los pobres lejanos y solos, Santísima Virgen del Buen Parto!
Estuvieron o están los desfavorecidos pueblos de La Mancha sin que nadie ni nunca haya tenido voluntad de arrimarlos entre sí: cada uno a sus hábitos y acarreos, o para qué la relación y los encuentros. Lo justo y conveniente es no juntarse, cada quien en su lugar; y el campanario, que se estira en los crepúsculos de algodones de colores de allá arriba en el cielo, es para contemplarlo desde el corro de la cuadrilla vendimiadora tan callada: allá también, hijo mío, viven hombres y mujeres que son como nosotros, y tienen bodas y bautizos, enfermedades y muertes. De allá llegó una tarde tu madre a mendigar a la quintería un saquito de yeros, una jícara de aceite, medio pan cristiano de cebada, dos mantas de las caballerías y, sin darse cuenta, la promesa volandera de un beso de mis labios de hombre hasta ese momento buscador de imposibles.
Las relaciones y los encuentros son siempre un peligro. Lo debieron decidir los hombres importantes que gobernaban los pedriscos y las nevadas alrededor de sus mutuos desconocimientos, o no hay mula que resista el viaje. ¿Trenes?: no tiene que haber trenes, señor, en estos campos de arar y estas viñas de quemar alcoholes para los señoritos de afuera que al otro lado tal vez existen y naturalmente son de otra estirpe u otras diferencias.
Cruzan muy aprisa los trenes por la velocidad y la lejanía sin emparejar de estos campos. Con el tiempo incluso llegarán a desaparecer los apeaderos y las estaciones que hubo o había y ocurrirá a escondidas mientras los pueblos duermen. Es justo y conveniente que los pueblos manchegos duerman: mañana, hijo, saldrá el sol por el Cerro Lobero y nosotros hemos de ir a la viña de las colinas, no a ningún país extraño. Nos dejaron solos en el pueblo para que las rogativas al Santo Cristo las rezáramos por cuenta propia a trasmano de las decisiones y los privilegios a la sombra del botijo rajado.
Tal vez ni país es siquiera esta tierra. Simplemente distancias, distancias, distancias... Hasta en el caserío mismo lo obligado es ir cada quien a lo suyo: que no sepa mi marido, vecina, que hoy he tenido necesidad de ir a comprar una docena de magdalenas al Horno de la Hermana Andrea... Una región se hace a base de aproximaciones o trazando vías de comunicación para llevarles un cántaro de agua a los sedientos de aquella aldea sin pozos, pero estos pueblos se construyeron donde están o estaban para que pudiesen paladear la indulgente bienaventuranza de ser pobres de espíritu. ¿Cómo voy a ir a verte, muchacha, a la aldea si somos pobres de solemnidad y no tenemos ni un trenecillo de vía estrecha que enlace el corazón? Encontrarás en tu calle a algún mozo que contemple en el cristalito de tus ojos la espadaña de la iglesia de la Paz.
Ocultos u ocultados en un mapa abierto de lejanías y soledades, los hombres y mujeres manchegos no han tenido más ocasión que la de vez en cuando ver pasar por la linde algún viandante extraviado: la Santa Hermandad, los peregrinos a sus indulgencias, los judíos a su exilio, los moriscos a sus disimulos, los migueletes a sus trabucos... Tierra de ir y venir hacia ningún sitio ahí está, abierta como la palma de la mano del mundo, sola y lejana; con sus artistas ojo avizor, eso sí, desparentados también, como es lógico; a punto de sorprender, capaces de toda descompostura, lejanos y solos como los lugares de su nacimiento. Pero ellos algún día, como Dios quiere y manda, tendrán el valor suficiente para proclamar: los trenes del agua se detendrán por fin ante sus manantiales. Es, pues, cuestión de que todos estos pueblos se junten y convoquen la comunión, opinen lo que opinen los Maestres de la Orden. Algún día serán lo que son, aunque los chicos y chicas nuevos desconozcan los pozos del Villalgordo.
UNAS MANOS MISTERIOSAS Y AMPARADORAS
A pesar de las apariencias La Mancha, toda ella, sería pueblo o paisanaje de gran comunión, si la dejaran: podrías, muchacha, dejarme apoyar en las palmas de tus manos para conseguir contemplar el envés del universo. Por las tierras manchegas el personal va a donde tiene que ir. Después vuelve aureolado de resplandor y de una gran abundancia de bendición. Son tierras solitarias de gente perfectamente conjuntada en lo fundamental: comadre, que han dicho los hombres que debemos poner una sábana blanca en los balcones exigiendo: «¡Ferrocarril ya!», y las mujeres a extender sábanas blancas de inmediato para que pase el universo por la estación abandonada desde siglos. En los lugares de La Mancha nadie niega a nadie su poquito de misericordia: chico, me acuerdo bien que estuve a punto de hacerme novia de tu padre cuando él volvió de la mili; ven que mire en tus ojos el fulgor de los suyos, querubín mío. En los pueblos de La Mancha quien habita en ella toda la vida nota cómo un aire misterioso le toca la cara con sus manos.
Sobrecoge dejarse tocar la cara por las manos amparadoras del pueblo. Cuánto desaturde el pueblo, y cómo orea la mirada del corazón. Allá están, detrás de las hondonadas de la memoria, las hermosas casas limpias con puertas, la mayoría de las veces, abiertas y sus pequeñas calles estrechas. Allá está, sobre todo, el vecindario entero, tolerante y dadivoso siempre, comprensivo y cálidamente acogedor.
