La Guerra Civil en Puertollano

Inmediatamente después del triunfo del Frente Popular en las elecciones de febrero de 1936, se fue perfilando una conspiración mejor organizada que la llevada a cabo por el general Sanjurjo en 1932. En marzo, la antirrepublicana Unión Militar Española presentó su plan de levantamiento, coordinado por Mola y concebido como un golpe simultáneo en todas las comandancias militares, para lo que, además del apoyo imprescindible de la oficialidad del ejército, buscó el de falangistas, carlistas y monárquicos.

En caso de triunfar la sublevación, su idea era formar un gobierno militar que permanecería en el poder el tiempo necesario para llevar a cabo sus intenciones, entre las que estaban la supresión del sistema parlamentario, el cese de las actividades de los partidos políticos y la revisión de lo legislado por la República en materia social y religiosa.

El levantamiento se inició durante la tarde del 17 de julio en la zona del Protectorado de Marruecos y se extendió, el 18 y 19, por diferentes guarniciones del país. Al no obtener un claro triunfo ni un rotundo fracaso, España, en pocos días, quedó dividida en dos zonas, la republicana y la nacional, respectivamente, dando comienzo la Guerra Civil.

Iba a ser una contienda entre valores democráticos y fascistas, en una Europa en la que, durante esas fechas, se desarrollaba el comunismo en la URSS, el nazismo en Alemania, el fascismo en Italia y la democracia en Gran Bretaña y Francia.

El 18 de julio ya se produjo un enfrentamiento armado en la localidad, pues, nada más conocerse la rebelión contra el Gobierno legítimo de la República, los mineros organizaron patrullas armadas e hicieron registros en los domicilios de los vecinos considerados de derechas.

A las 23’30 llegaron al de la familia Cabañero, en la calle Pi y Margall, de nivel acomodado y compuesta por el padre, Juan Gregorio, funcionario del Ayuntamiento y cesado por desafecto al régimen tras la llegada al poder del Frente Popular, la madre, María, y sus hijos Juan, jefe de la Falange local y casado con Gloria Rodríguez, que también se encontraba en la vivienda, Fernando, Eugenio, Gracia y Lucinda, esta última ausente, pues residía en Cáceres con su marido. Los llegados les pidieron que entregasen las armas que tuvieran, a lo que se negaron los de la casa, disparando e hiriendo a uno de los que pretendían entrar. Al conocerse este hecho, numerosas personas se encaminaron al lugar al grito de “¡Mueran los fascistas!, ¡Viva la causa proletaria!”, lanzando dinamita e iniciándose un tiroteo que se prolongó varias horas.

En el amanecer del domingo 19 llegaron guardias civiles de Ciudad Real, al mando del comandante Pedro Barcina del Moral y de los tenientes Antonio Criado José Ortiz, con una ametralladora que colocaron en la torre de la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción. En un principio, los sitiados pensaron que venían a rescatarlos, por lo que gritaron “¡Viva España!, ¡Muera el marxismo!, ¡Viva el ejército español!”, a lo que contestaron desde la calle “¡Viva la República proletaria!, ¡Muera el fascismo!”. María y su hija Gracia marcharon al pajar de una casa cercana, y Gloria, que estaba embarazada, salió al encuentro de los atacantes para pedirles que salvaran la vida de los sitiados, pero al serles exigido que se rindiesen sin condiciones, éstos se negaron, acabando todo a las 14 horas, tras ser abatidos los cuatro varones. A esas muertes se uniría, días más tarde, y como consecuencia de las heridas recibidas durante el enfrentamiento, la de un militante socialista, llamado José Belda, enterrado en la mañana del 21 de julio.

La comitiva partió del Hospital Municipal, con la carroza rodeada por jóvenes de las Milicias Populares y el féretro envuelto en una bandera roja. Ya en el cementerio, se pronunciaron algunos discursos. Asimismo, a poco de conocerse las noticias del alzamiento militar, las iglesias de Nuestra Señora de la Asunción y de la Virgen de Gracia fueron incendiadas y saqueadas, mientras que las de la Soledad y San Antonio, esta última en El Villar, sufrieron daños, como en su momento publicó don Mariano Mondéjar.

