El cuento de Litufa, una brujita especial

Todo comenzó en una noche gris de tormenta rabiosa, en la que las ramas de los árboles braceadas por el viento, parecían fantasmas. Las nubes, más negras que el hollín, arrojaban agua por todos los rincones. El cielo, ensordecía a cualquier ser viviente por la forma que tenia de tronar, y los animales del bosque, aterrados, se adentraron en una cueva abandonada, guareciéndose así, de la gran borrasca.

Hay una leyenda muy antigua en el mundo de la brujería, que cuenta como tras las peores tormentas, la magia se mezcla, dando lugar al nacimiento de una bruja muy especial.

Y en la casa de madera de la familia Anca de Rana y Ojo de Gato, algo inusual se percibía: pues iba a nacer un bebé.

La bruja Cardo Blanco se encontraba de parto, tumbada sobre una cama bastante destartalada, agarrada de la mano de su esposo; el brujo Pontemáx.

La bruja partera calentaba agua, cogía varias toallas viejas y una garra de iguana, con la que cortaría el cordón umbilical del bebé.

Las abuelas y tías, cocinaban en un caldero de cobre, un consomé de lo más asqueroso para el paladar de las personas normales, pero riquísimo para ellas. Su receta llevaba un cuarto de kilo de pezuñas de cabras montesas, un puñado de alas de moscas, medio kilo de babosas, dos cebollas, unas cuantas hojas de laurel, aceite y sal al gusto.

Por otro lado, los abuelos y tíos, colgaban romero y tomillo alrededor de la casa, con la pretensión de espantar las malas energías y ayudar al bebé, a nacer en armonía con las leyes del universo.

Todo estaba dispuesto para el nacimiento de la criatura, y repentinamente se oyó gritar a la bruja Cardo Blanco y acto seguido, el llanto de un bebé recién nacido.

— ¡Es una niña, es una niña! —dijo la bruja partera, con gran satisfacción en el rostro, porque la pequeña brujita estaba completamente sana.

Todos los brujos y brujas de la familia Anca de Rana y Ojo de Gato celebraron la buena noticia. Y la abuela paterna, la bruja Tritona, muy entusiasmada les dijo a todos los presentes:

— ¡Quizás, mi nieta podría llamarse como mi tatarabuela; Anfibiona! Es un nombre tan bonito y con tanta historia…

— ¡Oh Tritona! me gustaría llamarla Litufa, si su padre está de acuerdo. — Le contestó la mamá de la criatura, la bruja Cardo Blanco, mientras se secaba el sudor de la frente con un pañuelo de tela de araña.

— ¡En este caso, bienvenida a la familia! querida Litufa. —dijo el brujo Pontemáx, con una sonrisa muy amplia de oreja a oreja.

Y toda la familia allí presente, en cuanto cayó la noche y hubo amainado la tormenta, se adentró en el bosque. Las abuelas prendieron una gran hoguera y todos bailaron y cenaron, alrededor del fuego, en honor al nacimiento de Litufa.

Conforme iba pasando el tiempo, Litufa daba muestras de ser un bebé bruja muy espabilada, pues con apenas ocho semanas de vida, ya intentaba gatear y había veces que hasta lo conseguía.

Toda ella era una ricura: con su cara redonda, pecosa y sonriente, sus ojos grandes y castaños. Pero el pelo era lo que no se apreciaba del todo bien, porque tenía muy poca cantidad, aunque parecía rubio dorado o rubio anaranjado.

Toda la familia comentaba, que guardaba un gran parecido con la tía abuela Petunia, parecían dos gotas de agua. De hecho, Petunia empezó a decir que quería ser la madrina de Litufa, sobre todo, porque ella nunca tuvo hijos con su difunto marido, el brujo Tritón Escamoso, y en esa pequeña brujita, de alguna manera, se veía identificada.

Y el deseo de la bruja Petunia pudo verse cumplido, con la aprobación de la bruja Cardo Blanco y el brujo Pontemáx. Ambos pensaron, que nadie era tan idóneo como ella, para amadrinar a su hija.