Queda todavía por estas llanuras el porvenir porque permanece aún el pueblo. En el principio fue el pueblo. Después llegaron la aglomeración, el tumulto y esa realidad acre y espesa de la cosa anónima, su apelmazada y hosca soledad, el acompañamiento sordo de tanto individualismo superpuesto y junto. El pueblo fue antes. Al comienzo, cuando la infancia del universo, respiraba y se alzaba, frente a los campos, el pecho del pueblo, la horizontal y mínima estatura adolescente del pueblo. Este sitio distanciado y enorme que llaman ahora mundo no tiene en verdad los hábitos y modales propios del pueblo: vecina, préstame una jícara de aceite; oye, dame una pizquita de sal; déjame un par de mantas para el frío de esta noche, paisano. Los pueblos que son todavía pueblos conservan aún, diáfana y purísima, la transparente sencillez del prodigio cotidiano: sus leves callejuelas sobre cuyas calzadas antiguas resuenan hondas nuestras pisadas matinales, ese rostro repentino de mujer, aureolada en su luz, que nos mira fijo desde la ventana con los ojos de su corazón recibiéndonos festiva y amorosamente; en la ciudad, enorme y sola, cruzas, sin embargo, sus anchas avenidas extraviado y sin señas. Indocumentados de memoria y espíritu vamos entre las apretadas muchedumbres sin que nos sea posible suplicar agua y viático: préstame, hermano, tus alforjas de viaje; mañana, en cuanto tenga ocasión, muchacha, te devolveré las estrellas que tus manos albergan.
En los pueblos de La Mancha, gracias al sol que es en ellos aún de todos y para todos, notas cómo su luz roza fervorosamente la piel de los seres y en su clemencia te lavas milagrosamente las manos y los sentimientos: buenos días, hombre, mujer, adiós; por acá, señor, van y vienen unos y otros mezclados, a sus bautizos y entierros, sus fiestas, sus bodas y sus entretenimientos vecinales en un hermanamiento municipal que funde sueños y propósitos. En los pálpitos iniciales del corazón del ser humano estaban el pueblo y sus vecindades iluminadas: se casa hoy la hija de los vecinos que viven en la casona de la esquina de la Rinconada del Santo; esta tarde de sábado hay cinco bautizos; han traído a enterrar al que fue mozo de comedor en la Hacienda del Conde. La Mancha incluye, suma y junta realidades contrarias. Nació así y para ello, o es el grito de auxilio de la especie que mendiga por favor salvarse en fraternidad a través de noviazgos, canciones de rondas, plenilunios, partos y defunciones, y vuelta a comenzar con el enjalbiego anual para las fiestas y ferias de las fachadas macizas de sus grandes casas labradoras cuando comienza a amariellear el otoño.
Todos los pueblos diseminados aquí y allá en el paisaje general del mundo, en la ancha y alargada geografía del mundo, en el norte y el sur, en el este y el oeste del mundo, han de ser, deben ser, compasivos entre sí: prestadnos, compañeros, unos cuantos haces de vuestro trigo, nosotros os ofreceremos nuestras canciones y guitarras; por caridad dejadnos siete o setecientas orzas de aceite; dejadnos mirar el corazón de vuestro secreto; al cabo y al fin, paisanos somos todos y no existen entre nosotros más diferencias que las simplemente exteriores: el cortezón agrícola del dialecto, el color bellísimo y distinto de la piel, el paso y la música de nuestras danzas. En La Mancha se piensa y se siente así, viajero; o se lo cree uno, o se cree que se lo cree. De puro ingenuo el personal por acá es muy descreído.
EL OLVIDO IMPOSIBLE
La postal cordialísima de La Mancha se queda fija en el álbum de la memoria: cómo va a olvidarse, mujer, si forma parte ya de tu travesía interior por la existencia. En este lado del mapa del mundo no existen forasteros. Éstos enseguida que vienen se van introduciendo como si tal cosa en los caminillos del Parque de Don Feliciano León, en la feligresía de la iglesita de San Bartolomé, en la Cooperativa Vinícola, en los corros de la Plaza: tómate un par de vinos con nosotros, hombre. Enseguida que el forastero se toma un par de vinos con cualquiera, toda la población le abre sus manos, sus casas y la cata de arrope preparada muy adrede por la cuñada, moza vieja todavía de buen ver.
De estos pueblos, viajero, todo aquel que una vez llegó se tendrá que marchar de ellos alguna vez, qué lástima. Sepa, sin embargo, que jamás podrá olvidarse del apego al futuro que le introduce dentro de la entraña y su arrimo a la lumbre de la chimenea.
Estos pueblos se pegan a la piel de la memoria como una lenta calcomanía. Son pueblos que se incorporan al paisaje del corazón para siempre. Transcurren los años, pasa la vida, muda el tiempo, y transcurren, pasan y mudan los hombres y mujeres y los pueblos continúan pudiéndose ver y admirar con más sol aún brillando en los cristales de las ventanas del alma. ¿Qué es el recuerdo sino una de las ventanas del alma abiertas de par en par a aquellas calles que, de pronto, impresionaron mucho una vez: el cielo multiplicándose de colores en la cumbre infinita de la tarde, la enorme y redonda plaza, los salientes encalados de las antiguas casonas? Ah, los inolvidables y hermosos pueblos en donde se tuvo la fortuna de vivir un día, unos cuantos meses, una bendita serie de años, que marcan y moldean, que introducen en el ser hondas y gratificantes experiencias impagables: aquel habla peculiar de sus gentes, sus virtudes y vicios incluso, sus viejas y costumbres... Los bellos pueblos solos de la tierra, allá y aquí, en el numeroso viaje de la existencia, postales del corazón, vistas a la inasible distancia de la anchura espléndida de unos paisajes a la mañana o al mediodía, a la tarde o al crepúsculo, de ti propio, y que a tu propio ser llevan y de tu propia realidad peculiar provienen.