También durante los primeros días de la contienda fueron asesinados tres sacerdotes destinados en Puertollano: Enrique García-Mateos Aparicio, Alejandro Prieto Serrano y Jaime Cabañero y Cabañero, respectivamente. Sólo salvó su vida el coadjutor Gaspar Naranjo Molina, que logró escapar de la población y refugiarse en su localidad natal, Aldea del Rey.

Enrique García-Mateos Aparicio era párroco de Nuestra Señora de la Asunción. Había nacido el 15 de julio de 1891 en La Solana (Ciudad Real) y llegó a Puertollano en 1932. El 18 de julio de 1936 pudo ocultarse, pero al salir de su escondite e ir por la calle San José, una mujer lo descubrió y fue atacado por los vendedores del cercano mercado público. El alcalde, Leonardo Rodríguez Barrera, enterado de lo que sucedía, logró subirlo a un coche, salvarlo de la furia de la gente y llevarlo a la cárcel de Almodóvar del Campo, donde estuvo con unas 30 personas de Puertollano. El 5 de agosto fue fusilado junto a las tapias de la fábrica de orujo de Miguel de la Vega y enterrado en esa localidad. Acabada la Guerra Civil, sus restos fueron trasladados a Puertollano.

Alejandro Prieto Serrano, por su parte, nació el 13 de agosto de 1889 en Villarramiel (Palencia) y vino a Puertollano en 1927, como maestro de las Escuelas del Ave María. Fue apresado el 26 de julio y trasladado a la cárcel de Almodóvar del Campo, siguiendo, a partir de entonces, idéntico desenlace que Enrique García-Mateos.

En cuanto a Jaime Cabañero y Cabañero, era coadjutor en Puertollano, donde había nacido el 5 de marzo de 1873. El 26 de julio fue sacado de su casa y llevado a Las Pocitas, donde, a las 15:30 horas, fue asesinado. Quedó enterrado en la localidad.

También sería fusilado, aunque el 3 de septiembre y en Miguelturra, lugar en el que estaba destinado, Joaquín Roldán Fernández, que había sido párroco en Puertollano desde 1920 hasta 1933.

Por lo que respecta a la Iglesia Evangélica de la ciudad, su lugar de culto en la calle Ancha fue respetado. Se cerró durante la Guerra Civil, aunque se siguió celebrando la liturgia en el interior, sin acceder por la puerta principal.

Cuando los frentes aún no habían quedado consolidados, de la población partieron 16 milicianos provistos de armas y explosivos con dirección a Villanueva de Córdoba, para ayudar en el ataque a los edificios donde se habían hecho fuertes los rebeldes. Consiguieron 200 prisioneros y la localidad pronto recobró la normalidad.

Otra expedición salió hacia Villanueva de la Serena (Badajoz). Un tren compuesto por siete unidades, entre ellas un vagón de explosivos, transportó a 200 integrantes de las Milicias Populares pertrechados con material de guerra, incluida una metralleta, y que contribuyeron a que, el 30 de julio, la localidad ya hubiese pasado a manos de la República.

Días después, a comienzos de agosto, circuló la alarma infundada que refería el aterrizaje de un avión nacional en las proximidades de la ciudad, en el término de La Higuera. Por su parte, el Batallón de Milicias “Adelante”, que tuvo su sede en el Colegio de los Marianistas de Ciudad Real e hizo las prácticas de tiro en La Atalaya, se encomendó al capitán Benigno Cardeñoso Negretti, vecino de Puertollano. El objetivo militar de la agrupación fue acudir en apoyo de Talavera de la Reina que, no obstante, fue tomada por las tropas nacionales el 3 de septiembre de 1936, cuando su avance a través de Extremadura y del valle del Tajo, camino de Madrid, era imparable.