Más adelante, cuando Litufa hubo cumplido los cinco meses de edad y ya comenzaba a dar sus primeros pasos, celebraron su bautizo, a orillas del rio Caudal de Mirlo. Allí, tras una ceremonia con cánticos, juramentos y encantamientos, su madrina le regaló la primera escoba voladora con la que se iniciaría. Era una escoba preciosa, hecha a medida por los elfos carpinteros del Valle de los Cuentos. Además, la escoba de Litufa era especial, porque su madera era de álamo negro, lograda de la rama número trece, empezando a contar de izquierda a derecha, y de la parte inferior del árbol. Lo cual confería grandes poderes mágicos y protección, a quien poseía una escoba voladora así.

En el mundo de la brujería todo es diferente a nuestro mundo, ellos son seres especiales que cuentan con capacidades para volar en escoba, hablar con los animales, adivinar el futuro, ver el pasado y vivir cientos de años. De hecho, Litufa antes de cumplir su primer año de edad, ya hablaba con fluidez, andaba con soltura, volaba en escoba y se ponía los calcetines y zapatos sin ayuda. Algo impensable para nosotros.

Cada vez que Litufa subía sobre su escoba voladora, sobrada de decisión, a su madre le entraban los siete males, porque ella era muy temeraria y desobediente.

Siempre se exponía a que le pasara algo malo, como el día que recibieron la visita de su tía Cifazuana Anca de Rana, que a pesar de haber realizado la mujer un viaje muy largo, tuvo que esperar sentada a que llegara Litufa. Y la pequeña brujita se demoró bastante, porque en el intento de subirse a lo más alto de un alcornoque, volteó la escoba y se chocó contra las ramas. Por poco no derribó el nido que había con dos pichones, al no tener aún dominio suficiente en el arte de volar.

Litufa se había encajado con la maraña de ramas y hojas que formaban la copa del árbol. Los pichones se asustaron tanto, que llamaron a sus papás a través de su grajeo particular, y estos cuando llegaron a su hogar y vieron espantados la situación, y a la brujita llorando, aquejada de que le dolía un brazo y se había arañado la nariz, tuvieron que enviar de mensajera a la lechuza Soroña para que avisase a sus padres: la bruja Cardo Blanco y el brujo Pontemáx. Los papás de la brujita salieron disparados en sus respectivas escobas, con más velocidad que la que lleva un rayo.

Una vez que llegaron al lugar, rescataron a su hija y reprendieron su actitud, por haberse mostrado tan osada e imprudente. Litufa prometió tener más cuidado a partir de entonces, pero sus padres, como buenos brujos y algo sabios que ya eran, tras siglo y cuarto de experiencia en la vida, le impusieron como medida disciplinaria, la prohibición de volar sobre su escoba durante trece largos días, y de ese modo, se aseguraban que no se olvidase tan rápidamente de lo sucedido y comenzase a ser más prudente. Y bien cierto fue, que Litufa a pesar de su corta edad aprendió la lección. Pero su sed de conocimiento, sus ganas de aventurarse en lo desconocido y experimentar con todo, le hicieron vivir muchos episodios, con bastante premura. Unos un tanto divertidos y otros, un tanto peligrosos.

Como aquella ocasión, en la que Litufa iba a celebrar su tercer cumpleaños, acompañada de su familia, amigos y algunos animales del bosque, se empeñó especialmente en elaborar ella misma la gran tarta, con ayuda de su madrina; la bruja Petunia. Pero su madrina rehusaba llevar a cabo tal menester, porque pensaba que era demasiada responsabilidad para ella sola, teniendo en cuenta que Litufa era muy pequeña y a veces un poco incorregible, y a todo esto podían sumarle el hecho de que Petunia, ya acumulaba trescientos ochenta y ocho años, la edad de cualquier abuela con su típica verruga de bruja en la nariz. En definitiva, la bruja Petunia se estaba haciendo mayor y ya no estaba para tantos trotes.

Pero nuestra pequeña brujita que era más terca que una mula y más peligrosa que un enjambre de abejas, no cejó en su empeño y logró convencer a su madrina, para que elaborasen juntas su gigantesca tarta de cumpleaños.

