Mis vivencias durante la Guerra Civil en Puertollano

Leyendo el otro día en La Comarca un artículo firmado por Modesto Arias sobre la [[enlace="https://www.lacomarcadepuertollano.com/diario/noticia/2020_04_28/08 " target=”_top"]][[/enlace]], extraído del libro “Historia de Puertollano”, me vinieron a la mejoría los diversos sucesos que yo viví en primera persona por aquellos tiempos, y que los estoy intentado reflejar en unas memorias mías que ya llevo confeccionando varios años, y con no pocos esfuerzos. Voy a utilizar estas páginas para extractar aquellos que considero más relevantes, al menos por el impacto que en mí tuvieron.

Yo por aquel entones (1936) era un mozalbete de 12 años, y ya en los años previos de la República hubo muchos conflictos, principalmente de índole laboral, dado el carácter industrial de esta comarca. Hablo de los comienzos de la II República del 1931 y de los sucesos que acaecieron en Puertollano el 2 de septiembre de 1932, tras la huelga de finales del mes de agosto de ese año, con el encarcelamiento del ingeniero jefe de la mina San Esteban, que culminaron en dicho día con el asedio y posterior asalto de los manifestantes a la comisaría de policía (antigua Casa de Baños), originado varios heridos y algún muerto. Aquello yo lo viví con cierto estupor, pues para empezar mi padre quitó una de las piedras que fijaba una de las hojas de la puerta de la calle, para que permaneciera abierta, y la condenó por dentro con una barra, lo que me hizo permanecer encerrado durante todo el día, lo que para un niño de 8 años, que siempre andaba jugando por la calle, fue toda una tragedia. Hay que pensar que nuestra casa estaba en la Plaza de la Constitución, pared con pared con el Ayuntamiento antiguo, y era el lugar de concentración de todas las manifestaciones y quejas que se organizaban.

Con ello quiero decir, que ya antes el ambiente estaba muy caldeado, y aunque éramos niños, aquello lo percibíamos de manera muy evidente. En nuestro camino a la Escuela del Ave María ya notábamos ese mal ambiente, pues al pasar por delante de la Casa de Baños, veíamos que había muchos más presos de lo normal, concretamente en las ventanas de la fachada justo enfrente del Mercado de Abastos. Asimismo, también el ritmo de las clases se vio truncado, pues se redujeron en número, aunque los chicos varones acudíamos a recibirlas en la vivienda particular de nuestro profesor, el sacerdote D. Alejandro Prieto Serrano.

Otro de los sucesos que me impactó mucho fue el asesinato, a mediados del mes de mayo de 1936, del Jefe Local de Falange, José Hernández Novas, pues lo viví muy de cerca, ya que este hombre tenía una sobrina, Angelina Hernández Cabañero, que era íntima amiga de mis hermanas, y pasaba gran parte del día en nuestra casa. Esta chica nos contó que cuando su tío se encontraba hablando con su novia, a través de la ventana en la calle Talavera Baja, justo enfrente de la calle Talavera Alta, entraron dos grupos de personas por cada lado de la calle y comenzaron a tirotearle. José Hernández intentó huir calle arriba por Talavera Alta para intentar refugiarse en su casa de la calle del Cuadro, pero finalmente fue alcanzado y los esfuerzos del médico D. Pedro Úbeda fueron en vano, pues al poco rato falleció. Mucho tiempo después, y lo que son circunstancias de la vida, resulta que los que se convirtieron en mi familia política, fueron testigos de dicho suceso, pues vivían en el nº 4 de Talavera Alta, y al oír los disparos abrieron un balcón para ver lo que ocurría, recibiendo incluso algún disparo que por fortuna no les llegó a afectar, al igual que la novia del infortunado, que se protegió dentro de su casa.

Este suceso, que causó gran sorpresa en Puertollano, a la vez que una ansiosa intranquilidad, supuso para mí un antes y un después, de lo que estaba por venir, la Guerra.