A finales de septiembre de 1936, el Gobierno republicano, una vez evidenció que se encontraba en una guerra cuya duración era imprevisible y no en un conflicto pasajero y que se iba a resolver con prontitud, llamó al servicio a las quintas de 1932 y 1933, que se añadieron a la ya incorporada de 1934. A su vez, militarizó a las fuerzas voluntarias y los jefes, oficiales y clases de Milicias pasaron a la escala activa del Ejército. Un mes después, el Consejo de Ministros aprobó un Decreto por el que todos los varones comprendidos entre 20 y 45 años también permanecerían militarizados para cuantos trabajos de guerra fuesen precisos. De igual modo, a comienzos de junio de 1937, fue llamado a filas el reemplazo de 1931.

Las instalaciones de la Sociedad Minero Metalúrgica de Peñarroya, SMMP, quedaron bajo la autoridad del Gobierno republicano, al igual que el tramo ferroviario que iba desde la ciudad a Villanueva del Duque. Las autoridades locales desarmaron a los guardas de la empresa y requisaron los automóviles, mientras que el Sindicato Minero se apoderó del depósito de dinamita. Asimismo, a los hermanos José e Isidoro Díaz Díaz les fue incautada la Huerta de Patón, que surtía al Servicio de Aguas de Puertollano y que ambos administraban desde 1933. Por su parte, la UGT y la CNT se hicieron cargo de la mayor parte de la actividad económica del municipio, que fue gestionada por los trabajadores, suprimiendo la iniciativa privada.

Diariamente salían varias expediciones de carbón para el abastecimiento de Madrid y otros lugares. Así, el 20 de agosto de 1936, se enviaron 932 toneladas de Peñarroya, 102 de La Extranjera, 57 de San Esteban, 42 de Demasía, 22 de Valdepeñas y 20 de La Magdalena. En total 1.175 toneladas, de las que 368 tuvieron como destino la capital de la España republicana. El rendimiento variaba de un día para otro, pues, en ocasiones, llegó a 1.005 y otras quedó en 456.

Era tal la importancia que el Gobierno daba a la producción de carbón que, de las diferentes quintas movilizadas, quedaron exceptuados los mineros de Puertollano, los cuales fueron puestos a disposición de dicha industria.

La productividad media de pizarras bituminosas y carbón durante los años de guerra, tan necesarios para la causa republicana, sobre todo tras caer en octubre de 1937 la cuenca asturiana en manos de los sublevados, fue de 72.000 y 360.000 toneladas, respectivamente, en medio de unas condiciones laborales difíciles, pues la mayor parte de los jóvenes de la ciudad había marchado al frente y el resto de trabajadores a los que fue necesario recurrir, además de mal alimentados y tener una edad avanzada, disponían de poca experiencia en esas tareas. De hecho, las cifras anuales obtenidas de carbón fueron similares a las de comienzos de siglo.

Según Ramírez Madrid, durante los tres años de lucha sólo hubo un conflicto laboral. Fue en la mina San Esteban, y lo promovió la CNT contra su Consejo de Dirección.

En septiembre de 1936, la Federación Local de Sindicatos Unidos celebró una Asamblea Comarcal para organizar el trabajo y la distribución de la riqueza en las colectividades de campesinos que se iban a constituir y a las que se entregarían tierras, aperos de labranza y yuntas, acudiendo las organizaciones de la CNT y UGT de los pueblos cercanos.

Acabada dicha reunión, se celebró un mitin en la plaza de toros, presidido por Eulogio Ruiz, delegado de la comarca de Puertollano de la CNT, y en el que tomaron la palabra Blas Sánchez y Juan Ortega, por ese sindicato, y José Antonio Blanco y Julio Guzmán por la central ugetista. Blas Sánchez dijo que “la propiedad individual había fracasado, por lo que los campesinos tenían que defender la tierra para uso general” y que “era necesario organizar la retaguardia con el máximo de sacrificio”. Por su parte, Julio Guzmán señaló que “la CNT y la UGT ya no eran organizaciones de resistencia, sino que estructurarían la nueva vida colectiva”, añadiendo que “la causa del fracaso material de octubre de 1934 fue la desunión”, y que “la utopía soñada por Marx y Bakunin en el siglo pasado empezaba a ser una realidad en España”.