Recordará el viajero, cómo no, el pan partido y repartido del lugar aquel personal de características especiales, que, primero, como es natural y lógico que sea así, te echa un ojeo por encima; te sigue con la mirada; sicoanaliza a su manera, tus modales, el lucerío o no de tu sonrisa, el vuelo de tus manos: los jóvenes aquellos con quienes soñabas y soñaban el mundo nuevo que venía, las rutas y los resplandores de los poemas de los poetas del lugar, qué escritores tan firmes, cada uno de ellos con su resplandecida biografía rural, irredimible casi, magnífica, tierna, áspera, hecha de lluvias y vendimias, de pastoreo y de añoranzas quietísimas como echadas a descansar en la espera sublime de la resurrección de la materia.
El pueblo al cabo del tiempo es como con la paleta y los colores y los pinceles todos del universo en las manos del vecindario entero, un pueblo cuadro y lienzo de sí mismo: los niños en la era, niños que llenan la calle puesta al sol y que refulge como el agua y los espejos de fantasía; niños y niñas que, con los años, van y vienen por la calle en cuesta, crecidos, moceándose, hechos ya novios y esposos; la esquina enjalbegada de la glorieta, las callecitas silentes de sus barrios entre la magia de una exageración al natural y a la medida, los bellísimos y oscuros ojos árabes que taladraron los tuyos, tanto, tanto...
Continúa, hombre, recordando a los pequeñísimos recién nacidos a quienes pudiste echar el agua de bautizar, hijos de los muchachos que veías tú, incluso mucho antes que ellos, cómo les llegaba el amor y los cobijaba, e iban ellos temblando de gozo ante el misterio, los queridísimos muertos que enterraste, viñeros o no, con todo el personal completo del pueblo aguardando en la plaza mientras concluyen las plegarias del responso, la quebradiza joven aquella, ojival como un lucero alto, por la que rezó toda la muchachada del lugar en la parroquia: continúa recordando, hombre; no pararás nunca, porque un pueblo así, como debe ser, no se olvida y tú lo sabes.
EL PAISAJE SIN PUERTAS
Invención o fábula es o dijérase el pueblo. Lo probable es que esté donde está y como está desde el balbucir de los primeros orígenes, da la impresión de ser el comienzo de todas las invenciones y fábulas por conocerse. Es tan real la realidad en su cielo y su conducta que en los entrantes y anchurones de sus calles dobladas se experimenta con naturalidad el lento circular del tiempo: las semanas de lluvia; los botijones de sol volcándose encima de cosas y animales a lo largo del estío apelmazado; el redondel de las eras repretadas de mieses; los niños trilladores, grumetes de travesías para la descompostura de la metáfora por estos andurriales... El corazón tiene que restregarse los ojos para poderlo mirar más o menos. Las bambalinas de este inverosímil y disparatado teatro de farsa son interiores. El embrujo y la sofocación de los pensamientos vienen del zumbido de la sangre, de los pálpitos pedernales de la entraña, jaraíz de la memoria. La eternidad, en efecto, parece estar todavía, con su parsimoniosa lentitud, resbalándose inclemente por encima del conjunto rural de las casas. Aunque lo cierto y verdad es que nadie puede asegurar que existe. En tierras circulares como ésta los espejismos se encargan todos los días de darle vuelta al horizonte.
Domesticando el horizonte vemos, no vemos, señor, el pueblo. El paisaje lo envuelve entero en sus velos de gasa. Por los callejones antes misteriosos y mágicos pasa y no pasa el tiempo. A poco que se deje de contemplar con el corazón la villa, pueblo o mayorazgo, se esfuma como la vida misma. Toda comparación es simple entretenimiento vacío, o una melancólica queja del sentimiento, tal vez una lamentable distracción; o ese insofocable deseo de regresar al inicial levantamiento del vuelo de las mañanas primeras.
Tal vez estamos inmensamente solos sobre el universo mundo sin nadie, hijo. Ningún vecino habla del porvenir. Todo es tiempo presente ahora. Ahora es únicamente antes. Mas cuándo es ahora, quién ha detenido o no la noria de las horas y los días, las semanas y los meses, los años y los siglos. Vienen por la Rinconada de la Tercia las mismas mujeres de toda la vida con los mismos cántaros de agua sobre la cabeza. ¿Existen o están imaginados en este instante los habitantes del lugar? No se hable, no, aún de patrias chicas ni de grandes. No sirve de nada entretenerse un minuto en hacer teorías acerca de nacionalismos y soberanismos. Por esta ascética y mística tierra sola va el cosmos muy interiorizado. Acá se es, y basta. La realidad va a su costumbre de siempre sin delinees ni aspavientos. El pan está en la mesa de todas las casas del pueblo a la hora en punto del mediodía. Un himno antiguo o de ahora mismo semeja. Acogidos y recogidos todos los vecinos del lugar comulgan unánimes en su devota compostura. El ser circunda la mínima proporción de la villa, pueblo o mayorazgo, como un impertérrito centinela, guardián o dios.