A los pocos días tuvo lugar un encuentro en la casa donde vivíamos, en la calle Dr. Limón, 2, propiedad del matrimonio Manuel Porras Martín-Duarte y Manuela Mora Cabañero, cuya parte baja tenían alquilada a mi padre, trabajador mecánico de los Talleres de la SMMP. En esa reunión estaban, un hijo de dicho matrimonio, Manuel Porras Mora (el padre ya había fallecido), su tío Eduardo Porras Martín-Duarte, y un primo hermano de mi padre, que estaba empleado como oficial mayor de la ferretería Casa Patón, el cual nos comentó las instrucciones que el Sr. Díaz Patón les había transmitido a modo preventivo: no abrir la puerta de la calle a nadie, tener mucho cuidado con las conversaciones que se mantenían, nunca salir solos y suspender la asistencia de los niños al colegio. Este era el clima previo a la sublevación.

Este fatídico día, sábado por cierto, también lo recuerdo con estremecimiento personal, pues tras el acontecimiento conocido por todos, a las 12 de la noche en la casa donde convivíamos mis padres y la familia propietaria de la vivienda, entiendo que por ser considerada de derechas (esto lo digo ahora, pues en aquel momento con 12 años, uno no entiende o no tiene conciencia de lo que se daba), se presentó un grupo de milicianos al mando de "Calixto", que era precisamente un trabajador de la citada familia Porras encargado del cuidado y mantenimiento de las caballerías y otros animales, y aún recuerdo como las otras personas del grupo que le decían "...anda Calixto, ve tu delante, que eres el que conoces bien la casa". Esa noche, Manuela Mora dormía sola en la planta de arriba, y estas personas se dedicaron a desvalijar ambas viviendas, llevándose todas la armas de caza que un hijo de los Porras tenía, y algo que todos apreciábamos mucho, la radio, y lo peor de todo y sin saber los motivos, también se llevaron a mi padre, después de poner una pegatina en la puerta de la casa que decía: "Incautada por la UGT" y la firmaba el propio Calixto.

A pesar del desasosiego que nos invadió, la suerte estuvo de nuestro lado, pues lo llevaron al Ayuntamiento, y al verlo, tanto Ángel Vallejo Recuero, concejal en aquellos momentos, como el propio Alcalde Presidente, Leonardo Rodríguez Barrera, lo devolvieron a mi casa sobre las 2 de la madrugada. Decir que ambos eran compañeros de mi padre en el taller de la SMMP; Ángel junto con mi padre pertenecían al grupo de ajustadores, y Leonardo era forjador.

Esa noche tal era el miedo que teníamos, que a través de una puerta que había en el corralón de la casa y por la que se comunicaba directamente con la finca del nº 7 de la calle Torrecilla, nos pasamos a dicha vivienda ocupada por Emilio Porras Rivilla, que nos acogió durante el resto de la noche hasta el amanecer que volvimos a nuestra casa.

Al día siguiente, domingo 19 de julio, mi padre no fue a trabajar, ante el ambiente existente en el pueblo, con milicianos por todas partes, y más aun con el incidente de la familia Cabañero, ocurrido próximo a nuestra vivienda. Precisamente ese día a las 7 de la mañana, mi padre en una dependencia que tenía nuestra casa para alojar el pararrayos y otros utensilios, y que justo daba pared con pared con el salón de sesiones del Ayuntamiento, oyó decir de manera muy ofuscada al Alcalde Rodríguez Barrera "... os he dicho que venga la Guardia Civil", en ese [[enlace="https://www.lacomarcadepuertollano.com/diario/noticia/2020_04_28/08 " target=”_top"]][[/enlace]] y acaecido con esta familia.

Hay sucesos y escenas que solamente pueden pervivir gracias al realismo y la crudeza del recuerdo de quienes los vivimos, y este es uno que a mí siempre me acompañará: Sobre las dos o tres de la tarde de ese domingo 19 de Julio, los cadáveres de los Cabañero, el padre y sus tres hijos, Juan, Fernando y el pequeño, Eugenio de 13 años, el cual iba a la escuela conmigo, estaban en la puerta del Ayuntamiento sobre una especie de carro de la basura o similar. El cabo de la Policía Municipal apodado el "Trapichante" estaba presente, junto con algunas personas más del Ayuntamiento. Mi padre no me dejó acercarme.

