El gran desastre y la sangría humana de la primera Guerra Carlista en Calzada de Calatrava

La situación de la población calzadeña durante la primera Guerra Carlista fue bastante desastrosa, debido a un cúmulo de hechos y situaciones que concurrieron, además de la propia guerra. En primer lugar, la sangría humana que supuso al ser una de las poblaciones del Campo de Calatrava con una gran aportación de hombres a la causa carlista, a lo que se añade el tener como natural de la villa de Calzada a uno de los cabecillas locales más emblemático y peculiar de la misma: Antonio García de la Parra y González-Pastrana, alias “Orejita”, este personaje “arrastró” a muchos de sus paisanos para unirse a su partida; unos convencidos ideológicamente, otros dejados llevar por las circunstancias, como los jornaleros sin empleo y aquellos que fueron “obligados” a compartir ideales u objetivos particulares que no asumían como propios. En segundo lugar, la epidemia del cólera morbo que azotó la villa en el otoño del año 1834, causando un fuerte estrago en la población, y en este caso sin distinción de clases sociales . En tercer lugar, el pago de los impuestos extraordinarios de guerra al ejército liberal, que mermaban incluso las despensas particulares y privadas del sustento familiar, con la entrega de trigo, cebada, carros y ganadería. En cuarto lugar, las constantes “entregas” en dinero, especies y ganado exigidas por las tropas carlistas en sus incursiones tan frecuentes en la población; sobre este particular la aldea de Huertezuelas, situada en plena Sierra Morena, fue durante la mayor parte de la guerra un cuartel permanente de las diferentes partidas carlistas, llegando al extremo de que ningún vecino quería asumir el cargo de alcalde pedáneo de la misma, disponiéndose por parte de la alcaldía calzadeña nombrar cada mes a un vecino para desempeñar dicho cargo, y así, repartir tan ingrato nombramiento entre todos los vecinos, liberándolos de su responsabilidad ante la Hacienda Pública, sobre el impago de los impuestos, ya que las partidas carlistas se encargaban de cobrarlos ellos mismos . Y, por último, otro enemigo, la langosta, que destruía los campos aprovechando la falta de recursos de los agricultores para poder combatirla, amén de los incendios provocados en las escaramuzas de las diferentes partidas carlistas, utilizada como último recurso cuando no conseguían sus objetivos en su asalto a las poblaciones. Dentro de este marco histórico local, que por otra parte era muy similar en muchas poblaciones de la provincia, surgió la desamortización de las encomiendas enclavadas en el término de Calzada, que pertenecieron a las dignidades del Priorato del Sacro Convento de Calatrava y las de Sacristanía y Fuente del Moral, algo para lo cual en aquellos momentos no estaban preparados (sobre todo económicamente) los propietarios y pequeños agricultores calzadeños, que vieron cómo tierras que venían disfrutando en arrendamientos comunitarios pasaban todas ellas a manos de propietarios forasteros, vecinos de Almagro y Madrid. Sólo se libró, la dehesa boyal del Encinar que, a petición de la corporación municipal, se repartió en parcelas bajo censo enfitéutico entre todos los vecinos que lo solicitaron, previa licencia del Gobernador y la Diputación provincial, tal como queda reflejado en los capítulos anteriores.

Son varios los testimonios de las diferentes corporaciones municipales y los informes, elaborados por los escribanos de la época, que confirman todo lo expuesto anteriormente. El 26 de marzo de 1841, se informa sobre el sueldo que percibían los Milicianos Nacionales de Calzada de Calatrava en los años 1834, 1835 y 1836: capitán 20 rs; teniente 10 rs; subteniente 7’26 rs; sargento primero 6 rs; sargento segundo 5’17 rs; cabo primero 5 rs; cabo segundo 4’17 rs y soldado y tambor 4 rs . El Ayuntamiento de Calzada, el 24 de abril de 1841, solicita la libertad de 26 mozos calzadeños, al haber sido sacados de sus casas en febrero de 1838 por el ejército carlista de Basilio a la fuerza, y a la fecha estaban prisioneros en la isla de León . El escribano José Camacha, el 11 de julio de 1837, informaba sobre los recibos que había en el Ayuntamiento de Calzada, de las raciones suministradas a las tropas del ejército que pasaron y permanecieron en la villa, desde el mes de enero hasta mayo de 1837. Con un total servido de 8.936 raciones de pan, 3.243 de carne, 3.221 de vino, 860 de paja y 1.574 celemines de cebada, firmado por los alcaldes José Muñoz y José Serrano . El ejército de Andalucía reclamaba con urgencia, el 19 de abril de 1838, al Ayuntamiento de Calzada, 2.000 raciones de pan, carne y vino para los soldados y 200 raciones de paja y cebada para la caballería. Se contesta que por entonces se acababa de alojar en la villa otra columna del mismo ejército, y toda la Corporación estaba recogiendo casa por casa las raciones que encontraban en alacenas, cestas, cámaras y cuartos escondidos, quitando a los vecinos (el que lo tenía) el sustento del día. Por el efecto del año, las invasiones y la catástrofe del 26 de febrero último, la mayor parte de la población estaba fuera, en busca de su existencia, debido al hambre. A las casas más acomodadas se les pasaban los seis y ocho días sin probar el pan. En este estado se encontraba el pueblo, de todo lo cual podía dar fe el Jefe de la columna del ejército residente en aquellos momentos en la villa.