Mas el tiempo pasará aquí y allá a sus anchas y no habrá manera de conservarlo en el desván con las uvas colgaderas y los melones chinos para cuando decline el otoño por la melancolía rodante de las colinas. Ésas seguro que permanecen, o la cuesta del collado en que se asienta el pueblo sea con la llegada de épocas nuevas escenario foráneo de cuentos y narraciones para no ser recitados. Pasa en verdad el tiempo: sigamos, pues, mientras lo hace restregándonos bien los ojos del corazón para imaginar más que ver, muchacha. Ah el paisaje. O el vecindario envuelto en las gasas de la metáfora perenne del mundo, y para qué seguir. Cuando entonces, en el pueblo todos eran del pueblo, villa o mayorazgo, la vida era un juego de bolillos: Esta noche ha llovido, mañana hay barro. Todos los entierros pasaban sin pena ni gloria por la esquina de la tienda de la Buena Estrella. Y la reata de mulas del Hermano Pajarillo también. Y las madres todas a la puerta de casa, viudas desde muchos años antes de casarse, miraban unánimes el porvenir por encima de sus pensamientos. No había nadie efectivamente durante aquellos principios que no fuese lo que debía ser y no estuviera donde tenía que estar. Ahora, con la marea crecida de los artificios y las ordenanzas exteriores, el personal va siendo de todos los sitios a la vez. O de ninguno. No, no: no es que se haya de ser, sin más y porque sí, alrededor de estas glorietas que ya no se enjalbiegan para la feria, provincianos, viajero. No es eso, no. Lo lamentable, sin embargo, es que la diferencia ha dimitido de su función.
¿Era tan imposible conservar el aire del pueblo aunque el universo mundo lo llevara el alguacil en la palma de la mano? Naturalmente, no existe duda ninguna que tenemos necesidad de mirar el universo mundo como un todo general. Todo hombre es del mundo. Y éste, claro que sí, es una patria grande. Lo que sucede es que en el pueblo, villa o mayorazgo, las cosas todas siguen igual. Con disfraces nuevos y lenguaje recién importado. Quiero decirte, amor: el pasado, con la modernidad, ha muerto y el futuro estaba ya enfermo de gravedad antes de nacer. Puede que lo que haga falta en las fechas presentes, como en aquel entonces, sea resistir y aguantar. Quedan, a Dios gracias, en los desvanes del alma de una gran parte del vecindario, quizá ahora un tanto desvencijados, muchos jirones de sueños impredecibles. El paisaje continúa revoloteando, glorioso y firme, por encima de la conducta y el cielo del pueblo. A lo mejor no pasa nada de lo que está pasando y la cosa se remedia. Puede, sin embargo, que no. Éstas han sido siempre tierras de venir y largarse enseguida.
LEJOS Y EN SU LUZ
Son muchos quienes, dirigiéndose a cualquier pueblo manchego, han experimentado la misma honda sensación: la de que no se llegará nunca, o lo parece. Se extienden y alargan las distancias en la lejanía del horizonte desquiciante. Al término de no saber cuánto andar por la adivinación y la paciencia, se atisba la población sola consigo misma en su silencio blanco, estremecedor y vivísimo.
Se aproxima uno o casi al final de la geografía, a un extraño y desconcertante lugarón al sol cuyos reflejos macizos como pedernales, volátiles como diminutas mariposas inverosímiles, deslumbran el pensamiento. Lentamente la ciudad se abandona a su propia contemplación, una contemplación que se dijera no tener en cuenta la preceptiva de las religiones del principio del mundo. La enorme población derramada sobre el sagrado suelo de sus muertos acaba recientemente de surgir de su propia levitación. Termina o da la impresión que termina de darse a sí misma a la luz. Mas, sin embargo, experimenta el viajero el sobrecogimiento de intuir que la ciudad se extendía a lo ancho de su llanura sin principio ni fin mucho antes de todos los tiempos, cuando los seres todos del universo convivían los unos con los otros en armonía perfecta.
Con el talante de los antiguos pobladores del mundo, con sus magias, sus exorcicios, sus atávicos hábitos, sus plegarias de conjuro, se ve ir y venir por las calles encharcadas en el sol y sobre el aire liso, ácido y ardiente, a los hombres y mujeres del lugar que parecen surgidos quién sabe de qué sortilegios, qué oscura voluntad de ignoradas divinidades de barro. Sí, sí, ahí está en su luz distante y solitaria la ciudad sin nadie abriéndose con sus ojos de piedra, su parsimonia de piedra, al viajero, que al pronto comprende haber entrado en una ciudad alérgica a la palabra y las definiciones. Calla la ciudad y calla y cela también el viajero. Observa y mira despaciosamente las figuras de tierra y sus sombras negras esculpidas en la cal sonora de las exageraciones todas de la estirpe del hombre que, por acá, las distorsiona más, las enreda y revuelve más a ver si es posible que existan en los rincones de los portales de las casas, en los desvanes ocultos, en los aparadores del comedor, en las seras de las uvas y en las gavilleras del corral caras de aparecidos, caras de viejos difuntos que platican entre sí de sucedidos o anécdotas traspapelados en las descoloridas carpetas de las sumas y restas de las vendimias otras, las cosechas aquellas de las interminables semanas de temporal cuando las horas y los días estaban de pie frente al paisaje, delante de caminos y veredas, del rumor celebrativo de la existencia, toda la existencia: la rumia del ganado en los establos, los ladridos distantes de los perros, el chapotear de la lluvia en los bancales envolviendo desde las afueras la ciudad en su propio sino inconmovible. A veces, así era, se aparecían los difuntos confusamente olvidados y respiraba ancha la densidad temerosa de la noche, apuntalada en las agujas de las torres, agazapada en los hierbajos de los tejados de las casas bajas como aguardando de modo resignado la resurrección de la mañana: los gritos de los vendedores de pan tierno, la cháchara infinita de las mujeres mientras barren y riegan las puertas de su casa. Teatral todo, sin ensayos ni tramoya previos, en esta población habituada únicamente a su costumbre.