En ese año 36, también recuerdo un día que andábamos jugando los chicos en las proximidades de la Iglesia; era nuestro barrio; y empezaron a caer cascotes, tantos que nos tuvimos que proteger en una de las puerta próximas; nos dimos cuenta que provenían del santo colocado arriba de la torre, el “Cojo Sandalio” con una gran maza lo estaba haciendo añicos.

La verdad es que a partir de esos momentos la violencia se hizo dueña de nuestras vidas, o eso era lo que yo percibía, y parecía que nadie hacía nada por evitarlo. El número de víctimas es difícil de cuantificar, habría que ver la obra de Francisco Alía, pero en un pueblo grande como Puertollano, donde todos nos conocíamos, si cabe la violencia fue aún mayor. Los "paseos" se multiplicaron por doquier, ante la falta de seguridad ciudadana, en donde las milicias locales camparon por sus anchas, y muchos de los detenidos ni siquiera llegaban a pisar las prisiones, es el caso que relato de Manuel Porras Mora, uno de los hijos de la familia de nuestros caseros.

En esta delicada situación Manolo Porras Mora se desplazó a Ciudad Real, pensando que allí podría estar lo suficientemente seguro, a pesar de las advertencias de su tío Eduardo Porras de que no lo hiciera, pero el día 11 de agosto de 1936 fue descubierto en dicha población por un equipo de milicianos y trasladado a Puertollano, siendo ajusticiado a 200 metros de Argamasilla de Calatrava en la carretera en dirección a Puertollano.

Para el levantamiento del cadáver mi padre tuvo realizar una gestión personal en el Ayuntamiento de Puertollano, ya que el fallecido se encontraba en el término municipal de Argamasilla de Calatrava. Intervinieron de nuevo en esta acción el concejal Vallejo y el alcalde Rodríguez Barrera.

De igual forma, un suceso semejante ocurrió con mi profesor, el sacerdote Alejandro Prieto Serrano, algo que me dolió mucho dado el cariño que le profesaba. Fue una persona muy volcada con su vocación docente, que hizo mucho por la vida educativa de los niños de Puertollano, con acciones sobre aquellas familias sin medios, dando clases a sus hijos en su casa particular, y procurándoles alimentos. Se dijo por entonces, que en el momento de ser ejecutado, se dirigió a los que le iban a ajusticiar diciéndoles. "He hecho muchas obras buenas, pero ¿por cuál de ellas me vais a matar?”

El año 1937 fue muy duro y penoso en Puertollano. Los aviones del ejército franquista empezaron a bombardear su casco urbano, en un primer momento con bombas incendiarias que regaban por la plaza del Ayuntamiento, y que el Jefe de la Policía Municipal, ya citado y apodado “el Trapichante”, les intentaba tirotear con un mosquetón, pero jamás les daba.

Pero un inesperado día bombardearon las instalaciones de Peñarroya, lo que se conocía como Calatrava. Allí estaban emplazadas muchas instalaciones del complejo minero: el Lavadero Central de carbones, la Central Térmica, la Destilación y los Talleres Generales y el Laboratorio. Estas instalaciones las consideraron claves en la zona de la República, pues afectaban a la producción de aceites, gasolinas,...etc., que podía utilizar su ejército. Como consecuencia del bombardeo hubo que abordar una gran reparación de las vías próximas que tuvo paralizada toda esta zona durante once días obligando a verter la producción en boca de mina.

En otra ocasión los aviones franquistas trataron de localizar un taller de las afueras de Puertollano en el que se fabricaban carcasas para las bombas de mano, concretamente los talleres de La Esperanza que estaban situados junto al Cuartel de la Guardia Civil de Caballería, exactamente donde hoy están los hoteles a la entrada de la ciudad, pero desorientados, bombardearon un taller de fabricación de camas y somieres que había en lo que hoy son las calles Gran Capitán y Norte, antes carretera del Villar, derrumbando todo el edificio con sus vecinos dentro, siendo muy afectada toda la familia que lo habitaba, Cabañero Recuero propietario del taller, junto con Antonia su mujer, y sus hijos Antonio, Paco, Sebas, Luisa y Gracia. Luisa, la mayor de las dos hermanas, y que fue la más afectada por el derrumbe, cuando se recuperó, en agradecimiento se hizo monja.