El 21 de julio de 1838, por orden del Coronel Jefe de la 2ª Brigada del Ejército de Infantería de Reserva de Andalucía, debía establecerse un Hospital Militar, en Almodóvar del Campo cabeza de partido, para curación de todos los enfermos de guerra, provisto de 200 camas. Cada camastro estaría compuesto de un jergón, dos sábanas, una almohada, una manta y tablado correspondiente, los cuales debían suministrarlos las poblaciones pertenecientes a dicha cabeza de partido.

Sobre los hechos ocurridos el lunes 26 de febrero de 1838, en el asalto e incendio de la iglesia parroquial Nuestra Señora del Valle, “La Iglesia Quemada”, convertida en fuerte por las fuerzas de la Milicia Nacional local. Tan sólo mencionar que este suceso marcó a la población de Calzada, que durante varias generaciones siguió conmemorando con un acto religioso en la ermita-parroquia de Nuestra Señora de los Remedios cada 26 de febrero el recuerdo de las víctimas del incendio, hasta bien entrado el siglo XX. Las fuentes tradicionales dan un número de 164 víctimas, el escribano del ayuntamiento don Clemente de la Carta en un informe de enero de 1839 nos da un número de más de doscientos fallecidos, y según la sentencia y posterior discurso del general Narváez en Calzada, en el mes de agosto de 1838, se citan 300 víctimas . De cualquier forma este suceso mantuvo dividida a la población en dos sectores, durante todo el resto del siglo XIX y gran parte de la mitad del siglo XX, brotando nuevamente la guerra fraticida en julio de 1936.

Relación de los fallecidos en el fuerte-iglesia el lunes 26 de febrero de 1838:

Frey don Luis Lesmes de Acha, Sacristán Mayor de la Orden de Calatrava; don Lorenzo Serrano de León, presbítero; don Vicente Almodóvar, subteniente de la Milicia Nacional; Francisco Moreno; Benito del Campo; Juan Antonio Chicharro; Juan Sánchez; Olayo Ferrer; don Ramón Real y Rodrigo de Mena (marido de doña Paula Sánchez Villalón y hermano de don Andrés Real y Rodrigo de Mena y cuñado de don Fernando Casado Sirelo); Juan de la Calle; Ramón de León; Francisco Real; Fidel Ruiz-Ganabacas, regidor; Jacinto Peralta; don José Serrano, alcalde; Ramón Zapata; Antonio Moreno Serrano; Pedro García Baltasar; José López; Santiago Carrillo; Antonio Ferrer y Benito Guío .

El citado en las fuentes documentales como víctima, don Ramón Leal, sería en realidad don Ramón Real y Rodrigo de Mena, ya que el apellido Leal no figura en los libros parroquiales de Calzada; siendo un error, bien de interpretación o de imprenta, al transcribirlo en el Boletín Oficial.

Las fuerzas del general carlista Basilio García no se conformaron con asaltar e incendiar la iglesia parroquial, con todos los liberales, niños, mujeres y rehenes dentro del templo, sino que además, saqueó las casas de todos los liberales que se encontraban en la iglesia, entre ellos alcalde y regidores, y de los adictos a la causa liberal que se hallaban fuera de la villa, como es el caso del teniente de voluntarios nacional, Jesús Muñoz y la hacienda del otro alcalde de la villa, José Muñoz. También desaparecieron muchos de los papeles de las cuentas de las contribuciones ya que, al no existir un lugar destinado para archivo municipal, los documentos corrientes municipales estaban en las casas de los representantes del ayuntamiento, las cuáles fueron saqueadas.

Domingo Sánchez, hijo de Juan, miliciano nacional de Calzada, que pereció en la catástrofe de la invasión de Basilio, en febrero de 1838, se hallaba mendigando por las calles de la población para poder subsistir, al quedar huérfano, con el agravante de encontrarse inutilizado de sus miembros, por haber tomado la resolución desesperada de arrojarse desde una ventana de la torre de la iglesia, para librarse de las llamas que consumían a todos los que se refugiaron dentro de la parroquia. En julio de 1838 se pedía que el Gobierno facilitase su entrada en el establecimiento (hospicio) de San Bernardino en la ciudad de Madrid.

Nuevamente en agosto del fatídico año de 1838, se produce la llamada venganza reclamada por las víctimas, según las propias palabras del general Narváez, en la sentencia que dictó el 15 de agosto en el cuartel general de Calzada, ordenando el fusilamiento a las 8 de la mañana del día 16 en las puertas de la “Iglesia Quemada” (donde perecieron 300 víctimas inocentes), de los vecinos Ramón Fernández Rubio (a) el Moro, Ascensión hija del Fraile y el párroco frey don Valeriano López Torrubia, acusados todos de instigar a las fuerzas carlistas en la catástrofe del 26 de febrero; dictaminando también el destierro del presbítero don Juan José Vadillo Valencia y la amonestación por su conducta al escribano don Clemente de la Carta, presenciando ambos la ejecución de los tres mencionados .

El presbítero don Juan José Vadillo Valencia, estuvo desterrado en la villa de Martos (Jaén) hasta que, el 15 de febrero de 1841, Su Majestad la Reina levantó dicho destierro, regresando a su villa natal de Calzada de Calatrava hasta su fallecimiento, el 24 de abril de 1857 . Este clérigo recuperó en 1843 la Semana Santa calzadeña, con la refundación de la cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno.

La Vicaría Eclesiástica de Ciudad Real, el 21 de agosto de 1838, nombra cura ecónomo de Calzada al que lo era de Aldea del Rey, don Tirso Martínez, por fallecimiento de don Valeriano López Torrubia, cura párroco del hábito de Calatrava.

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