Qué pudorosa y áspera la ciudad pegajosa y esquiva a la vez como hembra que manda y ordena sobre animales y cosas, sobre frutas y medidas, sobre carros y galeras, sobre almuerzos y jornales y sin confesarlo o reconocerlo, sobre la parentela de los hombres de cariz pétreo: los hombres ante el vino apedreado y ellas a sus asuntos, escudriñando las intenciones, atentas y sabedoras al unísono que en estos momentos por las calles solas pasa un viajero solo. Cualquier caso puede suceder de un instante a otro, un revés, una rara anécdota que distorsionen los hábitos y los modos: ¡Atentos, paisanos! ¡Cuidado, niños! ¡Vecinas, alerta! ¿Quién va por las calles haciendo resonar sus pisadas, despertando el vuelo de las aves, provocando nuestra oscura y maciza tranquilidad?
Muchísimo antes que nadie abra la boca o musite un nombre, silabee un apodo o señale a quién todos los ventanucos se cerrarán herméticamente y sin ruido alguno, porque en sitios distanciados como éste no está bien que las cosas se sepan. Mas se saben. Sin embargo, es igual. El universo continúa en orden en las casas aunque las costumbres por un instante se resientan o las mujeres de los viñeros, sin decirlo a las sirvientas, sin apercibir a los suegros, por las noches y en las largas vigilias de la calígine amodorrada de las alcobas con duendes, sueñen con los peregrinos y los tratantes, los vendedores de piensos y los recaudadores de alcabalas, o la modernidad por estos almanaques que anuncian en las cuadras drogas y coloniales es foránea, una disimulación, anécdota transitoria, qué se han podido creer aún los viajantes de comercio.
Todo desde luego se sabe o algún día se sabrá. Mas carece de importancia: ven, gañán mío, a la pileta del corral y quítate cuanto antes todo ese ropaje de los campos, yo te lavaré de arriba a abajo y te enjabonaré devotamente la estatura, pues un crío grande pareces. Las hembras, mientras, se asoman a las troneras de sus pensamientos y se entretienen con otros menesteres, pues el hombre está para personarse, a la anochecida, en el Pósito, la mujer a ir por sus galerías interiores hacia sí misma y el peregrino a quedar incorporado al ritual de las faenas diarias: el repasar la ropa en silencio al fresco del patio durante los eternos atardeceres del universo, el deambular como furtivamente entre los árboles del Parque de la Concordia, fregar con tierra de La Roda los poyuelos de madera de la cocina, preparar el hato de los vendimiadores... No se presente más por estos rodales, buen hombre; vuélvase lo más pronto que pueda a sus espejos y paisajes. ¿Debe decirse? Descoyunta mucho la ciudad los razonamientos y los silogismos, o sitios ha de haber detrás de los cortinajes del disimulo en los que, como importados a escondidas por los trashumantes del despropósito, la ciudad se soliviante la compostura: mas no es nada, sépalo usted; lo que está ahora usted llevando entre manos es sólo invención. Algún día se constatará con pleno convencimiento que no llegó nunca nadie de lejos a la ciudad ni se nos quedó retratado su rostro en el brillo de los ojos ni le ofrecimos una pizquita de vino de la tierra en la punta de nuestros dedos para que se saciara su sed de eternidad. Las mujeres de esta ciudad, buen hombre, hacemos como que no estamos para la disidencia: lo dicho, correlindes, La Mancha es una metáfora escondida, una porción del mundo que disimula que está donde está. Alonso Quijano se volvió don Quijote de tanto pensarlo.
«SUCEDIÓ UNA VEZ»
No importa. En La Mancha el pueblo, pese a todo, seguirá siendo el pueblo. El pueblo resonante y magnífico. Con su surrealismo acre, aunque casi dulce; con la inocencia dulce acre de una ruralía bondadosa que estuvo toda la eternidad de esta Mancha nuestra interminable añorando ser pintada, por ejemplo, por el maestro López Torres que ya no está removiendo la luz indecisa y matinal de la calle. Por eso no importa. ¿Cómo va a importar que aquellos se hayan ido o que éstos lleguen? Más allá del pueblo en sí, de par en par abierto al infinito de los ocasos inacabables de la llanura, lo otro es anécdota y sucedido, un par de paréntesis baladíes o así. Lo esencial queda y permanece: tantos recuerdos juntos, acontecimientos prietos de una belleza que no podrá arrebatar jamás nadie a pesar de las cábalas o pereza del espíritu. No importa, no, de veras. El pueblo, entre mil y una celebraciones de la vida, es la poesía redonda y frutalmente vendimiadora, cordial en demasía, del grandullón, pero tan frágil, Eladio Cabañero, que se inventó el lenguaje de esta gente pobre y sencilla. En serio que no importa. El pueblo, humilde y luminoso, pueblo por cuyas calles y plazas se precisa caminar despacio, dispuesto al asombro, predispuesto al amor, está ahí aún, y permanecerá siempre, ocurra lo que ocurra, suceda lo que suceda, porque por encima de la mutación inexpresiva y coyuntural de bambalinas y discursos, es la inspiración, recia, socarrona, irónicamente incontaminada y pura, de Francisco García Pavón.