Por lo que el día anterior a la celebración, Litufa se dirigió a casa de su madrina. Subió hasta el monte Murciélago y cuando vio la primera casa de piedra y arcilla con ventanas verdes, supo que la había encontrado. Era una casa soleada y cálida de día, pero lúgubre y fría de noche. La bruja Petunia no tenía vecinos, aunque a veces recibía las visitas de sus primas; las brujas Cebolla Fría y Eneldo Radiante.

Cuando Litufa estaba frente a la puerta, esta se abrió sola, algo muy habitual en el mundo de la brujería.

—Querida ¡Ya estás aquí! —dijo algo sorprendida la bruja Petunia.

— ¡Si, si, si! ¡Lista para empezar!

—Está bien Litufa, hoy no solo aprenderás a elaborar una gran tarta de cumpleaños, sino que además aprenderás la lección más importante de bruja: la de los tres elementos cardinales.

— ¡Yupi! ¡Yupi! —le respondió eufórica la pequeña bruja.

— Presta mucha atención a lo que digo. El fuego destinado a la cocción del bizcocho ha de utilizarse con precaución y cuidado, además, si el fuego es lento, más tierno y engrandecido será el bizcocho, igual que cuantas más acciones buenas hagamos con nuestros semejantes, y más fuerza de voluntad pongamos en las cosas, en mejores personas nos convertiremos en el futuro ¿Entiendes lo que te digo, pequeña?

—Creo que sí —le contestó la brujita, muy pendiente de la lección.

—Está bien Litufa, prosigamos con el segundo de los elementos cardinales, los ingredientes líquidos como: el agua, la leche y el zumo de remolacha. Es muy importante que los añadamos despacito, para no alterar la base, igual que la actitud que tenemos con las personas que nos rodean, hemos de mostrar cautela y templanza, para así, evitar conflictos. ¿Has entendido esto?

—Creo que sí, madrina.

— ¡Muy bien, Litufa! Ahora nos queda el tercer elemento cardinal, y no por ser el último es el menos importante. Como decía, el tercer elemento está compuesto por los ingredientes sólidos: harina, azúcar, chocolate, levadura, nueces y escamas de lagarto. Es vital que los ingredientes sólidos los mezclemos muy bien, y echemos las cantidades justas que marca la receta, porque solo así, obtendremos una masa sabrosa. En la vida ocurre lo mismo, debemos utilizar la cabeza para pensar y el corazón para sentir, porque solo así, las relaciones con la familia y amigos serán más autenticas y armoniosas. ¿Litufa, entiendes lo que te quiero decir?

—Sí, sí, creo que si madrina, y me parece tan interesante todo lo que me estás explicando ¿Pero…, podemos empezar ya a cocinar la tarta? ¡Por favor!

—Está bien Litufa, vamos a comenzar ahora, pero recuerda antes una cosa muy importante, y es que el código de brujas, magos y brujos, no permite que antes de los catorce años cocinéis nada ni utilicéis el fuego, si no es con ayuda de un adulto.

— De acuerdo Petunia, entendido. — respondió la brujita.

Tras esto, las dos brujas dispusieron del fuego con precaución. Con ayuda de sus varitas mágicas alcanzaron todos los ingredientes líquidos y sólidos, los mezclaron y amasaron, y cuando quisieron darse cuenta, ya tenían en el horno una tarta riquísima.

Fue la bruja Petunia, única y exclusivamente, quien sacó la tarta del horno, utilizando estas palabras mágicas.

— ¡Abrerán, saquerán, pi, ra, pá!

En un abrir y cerrar de ojos, la tarta quedó depositada sobre la mesa. Tan solo quedaba dejarla enfriar y envolverla, para trasladarla al día siguiente a la explanada del bosque, donde Litufa celebraría su cumpleaños.

La pequeña bruja estaba súper feliz, pues con la lección impartida por su madrina, había madurado y aprendido mucho. Y el hecho de ver una tarta gigante con más de trescientas raciones, cubierta de chocolate, nueces y deliciosas escamas de lagarto, la volvía loca de remate.

Cuando llegó la hora de dormir, Litufa no pudo conciliar el sueño, y se pasó toda la noche contando cuentos a Plumita; el cuervo de su madre.