Para combatir a los aviones y bombardeos del ejército franquista, la DCA, Defensa Contra Aeronaves, concretamente la Brigada de Centro Sur para maniobras, estableció sus oficinas en la casa de Concha Martí en la calle Torrecilla nº 8, previa incautación por la UGT. Con gran actividad se montaron en los cerros de Puertollano tres puntos de defensa contra los ataques aéreos: una ametralladora antiaérea en el cerro de San Sebastián, un cañón antiaéreo en el cerro, justo frente a la Destilación y Talleres de Calatrava de la SMMP, y otra ametralladora antiaérea en el Cerro de la Valona, justo frente al Terril Central (popularmente conocido como El Terri).

Además de esta preparación antiaérea, se construyó un Campo de Aviación en el término Municipal de Almodóvar del Campo, y en un cerro próximo de montó un gran depósito de municiones.

No hubo noticias de que este dispositivo derribara un solo avión enemigo, pero un buen día, llegó un avión algo despistado, intentando localizar el aeropuerto de Almodóvar del Campo, y entró en el área que cubrían las defensas antiaéreas de Puertollano, recibiendo disparos de la ametralladora que había montada en el Cerro de San Sebastián, y a continuación del cañón montado en la Destilación de SMMP. El avión ya tocado, viró hacia el Terri, y allí, frente a la ametralladora que había montada, clavó el morro al lado de un socavón de la mina, siendo detenidos sus tripulantes por los sirvientes de dicha ametralladora. Al tener conocimiento del hecho, los vecinos de la calle Granada y Puertollano en general, salieron con todo tipo de armas y demás artilugios: cuchillos, tijeras y hachas en mano para matar a los pilotos fascistas; de tal modo y tamaño fue el gentío que se congregó, que los sirvientes del la ametralladora se vieron obligados a hacer disparos al aire para detener a la muchedumbre. Luego la gran sorpresa fue que los pilotos eran rusos a las órdenes del Ejército Republicano.

Esto lo supimos de primera mano, porque uno de los que estaban con la ametralladora del cerrillo de La Valona era pariente político de mi madre, Vicente Herrera, y al frente de este destacamento estaba Floro Antonio Simón Martín, sargento de la DCA, natural de la Barriada de la Mina Asdrúbal, que curiosamente, ya por el año 1944, fue mi maestro en el Taller de Asdrúbal, en lo que fue mi primera etapa profesional.

Desconozco el motivo, pero un día vi las ruedas de dicho avión que estaban sobre un camión parado junto al Ayuntamiento, y a mí como niño me parecieron inmensamente grandes; es el recuerdo que se me quedó. Posteriormente, dicho avión fue reparado, consiguiendo estar operativo, de manera que una vez en el aire sobrevoló por el pueblo dando varias pasadas.

A finales de 1937, principios de 1938, en Puertollano había dos chicos que trabajaban como "botones", uno en la Comisaría de Policía, la conocida como Casa de Baños, llamado Blas Hernández Aparicio, que fue conmigo al colegio, el otro llamado Honorio y conocido como el "Popea" porque trabajaba de botones en la Perfumería Popea, situada en la antigua calle del Caño junto al hotel Castilla.

Habitualmente yo era el acarreador de agua de la Fuente Agria para mi casa, pero un buen día llegué a la fuente y dejé las dos cantarillas de barro rojo de los alfareros de Puertollano, encima de un cajón metálico que tenía el caño orientado hacia lo que es hoy el Mercado de Abastos. En ese momento llegó Blas Hernández, en unas de sus tareas para la Comisaría, y al ver mis cantarillas sobre la estructura que cubría este caño, me las rompió estrellándolas contra los escalones de la fuente. Mi reacción fue rápida, caneé a mi amigo Blas y le estrellé a su vez un botijo de barro blanco que llevaba de la Comisaría. Al regresar Blas llorando a la Comisaría, y sin botijo, salió el policía Cirilo Gómez Dorado y me tuvo encerrado desde las diez de la mañana hasta las dos de la tarde. Valiente actuación del policía con un niño de 13 años, pero ahí queda narrado el suceso.