En efecto no importa. No importa un ápice ni los nuevos paréntesis ni las venideras circunferencias, pues el personal público desaparece en un santiamén, y ellos consideran al prójimo como lo consideran: desde las afueras del alma. No escarban en lo oscuro, deambulan por los alrededores de las instantáneas o los retratos al minuto. Lo que sí importa es la escrupulosa fidelidad del pueblo, sus sentencias, la inefable ternura, el corazón en llamas, el horizonte y sus distancias ardiendo en el ventanal de las retinas de uno, que no cesa en contemplar.
No, no puede ni debe importar. Cuanto hacíamos lo hacíamos sin importarnos absolutamente nada quiénes dirigían la cosa pública. Todos iban sucediéndose y el pueblo no. Fue el amor y el arrimo fieles al pueblo los que nos movían. No otros asuntos. Eran y son los nuestros asuntos del corazón, y ya está. De ahí que no nos importen intenciones externas o intereses de terminar con una emocionante historia singular: la historia del corazón. El corazón sí que nos importa. Y la historia. El corazón de la historia de un pueblo que da la impresión de pasar por alto cuanto se le pueda echar encima, pero tiene muy advertidos los sentimientos. Basta darse una vuelta por el Recinto del Ferial en los días de las Fiestas de la Patrona para reconocerlo.
Se da uno una vuelta por el Recinto del Ferial entre la gente, tan distinta y única, y hay un reguero de alegría que te calma enseguida la sed insustituible del alma, pues ésta va donde tiene que ir.
Claro que sucedió una vez, paisano. Mas todo lo que una vez ocurrió continúa siempre. Cosas de pueblo, historias de pueblo, milagros de pueblo. Toda esta tierra inmensa es un pueblo observando desde las piqueras del alma otros pueblos. Cada uno a sus milagros, sus historias y sus cosas de pueblo. El viajero, trashumante, peregrino, fingidor, poeta, o lo que sea, puede venir un día cualquiera del almanaque olvidado del mundo y entrar en su luz, su fantasmagoría, su invención, su secreteo, su disimulo, sus figuraciones, sus soledades, sus callejuelas sin salida, y quedarse el pobre como lelo: alguien, cuando menos lo esperas ya, buen hombre, abrirá su conciencia, la alacena de su amor, las manos de la bienvenida y te invitará a entrar en el universo.
¡Jesús, María y José!: ¿Manchegos más o menos? Hombres y mujeres solos. Mujeres y hombres solos de pueblo que maldita la gana que tiene ninguno de ellos de echar cuesta abajo su historia: un día, entérese bien, fingidor, peregrino, transhumante, viajero, o lo que demonios disimule usted que es, todos los habitantes del pueblo nos encontramos con estas tierras al sol y fuimos cada quien levantando con nuestras manos la casa. Está usted en casa, no lo dude.
UNA CASA GRANDE ES EL PUEBLO
Usted va de camino, señor. Por acá todos vamos tan derechos a donde el corazón desea. A casa. ¿Quién no anhela llegar hasta la casa de uno? Cada vecindario de La Mancha -a los buenos días, vecino; adiós, mujer-, desde lo alto del cerro al camino de la estación, crece en la casa y alrededor de la casa: ten cuidado, hijo, no te pierdas en tus sueños y travesías...
Es una casa grande el pueblo, y sin casa el hombre es un ser extraviado. Hay que evitar por todos los medios que no se nos pierda el prodigio que va iluminando, nacimiento tras nacimiento, el revuelo de los apellidos. Un pueblo es una anchurosa y cálida procesión de apellidos. Cuando llega uno al pueblo, luego de extravíos muy lejos, sube hasta los ojos una menesterosidad de alegría que, de inmediato, reconcilia de nuevo, en besando a la madre, recuperando el dulce vocabulario de la comunión con la parentela, con el propio ser.
Hay que mimar y acariciar al pueblo. Es nuestra heredad inconfundible. Nos lo han puesto, alto y blanco, trazado a plomada, barnizado de interminables querencias, en nuestras manos, y es deliciosamente emocionante, por nuestro. En su tierra, tierra enamorada siempre, esperan sus muertos la resurrección, y los vivos la esperanza. Los muertos nos lo dejaron, querido por ellos tanto tiempo, y los vivos van impregnando sus calles de sucedidos y de presencias, de besos y abrazos. Si nos quedamos sin pueblos se nos habrán amordazado las puestas de sol en la garganta; y la casa parecerá una fonda para que enclaustremos nuestro estéril individualismo en la impotencia de la soledad y de la decepción, tan indigente, como parece que está por ocurrir ahora.
Están habitados estos pueblos de muy deliciosa gente distintísima, de amigos de antes y de ahora, con la que es posible brindar los vasos de la suerte. Trabaja y sufre mucho la gente del pueblo, inmensa mayoría silenciosa que no atina a explicarse por qué, acá y ahora, no cuentan con quienes, con honradez y actitud de servicio, levanten a pulso el puñado resplandecido de sus plazuelas y sus casas. Sin casa el hombre es un ser extraviado, y hasta irreconocible: ha perdido en los bolsillos del ser su salvoconducto de vida y de afectividad, porque el municipio se ha convertido en un avispero de intereses bastardos en ocasiones, en nido de víboras. El Ayuntamiento es el pueblo mismo quintaesenciado, la casa general, punto de encuentro y de diálogo. Sin diálogo desbaratamos el camino de la unidad y de la confianza para crecer unidos y espiritualmente elegantes. La persona es persona en tanto que se solidariza y se siente respetuosamente mirada a los ojos.