Cuando las horas pasaron y las agujas del reloj marcaron las ocho de la mañana, el sol insolente entró por la ventana, molestando a Litufa, que al darse media vuelta se cayó de la cama y fue a parar contra la jaula de Ernestiz; su murciélago. El cual se escapó, aprovechando que la puertecita se había abierto. La brujita bajó hasta la cocina para capturarlo, pero tuvo que posponer la búsqueda, al ver sobre la mesa su desayuno preferido: leche de burra con galletas de baba de caracol.

A continuación se lavó los dientes, se vistió con su traje nuevo: en color morado con murciélagos y gatos bordados, y desde su cuarto salió volando por la ventana, sin haber pedido permiso a sus padres. Ya estaba otra vez cometiendo una pequeña travesura, o tal vez, una gran travesura, si lograba gestar los pensamientos que invadían su mente.

La bruja Litufa llegó hasta la casa de la bruja Petunia, quería encargarse ella misma de recoger su tarta de cumpleaños, pero al ver que la puerta no se abría sola y nadie acudía a sus llamadas, comprendió que su madrina no estaba en casa. De repente, frunció el ceño, hasta que algo llamó poderosamente su atención: era la ventana de arriba, que estaba entre abierta.

Litufa se apresuró a subirse a su escoba y volar hacia el tercer piso de la casa. Cuando llegó a la altura en la que estaba abierta la ventana y se dispuso a empujarla para abrirla en tu totalidad, salió el gato negro de la bruja Petunia y le dijo:

— ¿Qué haces aquí, Litufa? ¡No ves que no está tu madrina! No puedes entrar por la ventana, has de esperar a que llegue mi ama.

— ¡Oh, pequeño minino bonito! Hoy es mi cumpleaños ¿Recuerdas?

— ¡Oh, no!— Se lamentó el pobre gato Jeremías. Pues el artículo ochocientos ocho del tomo tercero de la Ley de Brujería, decía lo siguiente:

Cualquier brujo o bruja que el día de su cumpleaños, se encuentre con la mascota de su madrina o padrino, tiene derecho a que se le conceda un deseo, siempre y cuando esté dentro de las posibilidades del animal.

Y para más inri, le dijo la bruja Litufa al gato, con su sonrisa más irónica:

—Pequeño minino, ¿sabes ya cual es el deseo que quiero?

—Supongo que sí. — respondió el gato Jeremías, mientras se apartaba del poyete de la ventana.

Fue entonces, cuando la brujita entró en la casa de su madrina, e iba tan campante, que parecía que se trataba de su propia vivienda. De hecho, hasta se tomó la libertad de cerrar la ventana, pensando para sí, que la casa ya se habría ventilado lo suficiente. A continuación, dejó la escoba sobre una mesa de té que encontró a su paso, y se puso a inspeccionar cada rincón con el que se topaba, con gran curiosidad, mientras buscaba la tarta.

¡De repente, algo pasó! Litufa se asustó y cayó al suelo, estaba viendo a una araña gigantesca, del tamaño de una oveja, que se dirigía hacia ella, provista de cuchillo, tenedor y una servilleta. A Litufa no le salían ni las palabras para pedir ayuda, porque el pánico la tenía paralizada. Y como antes hubo cerrado la ventana, el gato Jeremías no podía salir a buscar auxilio.

— ¡Litufa, rápido, a tu escoba!— le indicó el gato con un gran maullido, logrando que la brujita despertara del estado de shock en el que se encontraba y reaccionara a tiempo, pudiendo extender su dedo índice izquierdo, en señal de llamamiento a la escoba, la cual acudió rápidamente a su encuentro, consiguiendo que Litufa huyera de la araña, volando por la casa.

Y entre vuelo y vuelo, encontró una habitación cerrada con llave, y como no podía ser de otra manera, la brujita se detuvo para inspeccionar la cerradura e intentar abrirla. Como esta se le resistía, cogió el amuleto que llevaba colgado del cuello y lo introdujo por el ojo de la cerradura, giró hacia ambos lados con brusquedad y “chas”, “chas”, “tras”, “ca”, “chas”, se escuchó al partirse el amuleto y quedar un trozo encasquillado en la cerradura.