A finales del año 1937, en diciembre, ya había falta de alimentos y prácticamente no existía casi mercado. La Iglesia de la Asunción, totalmente derruida, era un almacén de alimentos, y por la puerta de atrás que daba a la calle del Duque mucha gente entraba a robar comida. También los chicos robábamos en los vagones de la MZA (ferrocarril Madrid Zaragoza Alicante) aparcados en el muelle de la estación, por medio de barrenas que se usaban para taladrar sus fondos, y así aprovechar lo que cayera: azúcar, garbanzos, arroz..., etc.

Se establecieron dos despachos de alimentos, uno en la calle de La Aduana, junto al estanco de “las Pochas”, donde yo acudía todas las mañanas, aprovechando que el distribuidor era el apodado “Chambra” que trabajaba en la SMMP y era muy amigo de mi familia, y en cuanto me veía, yo era el primero en recoger la comida. El otro estaba en el paseo de San Gregorio, aprovechando un Pabellón propiedad del Casino de Puertollano, y requisado por la UGT, en el que previo pago de su importe, se facilitaban alimentos en general. Este Pabellón tenía dos plantas y la inferior era la que se utilizaba para tal fin. El responsable y encargado de la distribución de los alimentos en este punto era un socialista de profesión minero, que se llamaba Dión Hondarza, y al que se conocía como “Dios en Danza”.

Los pueblos limítrofes a Puertollano, y en general todos los pueblos que vivían de la agricultura, tenían dificultades en aquellos años para la adquisición de herraduras y clavos para las caballerías, así como los cangilones para las norias de sacar agua, cubos u otros utensilios metal-mecánicos, pero por contra estos pueblos tenían comida, trigo, harina, garbanzos, judías, patatas y verduras en su tiempo, y aquí es donde se generaba el cambio/trueque: tú me das comida, y yo te ofrezco herraduras, cangilones..., etc., de ahí lo de la “época del cambio”.

Dado que las Escuelas del Ave María no operaban, al estar cerradas, y a mis padres no les gustaba que fuésemos mis hermanas y yo a las Escuelas del Centro, que estaban en lo que hoy es el Centro de Salud Barataria (el antiguo Seguro) en la actual avenida 1º de Mayo, mi padre para ocupar en algo mi ociosidad me enseñó a hacer cubos y cangilones con los bidones del carburo. Estos bidones, de 40 o 50 kilos de capacidad, eran el embalaje para el transporte del carburo que se utilizaba en las minas y los vendía Patricio León en la tienda que tenía en la calle de la Soledad, y yo era el encargado de llevárselos al “Pugo”, el hojalatero, que los desarmaba y posteriormente les enderezaba la chapa. De esta forma conseguíamos la materia prima y posteriormente elementos para “cambiar” por comida.

Las dificultades para conseguir comida eran mayúsculas, no solo por su escasez sino también por el férreo control que se estableció mediante una policía militar que se identificaba como “Guardia de Etapas”. Una pareja de esta tropa estaba en una caseta que había a la entrada a Puertollano por la carretera de Argamasilla de Calatrava y la de Almodóvar del Campo. Esta caseta era para lo que se denominaba los “consumos”; éstos eran un impuesto que el Ayuntamiento de Puertollano había fijado a todo cuanto entraba. La misión de estos empleados era cobrar el impuesto municipal correspondiente a cada cosa que entraba en el pueblo, fuera lo que fuera, hasta las verduras y hortalizas de Almodóvar, y sobre todo las de Argamasilla.