Los mandamases de turno no están ahí para dividirse las fanegas de la sospecha mutua, del zancadilleo irritante, mientras el pueblo, afuera, sufre de orfandad y menosprecio. Hay que apreciar al pueblo, el gran soberano, que es, sólo, quien tiene que hacer y deshacer y ser llevado permanentemente, cumbre de los intereses todos de la edificación y el entusiasmo, en la punta misma de la voluntad y del alma.
Si no es así, hay que quedarse en casa. Más vale ser un ciudadano cualquiera que Prior de Uclés y regidor de la Villa, que tasan el pan y la sal mientras el vecindario opta por el abrazo y el crecimiento, fiel a su estirpe, a la memoria de sus difuntos, y a la esperanza soleada de sus hijos y nietos, a pesar de la trifulca de unos hombres y mujeres que han desistido del diálogo y solamente logran que al personal se le caiga la cara de vergüenza.
Ah, hermosos pueblos manchegos que, a pesar de todo, no enfermarán nunca de decepción; honrados y trabajadores desde siglos, que no se merecen lo que, de vez en cuando, reciben, río revuelto, ganancia de vividores, sino un puñado de personas, que amen ardorosamente a su tierra
Lo demás, efectivamente, escribidor, nos trae sin cuidado por aquí, o para un viaje de tal calaña no se necesitaban tantas alforjas: anda, muchacho, lleva este costal de panes a la quintería y repártelos uno a uno, después de besarlos lo mejor que puedas, a cada segador, que ninguno es del pueblo. Tampoco quienes mandan y ordenan lo son. Lo fueron. También, hijo, más o menos, igual que tantas habladurías y bandos municipales de ahora. La Mancha es tierra que requiere gran devoción. También últimamente es sitio de paso, qué lástima.
UN POCO DE CLARIDAD
Un poco de claridad -dice el manchego- sí que todos necesitamos. Somos, en resumidas cuentas, cada quién, únicamente menesterosos de aclaración. Con frecuencia lo disimulamos mucho, pero no podemos dejar de reconocer que los ojos se nos van, queramos o no, tras cualquier partícula de fulgor siempre y más. Estamos hechos para ver y no tenemos más remedio que bucear entre las sombras. Naturalmente que abunda en exceso la oscuridad y para retirarla a un lado del camino están las palabras. El vocabulario en sí mismo, ¿para qué nos ha sido regalado sino para iluminar? Cuando se entenebrecen, la explicación está en que las palabras ya no son palabras. Indudablemente, necesitamos aclararnos. ¿Cuántas veces a lo largo de nuestra vida no nos hemos echado a las calles del pueblo para mendigar, de puerta en puerta, un cachejo de lumbre? Infinidad de veces. Asunto distinto es recordar ahora quiénes nos abrieron su casa y quiénes no. Tristezas de este género se las lleva el río de la memoria. Los sucedidos verdaderos acontecen en los pliegues de la llama que el corazón, a la postre, siempre enciende. No por haber cumplido ya los años que nos aguantan, hemos renegado del niño aquel que fuimos. Mas ponemos cara de circunstancias y hasta incluso de solemnidad, mientras vamos subiendo Rinconada de Santa Ana arriba hacia el Cerro de la Paz.
Qué chasco, desde luego, con los mandamases del lugar en el momento en que los críticos literarios nos intentan averiguar junto a qué cerillita de amor nos hemos querido guarecer mientras crecíamos. Los poetas, no hace falta decirlo, caminan de luz en luz. A lo mejor lo que importa de verdad es dirigirse hacia el ocaso con el secreto deseo de extasiarnos frente al último sol y la fiesta, ancha y múltiple, de tantos colores fulgurando en los ojos de las adolescentes mediterráneas. Nuestra auténtica vocación, lo confesamos con el rubor que da la gracia, era la de ser visionarios. Si estamos subiendo ahora hacia el Cerro de la Paz donde va a inaugurarse, con escaso convencimiento, una Casa de Palabras, sencillamente se debe a que no queremos renegar de la poquita claridad que el buen Dios jamás está dispuesto a que la ponga nadie debajo del celemín. Los poetas de este lado del mundo somos como somos. Confiesa una mujer de por aquí, muy dada ella a escribir con el corazón, que quienes como nosotros, pordioseamos una limosnilla de claridad, en el fondo no hacemos otra cosa que sonreírnos de los disparates públicos. Puede que tenga razón. Lo cierto y verdad es que quienes escribimos somos ciegos que llevamos los ojos abiertos. Construimos versos porque tenemos los ojos abiertos y no vemos. Caminamos en el misterio, nadie lo dude.
El misterio es un inmenso tejido de preguntas que no responden a la primera, pero te envuelven en él como en un manto de luz y te van conduciendo de claridad y claridad hasta que te desembarazas del manto y descubres que estás ciego.
Lo obligado, por consiguiente, es quedarnos en silencio mientras hablan y hablan de nuestros tímidos arrimos a la arrebatada sorpresa de advertir cuánto y de qué manera transparece e ilumina la poesía.
A sol puesto regresaremos unos y otros a nuestras luminosas soledades. Los organizadores o no de la fiesta se quedarán en la terraza de la Cueva de Mambrino contentándose mutuamente según la suerte les dé.
Vete con el crepúsculo, poeta, y sea lo que Dios quiera. Con los años puede que la vida esté mucho más clara. La Mancha, a pesar de todo, peregrina hacia el resplandor con sus pecados más o menos. Seguro que los poetas podrían devolverle su orientación.