La población, durante la guerra, permaneció en la retaguardia y alejada de las operaciones bélicas. El mando militar estableció un Destacamento de Defensa Antiaérea y, en octubre de 1936, se creó el Batallón “Puertollano”, con 236 miembros, procedentes de los sindicatos UGT y CNT y que, organizado por el sargento Lorenzo García Gómez, del Regimiento Nº 2 de Infantería, acudió a los frentes cordobés, extremeño y valenciano, para dedicarse, cuando regresaba a la localidad, a vigilar las entradas y salidas de la misma y a custodiar los trenes de carbón, según publicó en su momento el profesor Alía.

Mediada la mañana del 13 de enero de 1937, la ciudad fue atacada. Dos aviones que volaban a escasa altura, lanzaron algunas bombas que provocaron sólo daños materiales de escasa consideración, debiendo intervenir las defensas antiaéreas que se habían dispuesto.

Los bombardeos se repitieron el 6 de marzo, en esta ocasión a cargo de aparatos de la Legión Cóndor alemana, originando varios heridos graves. La alarma creada hizo que se construyeran tres refugios subterráneos, ubicados en el Paseo San Gregorio, junto a la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción y en la confluencia de las calles Ave María, General Aguilera y San Gregorio, respectivamente.

Puertollano se llenó de refugiados procedentes, la mayor parte de ellos, de las zonas limítrofes de Extremadura y Andalucía, calculándose su cifra en torno a 12.000 a mediados de febrero de 1937. Según Julián López y Luis Pizarro, asimismo se creó un Comité de Abastecimiento, un Hospital de Sangre, con 22 camas, y funcionó el Socorro Rojo Internacional, con sede en la calle Calzada nº 10, y que se dedicó a labores asistenciales y humanitarias, como creación de comedores para niños y confección de prendas de vestir.

El lunes 5 de octubre de 1936 comenzó a ejercer su labor en Ciudad Real el Tribunal Popular, creado para “juzgar los delitos efectuados con motivo del actual movimiento fascista que asola el país”. El Fiscal General de la República, Eduardo Ortega y Gasset, que había sido diputado por la provincia en 1931, reiteró, en abril de 1937, que todos los detenidos fuesen puestos a disposición de los Juzgados y que no hubiese detenciones arbitrarias. Tales medidas, pese a las buenas intenciones del Gobierno, no siempre se cumplieron, pues, principalmente tras los primeros momentos del golpe de Estado, se formaron comités y organizaciones populares encargadas del orden público y de reprimir a los que habían respaldado la subversión o se creía que tenían simpatías hacia la misma.

En Puertollano, 58 personas consideradas de derechas fueron víctimas de la violencia durante la Guerra Civil. Según el profesor Alía, el bando ganador contabilizó 63, aunque, entre ellos, incluyó un fallecido antes del inicio del conflicto y cuatro que cayeron en acciones bélicas, como también han demostrado López y Pizarro. La posterior represión franquista contra los vencidos alcanzaría mucha mayor virulencia, pese a que se llevó a cabo en un contexto diferente, cuando el enfrentamiento armado ya había terminado.

Entre los actos con significado político desarrollados durante el conflicto, hay que mencionar el que, el 28 de enero de 1937, celebraron las Juventudes Socialistas Unificadas en pro de una mayor cohesión con otros colectivos, línea marcada, días antes, por la Conferencia Nacional Juvenil realizada en Valencia. Intervinieron el ciudarrealeño José Serrano Romero, secretario general de la Federación Provincial de las JSU y, desde el 7 de octubre de 1936, cuando contaba con 26 años de edad, gobernador civil de la provincia, cargo que desempeñó hasta el 21 de mayo siguiente; Francisco López Real, de Riotinto (Huelva), miembro de la Comisión Ejecutiva Nacional de la entidad organizadora del acto, y el puertollanense Rufino Alonso, enrolado en el Batallón “Largo Caballero”.