En los frecuentes viajes que yo hacía junto con mi padre a Ballesteros de Calatrava (28 kilómetros), de donde era oriunda mi familia, usábamos la bicicleta, el medio de medio de transporte por excelencia de aquella época (no había otra cosa), y a la vuelta a Puertollano siempre nos veíamos obligados a buscar rutas para evitar a la caseta de “los consumistas”, pues además de pagar el impuesto, nos quitaban la mercancía. Era muy habitual que, al llegar al paso a nivel de la carretera de Argamasilla a Puertollano, en vez de cruzarlo tomáramos la vía del tren hasta llegar a la altura de una caseta situada cerca del puente del ferrocarril a la altura de la Estación del Trenillo de la Calzada. En esta caseta vivía un empleado ferroviario de MZA, y desde allí por una senda llegábamos hasta detrás de la Virgen de Gracia, y posteriormente a nuestra casa.

En marzo del año 1939 entraron en Puertollano fuerzas del General Yagüe, compuestas principalmente por regulares, y lo hicieron a través del ferrocarril de vía estrecha de Puertollano a Pueblonuevo. Estas tropas fueron alojadas en las Escuelas Campestres del Ave María, y vestían un llamativo uniforme con el que entusiasmaron a algunas chicas de Puertollano.

Tocaban retreta y parte en distintos lugares de Puertollano, entre ellos la Plaza del Ayuntamiento, y se desconocía hasta donde alcanzaba la autoridad del Alcalde, que desde ese marzo de 1939 hasta agosto del mismo año fue Toribio Mora García, pues a partir de entonces no se podía salir a la calle sin el previo salvoconducto emitido por la Policía Secreta o la Guardia Civil.

En esta situación caótica/militar se seguía sin nada que comer, y aunque nos dieron unas cartillas de racionamiento, las cantidades de alimentos que nos entregaban eran muy exiguas. No obstante, mi familia gozaba de la suerte de poder seguir recurriendo a Ballesteros de Calatrava como en los años de la contienda. Los viajes a Ballesteros seguían teniendo su riesgo, y muchas veces mi padre y yo los hacíamos campo a través, por la sierra y pasando por la Virgen del Socorro en Argamasilla, y el regreso al día siguiente por el mismo camino. En una ocasión traíamos en una maleta media ternera pequeña y al llegar a la Virgen del Socorro nos detuvo la Guardia Civil que nos registró y pidió documentación; el resultado fue que nos quitaron la mercancía.

En agosto de ese 1939, es decir, cuando contaba 15 años de edad, y después de pasar tres años sin escuelas, un buen día y sin previo aviso mi padre me dijo: “...mañana vas a trabajar a los Talleres de Calatrava de la Sociedad de Peñarroya de aprendiz de fundidor". Eso fue concretamente el 26 de agosto, y allí estuve un mes tras el que pasé al Taller Mecánico en donde estuve de ayudante de tornero, para pasar después al Taller de Utillaje, y posteriormente me trasladaron al Taller del Pozo Norte como aprendiz de ajustador.

Esto así contado puede parecer fácil, como un camino de rosas, pero esta etapa, concretamente el 10 de septiembre del año 1939, cuando ya estaba al servicio de la Hullera, hice un escrito de queja (me ayudaron a hacerlo) dirigido a Falange, porque me obligaban a hacer instrucción con un fusil de madera al mando de D. Donato Lujan, sacristán de profesión y jefe del Frente de Juventudes, algo que me hastiaba y repateaba. Esa acción mía, en aquella situación y circunstancias, le causó no pocos problemas a mi padre, el cual se vio obligado a recurrir a ciertas personas para intentar limar asperezas, pero a mí ni me reprendió ni me dijo nada, algo que siempre le agradeceré.

Por aquel entones yo ganaba 2 pesetas al día, de las que me descontaban 4 por no asistir a la instrucción de Falange, luego no había más salida que pasar por ese aro, o en caso contrario dejar de trabajar. La organización de este sistema falangista se hizo a través de lo que se llamó el Frente de Juventudes, cuyas prácticas eran la instrucción con un fusil de madera y la profusión de cánticos y consignas, y se constituyó por escuadras, una de las cuales fue la de Gastadores a cuyo frente estuvo el cabo Manolo Gil, empleado del comercio de Sixto, situado en la Plaza del Ayuntamiento. En esta tesitura pude continuar mi etapa profesional como ajustador de la Hullera hasta 1940 (con 16 años).

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