LOS PALOS DEL SOMBRAJE
Apenas a simple vista no se advierte, pero las pequeñas y débiles murallas del poblado están agrietadas. El día que menos se espere se vienen abajo. Todo lo que la vida convivencial lleva dentro de humano está amenazado de reducirse a escombros. La juventud, a falta de referencias, como no descubre alrededor suyo signos de esperanza, se ha recluido en la huida. Disponerse a correr hacia atrás es augurar o dar por seguro el desplome rápido de las débiles y pequeñas murallas del poblado: ten cuidado, muchacha, con mover demasiado las caderas, calle Santa Ana abajo, camino de la plaza mientras cabecea el día.
El poblado en el día de hoy está, en efecto, tambaleándose. La familia hace años que dejó de sostener, con la fuerza de sus hombros, las bovedillas del techo de la sala del comedor de casa. Se ha vuelto incapaz de reunir el corro de los hijos y, bajo la luz amparadora de la lámpara, sembrar despaciosa y esperanzadamente lucecitas de vida en el corazón de los chicos. Éstos no tienen más alternativa que campar a su aire. Es verdad que las campanas de la aldea no tocan a rebato, no sólo porque no hay campanas ya en la espadaña de la iglesia, sino, sobre todo, porque el personal se ha montado la vida por su cuenta y razón. Los maestros y los guías vagan por el país contemplándose con tristeza en las pizarras grises de su impotencia. Se vive la hora de la confusión. No se vive hoy en día más felices o más desgraciados que antes. Sí más confusos.
Desorientados y confusos, los jóvenes se echan a la calle pertrechados únicamente de ignorancia. Como en la casa y en la escuela no se les enseña la brillantísima y hermosa lección del amor, descubren, entre ellos, únicamente el sexo por las bravas y a instinto abierto como en cualquier parte del mundo. En cosas como ésta se terminaron las distancias y soledades: parece, viajero, que no caminas ya entre las bambalinas de la llanura. Las miejillas de ternura son hoy en día científicamente inútiles en todos los sitios del mundo. Total, la sexualidad ha dejado de ser casta y luminosa. Mientras, las mamás, perfectamente tristes porque cada mañana dejan un poco más de ser jóvenes, toman café en el Bar de la Plaza, en espera de envejecer menos, y en algún que otro momento comentan: ¡qué raritos vienen cada vez los hijos, oye!
Raritos y definitiva y últimamente extraviados de sí, los hijos, por escaso tiempo y adolescentes, se ponen de acuerdo los unos con los otros para escaparse no saben cómo ni a dónde. Los pobres chicos se atiborran de aburrimiento en el halda del cerro mientras don Quijote se vuelve de espaldas. Natural.
Se vive, malvive, hoy de esta guisa por una sencilla razón: el poblado ha sacado de la escuela y de la Plaza Mayor a los maestros, terminando por ponerlos de patitas en el egido. Los adultos de ahora mismo no son ya maestros de nada. Se les han caído los palos del sombraje. Primero prescindieron ellos de sus maestros, y ahora van y vienen por las callejas de la perplejidad y la confusión sin que les asista, como debiera, el carisma de la coordinación.
Se requiere urgentemente el carisma de la coordinación, cuya misión y destino es ejercer la maestría de vida. Es decir, señalar metas, levantar esperanzas y dar seguridad. Si esto no se hace, desconocemos lo que ocurrirá mañana. Escribe el autor manchego Paco Nieva: «Aunque se piense que se necesitan maestros para hacer lo contrario de lo que ellos hacen, me parecen imprescindibles, porque no se mata al padre, se le asume, se le integra, anudamos con él y hacemos algo que también estaba en él, porque todos somos uno y lo contrario de uno»: no nos queda más remedio, viajero, que sentarnos en el bordillo de la acera de la calle principal del pueblo a aguardar que venga quien nos explique qué es la progresía.
Algún día, si Dios nos es servido, estudiaremos la denominación de origen La Mancha. Hoy nos mantendremos dando vueltas a la anchura y pordioseando, como está mandado, saber a qué carta quedarnos delante de estas tierras todavía de par en par. Cuando una geografía como la de La Mancha está tan de par en par, como no se abran los portalones del corazón hacia adentro viviremos presos y maniatados creyéndonos que somos libres. ¿Quién dice que no ha sonado la hora de los manchegos? Atención, sin embargo, por favor. No es cosa, evidentemente, de levantar murallas a lo largo de nuestro redondel y optar por la autodeterminación. Que dejen a La Mancha como está: abierta. ¿Quién sabe si advirtiendo cómo somos, no llegaremos un día a ser lo que tenemos que ser? Están muy claras las intenciones de este viajero, paisano. Se lo decía uno del pueblo a otro: quien se pica ajos come. Descubrir aquello que no se debe ser es estar deseando poner encima de la cómoda de casa el propio carnet de identidad: ciudadano del mundo. Te acompañaremos, buen hombre, en el viaje. Al fin y al cabo no vamos a negar que en nuestros lugares se dan ciertos desreveses y distracciones, aunque son de muy poca monta. ¿La Mancha? Sus pueblos, villas y mayorazgos parece que se fueran quedando sin ser demasiado manchegos por el momento. Más o menos, sí, señor, como toda la vida. Aún el primer jueves de agosto sigue siendo el Jueves de Cristo y no hay ningún alma en el pueblo que no salga a recibirle por el Camino de la Poza: las costumbres son las costumbres, pero menos: claro que se puede, buen hombre, ser ciudadano del mundo y mantenerse distintos.