— ¡Uff, ahora sí que la he liado parda! —Se lamentaba Litufa, mientras comenzaba a llorar.

Y la brujita lloraba tanto, que sus lágrimas se filtraron por el suelo de madera, humedeciendo el salón de abajo.

Los ratones de la casa que estaban escondidos tras un baúl, sobre el que estaban cayendo las lagrimas de Litufa, se debatían entre dos sentimientos: el de permanecer escondidos para que no se los comiera el gato Jeremías, o el de subir al piso de arriba y consolar a la pequeña bruja. Los ratoncitos, tras haber deliberado entre ellos, decidieron por mayoría de votos, subir hasta el piso de arriba, con mucho cuidado de no ser vistos por el gato. Los cinco ratones grises: Aba, Abe, Abi, Abo y Abu, subieron por la pared en hilera, uno detrás de otro. Cuando llegaron, los cinco ratones se acercaron hasta Litufa y Aba le preguntó:

— ¿Por qué lloras, pequeña bruja? ¡En que podemos ayudarte!

Litufa miró de frente, perpleja, pero no veía a nadie, giró la cabeza hacia atrás, pero seguía sin ver a nadie, hasta que su sexto sentido le hizo mirar hacia el suelo, y allí vio a los cinco ratoncitos, tristes, preocupados por ella. Entonces les contó lo sucedido con la cerradura del cuarto y su amuleto, sin parar de llorar, pues había roto ambas cosas, y temía que llegara su madrina y se enfadara, además, ¡precisamente hoy! que iba a celebrar su fiesta de cumpleaños.

— ¡Oh, pequeña bruja, no te preocupes! ¡Porque tengo una idea! Súbeme en tu mano hasta la cerradura ¡Deprisa! — le dijo el ratón Abu.

La brujita subió en su mano al ratoncito gris y lo acercó hasta la cerradura, allí, Abu se dio la vuelta e introdujo su cola por el ojo de la cerradura. Forcejeó durante dos largos e interminables minutos, ¡hasta que de pronto…! la puerta se abrió y el trozo de amuleto cayó al suelo.

— ¡Bien! ¡Yupi! ¡Yupi!— Decían a coro la brujita y sus amigos los ratones.

A Litufa ya se le habían pasado todos los males, se mostraba feliz y sonriente. Pero otra vez, su nariz de bruja estaba apuntando hacia la puerta del cuarto secreto, su enorme curiosidad, le impedía retroceder, hasta que dio un paso al frente y se adentró en el cuarto.

¡No podía creer lo que contemplaban sus ojos! Una estantería repleta de libros con personajes del mundo de la brujería y cuentos de hadas, duendes, elfos y gigantes. Y arriba del todo, impregnado de mucho polvo, el Gran Libro de Magia.

Litufa quería leer todos los cuentos, pero también quería leer los hechizos del Gran Libro de Magia, y como era tan curiosa, se decantó por la segunda opción. Así que… con escoba en mano, se subió a ella y voló hasta el Gran Libro. Cuando intentó cogerlo, se dio cuenta que pesaba mucho y ella sola no podría sujetarlo, pero….no le quedaba alternativa, de modo que lo cogió fuertemente con sus dos manos y fue descendiendo muy despacio. Pero cuando quedaba un metro y medio hasta llegar abajo, el Gran Libro se le resbaló de las manos y cayó sobre la moqueta.

— ¡Hay! ¡Hay! ¡Qué golpe y que dolor! — decía aquejado el Gran Libro de Magia.

— ¡Anda, pero si puedes hablar!— le replicó Litufa, un tanto sorprendida.

— ¡Pues claro! si no hablara, ¿cómo podría ayudar a mi ama en sus hechizos? Y a propósito ¿tú qué haces aquí y para que me has despertado?

—Yo…, yo, he venido porque necesito un hechizo por ser hoy mi cumpleaños. —le contestó Litufa intentando salir del paso.

— ¡Ah...si! ¿Y qué hechizo necesitas? Porque como no eres mi ama, no puedo dejarte leer mis páginas, tan solo, te podría ayudar a formular uno, ¡pero solo uno!