José Serrano Romero saludó a los refugiados que se habían visto obligados a buscar cobijo en la localidad y a los mineros que, con su trabajo, ayudaban al Gobierno de la República; pidió unidad a las centrales UGT y CNT, y envió un saludo a los jóvenes libertarios, a los que requirió coordinar las acciones, “pues la lucha por la independencia de España corresponde lo mismo al republicano, al hombre de la FAI y a los partidos marxistas”. Francisco López Real, por su parte, incidió en la aportación de todos en la lucha por una República democrática y parlamentaria, y en cuanto a Rufino Alonso, leyó un escrito firmado por los jóvenes de la población pertenecientes a su unidad, en el que pedían el afianzamiento de un régimen constitucional y el apoyo de la retaguardia, algo que se estimaba fundamental para ganar la guerra.

Asimismo, el 4 de marzo de ese año, visitó la ciudad el ministro de Industria, Juan Peiró Belis. Era uno de los cuatro representantes anarquistas que habían entrado a formar parte del gabinete de Largo Caballero, constituido en septiembre de 1936. Los otros tres miembros fueron Juan García Oliver, en Justicia; Juan López Sánchez, en Comercio, y Federica Montseny, en Sanidad y Asistencia Social y primera mujer que formó parte de un Gobierno en la historia de nuestro país. Acompañaron a Juan Peiró, Marino Saiz Sánchez, diputado; José Royo Gómez, director de Minas, y Antonio Cordero, ingeniero delegado de Combustible.

Por la mañana, el ministro estuvo en las Destilerías Calatrava, donde los obreros le expusieron, como necesidad más perentoria, la carencia de vagones cisterna para evacuar el ord-oil, combustible líquido que resultaba de la obtención de la gasolina, pues tenían almacenados dos millones y medio de litros de dicho producto. El sr. Peiró indicó que el problema iba a desaparecer, ya que se estaban construyendo unidades de transporte en los talleres de Linares y Puertollano, con lo que las Destilerías iban a quedar desahogadas. Siguió una charla con periodistas, en la que destacó algo que, desde hacía tiempo, se estaba convirtiendo en un problema cada vez más palpable: la existencia de demasiados Comités que, según su opinión, y lo señalaba un anarquista, entorpecían la gestión oficial, poniendo como ejemplo que en el ramo del ferrocarril estaban creados más de 10.000. En una reunión posterior con los sindicatos mineros, éstos le mencionaron que, debido a la guerra, no había en Puertollano ningún ingeniero, solicitando su envío para ponerse al frente de la dirección técnica de las explotaciones.

A las 19 horas se celebró el acto central, con el Gran Teatro abarrotado de público. Comenzó hablando un representante de las Juventudes Libertarias, que abogó por la unión de todos los trabajadores, aunque tuviesen que renunciar a ideales propios. En cuanto al ministro, en su intervención, pidió a los obreros que intensificasen la producción y que no hubiese pugnas entre la CNT y la UGT.

Luego se ocupó de la guerra, de la que dijo que “estaba seguro que no podía perderse, pero que podía darse el caso de que no se ganara”, juego de palabras que era una evidente alusión a la negativa trayectoria que, en esas fechas, seguían los asuntos militares para la República.

Señaló que Inglaterra y Francia parecían dispuestas a mediar en una solución amistosa, a lo que tanto él, como el jefe de Gobierno, Largo Caballero, se oponían, estando de acuerdo con una frase que éste había pronunciado: “Mis brazos no se abrirán jamás para estrechar a los asesinos de tantos trabajadores, de tantas mujeres y de tantos niños inocentes. Abrazos de Vergara, no, no y no”. El acto finalizó a las 20’30 horas y, a la mañana siguiente, Juan Peiró regresó a Valencia, sede del Gobierno desde noviembre de 1936.

Respecto a su última alusión, hay que señalar que la postura de los dirigentes republicanos fue cambiando con el paso del tiempo. Así, el 30 de abril de 1938, el presidente del Gobierno, Juan Negrín, presentó los llamados Trece Puntos, en un intento de finalizar la guerra mediante una paz negociada entre los dos bandos en lucha. Similar idea fue expuesta por el presidente de la República, Manuel Azaña, en el célebre Discurso de la Paz, Piedad y Perdón, pronunciado el 18 de julio de ese año en el Ayuntamiento de Barcelona. En el mismo, además de hacer una reflexión sobre lo absurdo de la guerra como solución a los problemas de España, lanzó un mensaje de reconciliación y se mostró partidario del pacto para no prolongar más la contienda. A ambos llamamientos no hizo caso el bando franquista que, por entonces, ya se veía claro ganador de la guerra y sólo buscaba el triunfo completo y la rendición incondicional de los vencidos.