— ¡Está bien! Necesito un hechizo que me transforme en algo que no soy, para darles a todos una sorpresa y que no me reconozcan cuando me vean, además, ha de ser un hechizo que solo dure unas horas. —A Litufa le preocupaba no poder comer tarta si su apariencia no fuera normal.

—Pues el único hechizo sencillo que tengo te convertiría en burro, ¿te vale? —le preguntó el Gran Libro de magia con muchas dudas.

—Sí, sí, sí —respondió la brujita, deseosa por transformarse.

—Está bien pequeña, lo primero que necesitas es buscar tres pelos de burro, y una vez que los tengas en tu mano derecha, has de pronunciar tres veces las palabras mágicas: ¡Casa si, casa sa, que en burro me convierta ya!

— ¡Bien! Gracias por todo amigo, me voy pitando a buscar un burro al que pueda quitarle tres pelos. Por cierto… ¡estáis todos invitados a mi cumpleaños! será esta tarde en la explanada del bosque.

— ¡Cuenta nosotros cinco, amiga! —le confirmó el ratón Abi.

Y Litufa abrió la ventana de arriba y salió volando con su escoba. Iba dirección al pueblo, allí vivían las personas normales sin poderes mágicos, y también había una granja con todo tipo de animales, incluido un burro. Su propietario, el Sr. Pepe, cuidaba de todos ellos con gran esmero, especialmente del burro, porque era muy viejecito.

Cuando la brujita llego al tejado de la granja, bajó con mucho cuidado por las planchas de uralita hasta que divisó el burro, que estaba tumbado plácidamente. Entonces se subió a su escoba voladora y se acercó a la parte trasera del burro, donde estaba su cola, ¡pero de pronto! los perros empezaron a ladrar y el burro se puso en pie, rebuznando. Litufa se puso tan nerviosa, que le tiró un poquito del rabo y solo consiguió un pelito del burro, tras esto huyó de allí despavorida.

Cuando la brujita se alejó de la granja, ya se sintió más tranquila. Y pensó que ya era hora de llegar a casa y descansar un poquito, antes de su fiesta de cumpleaños.

Al entrar a casa, vio que no había nadie, solo una nota que decía.” Hija, pórtate bien, hemos ido al bosque a llevar la merienda para tu fiesta.”

—Jo, que cansada estoy, pero tengo que hacer el conjuro. —se dijo por lo bajini Litufa.

Y la pequeña subió hasta su cuarto, se tumbó sobre su cama, se arropó los pies y con el único pelo que había logrado del burro, sosteniéndolo en su mano derecha, pronuncio las palabras mágicas:

— ¡Casa si, casa sa, que en burro me convierta ya! ¡Casa si, casa sa, que en burro me convierta ya! ¡Casa si, casa sa, que en burro me convierta ya!

Y algo extraordinario pasó, tras hacerse una gran luz blanca, a la brujita le salieron dos grandes orejas de burro, pero no tenía nada más de burro, seguía siendo ella, la misma Litufa de siempre.

Cuando se miró en el espejo y comprobó el resultado tan desastroso de su hechizo, se puso a llorar desconsoladamente, entendiendo, que no podía hacer las cosas de los mayores hasta que no creciera, y siempre contando con sus papás.

Litufa estaba tan arrepentida y lloraba tanto, que salieron a flote sentimientos sinceros nacidos de su corazón. Ella comprendió que había actuado mal. ¡Entonces! la magia verdadera salió de ella misma para romper el hechizo y a la pequeña bruja, le desaparecieron las orejas de burro.

¡No podía creerlo! Estaba tan feliz y agradecida, que sus ojos se iluminaron, especialmente, gracias a los valores humanos que había adquirido: humildad, cautela y honestidad.

La brujita se colocó con mucha gracia el gorro de plumas de grajo, y subida a su escoba, se fue volando hacia el bosque a celebrar su cumpleaños. Aunque esta vez, tenía tantas ganas de estar con su familia y amigos, que la fiesta y la tarta, ya le importaban menos.

Comprendió que su regalo de cumpleaños no era otro, que el estar rodeada del cariño de su familia y amigos.

*