Pocos días después de la estancia de Juan Peiró, corrió el rumor de que las tropas nacionales se encontraban en las proximidades de la ciudad, con el fin de apoderarse de sus minas. De inmediato, el gobernador civil, José Serrano, aseguró que “seguían a más de 100 kilómetros y que no habían avanzado un paso durante los últimos meses”.

A mediados de abril de 1937, los sindicatos de Gas y Electricidad, en las personas de Marcial Salcedo, por la UGT, y Sebastián Bolaños, por la CNT, protestaron por el intento del Ayuntamiento de municipalizar los servicios eléctricos. Manifestaron que llevaban en incautación provisional 30 pueblos de la provincia y que sus servicios eran eficientes y la contabilidad rigurosa.

Con el fin de aunar esfuerzos en la lucha que se estaba llevando a cabo e implicar en la misma a todas las tendencias que apoyaban al Gobierno, es decir, socialistas, comunistas, anarquistas y republicanos de izquierda moderada y de centro, el 3 de mayo de 1937 se creó el Consejo Municipal. Lo compusieron seis miembros de la UGT, Rafael Meneses, Benito Bonales, Carmelo Moreno, Tiburcio Morales, Andrés Cardeñoso y Cecilio López; seis de la CNT, Sandalio Quintanar, Rufino Navarro, Casto Martín, Alejandro Trapero, Antonio Picó y Abelardo García; tres del PCE, Cesáreo González, Miguel Cárdenas y Antonio Bolaños; dos del PSOE, Leonardo Rodríguez, que continuó como alcalde, y Ángel Vallejo; dos de Izquierda Republicana, Francisco Muñoz y Simón Alonso, y uno de Unión Republicana, José Collado. Para entonces, se impusieron las Cartillas de Racionamiento y, en junio, los vales de gasolina destinados a vehículos particulares. Cuatro meses antes, el litro de ese producto costaba 1’20 pesetas.

Aunque, desde el momento de la sublevación se pretendió que los organismos y entidades continuaran funcionando dentro de la mayor normalidad posible, el ritmo de la vida diaria, como es obvio, se alteró en gran medida.

En las Escuelas Nacionales se decidió anticipar la apertura del curso, dando comienzo las clases el 1 de septiembre. Por su parte, un Decreto aplazó, sin determinar fecha, los exámenes previstos para ese mes en los Institutos, “en tanto duraban las actuales anómalas circunstancias”, al igual que el inicio de las clases. Asimismo, declaró nulo todo acto académico efectuado desde el 18 de julio en los centros fuera del control del Gobierno de la República y facultó al Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes para el libre traslado de maestros y profesores. Respecto al Instituto de Bachillerato, pese a que durante el curso 1936-37, es decir, ya en pleno conflicto, llegó a 144 alumnos, seis más que en el anterior, apareció la figura del comisario director.

Durante el siguiente, con una mujer, Ana Fernández, por primera vez como responsable del Centro, disminuyó algo el número de asistentes, dándose el caso de alumnos que, con 18 ó 19 años, causaron baja a lo largo del período escolar, por tener que incorporarse al frente, no abonando el segundo plazo de la matrícula. En el 1938-39, el número de alumnos descendió a 94, y las bajas se sucedieron de forma continua, en bastantes casos por traslado a otros lugares o a sus sitios de procedencia, tal vez en busca de mejores perspectivas conforme se vislumbraba el final de la contienda. También faltaron profesores, e incluso el que iba a ser nuevo director, Edgar Agostini, ni siquiera pudo tomar posesión del cargo, al ser movilizado.

Por su parte, el Centro Popular de Instrucción, que había comenzado su decadencia años atrás, fue ocupado por el Servicio de Intendencia Militar. De igual modo, el Hospital Municipal también se vio afectado, ya que, en abril de 1937, estaban vacantes las plazas de Oftalmología, Laringología, Odontología, Puericultura, Tisiología e Instrucción Sanitaria, haciéndose una convocatoria pública para cubrirlas. Ese año, algunos médicos que prestaron servicio en la localidad fueron Pedro Úbeda Sánchez-Vizcaíno, Eusebio Cabañero Dueñas, Pedro Pérez López, Julio Fraga de Porto, José García Castañeda, Juan de Dios Muñoz López, Manuel Giraldo Gallego y Julio Giménez Fernández.

En los primeros meses de guerra se organizaron Festivales y Veladas Artísticas, destinadas a recaudar fondos para las Milicias y el Hospital de Sangre. Se desarrollaron en el Gran Teatro, cuyo personal prestó sus servicios desinteresadamente, y estuvieron a cargo de la Agrupación Artística de Jóvenes Antifascistas de la localidad, cuyos principales actores eran Germán Mozos, Lola Valverde, Fernando Cuadra, Margarita García y Josefa Cano.

Así, en la segunda quincena de agosto, fue escenificada la obra Nuestra Natacha, de Alejandro Casona, con asistencia del gobernador civil, Germán Vidal Barreiro, del presidente de la Diputación, Francisco Maeso, y de otras autoridades. Durante la función se oyeron vítores y aclamaciones favorables a la República. El sábado 5 de septiembre, Fernando Cuadra, estudiante de Magisterio, declamó los romances ¡No pasarán, no pasarán!, de Eugenio Cano Fernández, y Francisca Solano, que José Antonio Balbontín había dedicado a una capitana de Milicias caída en el frente de Guadarrama. Seguidamente, se representó la obra en tres actos La mala ley, de Manuel Linares-Rivas. El espectáculo fue amenizado por la Filarmónica Puertollanense, dirigida por Rafael Martínez, que acabó la actuación interpretando La Internacional y otros himnos proletarios que el público escuchó de pie y con el puño en alto. Quince días más tarde, el 19, montó Juan José, de Joaquín Dicenta, pieza de denuncia social que había sido estrenada en el Teatro de la Comedia de Madrid en 1895. A su vez, el 10 de octubre acudió a la población el Grupo Artístico de Aficionados de Ciudad Real, integrado por funcionarios de Hacienda, que representó Cobardíasy Ruidos de campanas.

Con idéntico fin benéfico, se anunciaron dos Festivales Taurinos. El domingo 30 de agosto fueron lidiados ocho novillos de la ganadería de Santiago Irala, de Almodóvar del Campo, para Agustín Díaz “Michelín”, Manuel del Pozo “Rayito”, Francisco del Pozo “Rayito II”, Martín Bilbao, Ángel Soria, Fernando Ruiz “El Guerrillero” y, por parte local, Francisca Laín “Espontánea” y José Romero “Joselillo”, organizador del evento junto a varios aficionados y que fue, con “Michelín”, el triunfador de la tarde. Se llenó el coso y se recaudaron 10.500 pesetas. Dos semanas después, el 13 de septiembre, torearon “Michelín”, “Joselillo” y “Escolástico”, también novillero de la localidad, junto a “El Guerrillero”, que estoqueó dos becerros. Los matadores hicieron su presentación en la plaza con el puño en alto y, durante el riego de la plaza, la Banda Municipal tocó La Internacional, que escuchó el público en pie y también con el puño levantado.

Hechos como los anteriores fueron desapareciendo con el paso del tiempo, y el día a día cada vez resultó más amargo y duro de sobrellevar, en medio de la escasez y penurias motivadas por el estado de guerra en que estaban sumidas la población y el país.

Ya en el otoño de 1938, las perspectivas para la República eran poco favorables, evidenciándose una desmoralización en la mayor parte de los habitantes. De cara a la ciudadanía, las autoridades procuraron dar una imagen de esperanza, pues, incluso, en la sesión del 29 de noviembre, elaboraron el Presupuesto Municipal para 1939, cifrado en 1.693.489 pesetas, pensando en que, tal vez, se llevase a la práctica, algo que no ocurrió, pues la ciudad, a finales de marzo de ese año, pasó a manos nacionales.

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