Carbón y pizarra en el Puertollano de la posguerra (1939-1951)
Tras la guerra civil en España, la principal actividad económica de Puertollano estuvo relacionada con el carbón, que alcanzó una producción de casi 400.000 Tm. en 1939 y proporcionó empleo a cerca de 2.500 trabajadores, y, en mucho menor medida, con la destilación de pizarras bituminosas, siendo la Sociedad Minero Metalúrgica de Peñarroya, SMMP, la empresa más señalada, cuyo subdirector y principal encargado fue el ingeniero Gustavo Gabet, sustituido años después por Roland Ritter Legrand.
Al comenzar la Guerra Civil, las instalaciones de la SMMP, entidad creada en París en 1881 e instalada en la ciudad en 1912, quedaron bajo la autoridad del Gobierno de la República, permaneciendo bajo su control a lo largo de la misma, época en la que Puertollano se convirtió en un importante centro abastecedor de carbón a la España republicana, sobre todo tras caer Asturias en poder de las tropas nacionales en 1937.
La SMMP comenzó la destilación de las pizarras en 1916. Hacia 1940, sus instalaciones, a las que la escasez de lluvias originó con frecuencia problemas de abastecimiento de agua, tenían una capacidad de tratamiento de 250 Tm. diarias. Cada una rendía 18'3 litros de gasolina, 8'3 de gasóleo, 1'8 de parafina blanca, 1'8 de parafina amarilla, 1'6 de lubricante, 52 de ordoil, 19 de creosota, 8 kilos de sulfato amónico y 4'6 de brea especial.
En 1944 había 3.500 empleados y obreros, distribuidos entre la Hullera, con pozos como el Norte, cuyas estructuras fundamentales databan de 1926, el Argüelles y el Elorza, la Destilación de Talleres Metalúrgicos, la Central de Electricidad y la mina de plomo Diógenes. Los balances de 1946 y 1947 mostraron que, en esos años, la Hullera se saldó con pérdidas, por el bloqueo de los precios y las subidas salariales, a pesar de haber sido normal la producción. En 1948, la reapertura de la frontera con Francia permitió volver a los intercambios mercantiles con Europa, lo que, unido a la subida del valor del carbón, hizo que la empresa, que disponía de un economato en la avenida José Antonio nº 60, mejorase su situación financiera.
Al margen de esta Sociedad, otras minas fueron Demasía La Extranjera, de Porras Hermanos; La Pepita, de los Herederos de Domingo Palomo Cáceres; Valdepeñas, de Ignacio Cortés; San Esteban; La Extranjera; San Francisco; Los Consuegros, y Hermenegilda, esta última en el término de Mestanza. En 1945 había ocho empresas mineras y once cuatro años después, en las que trabajaban casi 4.600 asalariados, que produjeron unas 900.000 Tm. de carbón, dedicándose algunas personas a la limpieza del río Ojailén, para aprovechar la carbonilla depositada en su cauce.
Un decreto de 13 de septiembre de 1945 señaló que el tiempo que se trabajara en las minas de carbón se computaba por el de estar en filas, con lo que muchos mozos quedaron exentos del servicio militar, prueba del interés que para las autoridades tenía esta actividad, a cuyos operarios se les concedían algunos beneficios en aquellos años de carestía, como el disponer de economatos mineros propios y algo mejor surtidos que el resto de establecimientos. Del existente en Puertollano, a cuyo cargo estuvo José María Calatrava Guisado, se decía que era "la sombra protectora que proporcionaba lo más indispensable para vivir y liberaba de las garras del mercado negro".
A poco de iniciarse esta etapa de autarquía económica, las autoridades locales solicitaron la instalación de unas destilerías de pizarras bituminosas de mucha más envergadura que las que funcionaban en la SMMP, "para obtener gasolinas y aceites pesados, de los que dispondría el Ejército Nacional, sin tener que importarlo", ya que, en medio del ambiente posbélico que se vivía, pensaron que, aludiendo a esa institución, sería más factible su logro.
En realidad, el interés del Estado por el aprovechamiento de las pizarras bituminosas databa de 1929, coincidiendo con la crisis económica mundial que apareció aquel año, por lo que se hicieron dos sondeos, de 559 y 435 metros de profundidad, respectivamente, estimándose que el yacimiento tenía 145 millones de Tm. El asunto volvió a salir a la palestra durante los años de la Segunda República, pues hicieron peticiones de su instalación el diputado socialista Antonio Cañizares Peñalva y el del Partido Radical, Enrique Izquierdo Jiménez, quien la efectuó en la sesión de las Cortes del 9 de marzo de 1934, recalcando el buen resultado que estaban dando los trabajos de la SMMP y que el material tenía un alto coeficiente de destilación, sólo superado por el existente en Escocia. Bastante años más tarde, hacia 1980-1981, el partido político Unión de Centro Democrático, entonces en el poder, intentó volver a esta explotación, como alternativa al petróleo, cuyos precios no dejaban de aumentar, debido a la guerra entre Irán e Irak, pero la solución no fue considerada rentable.
Con el anteriormente citado fin, una comisión viajó a Madrid en octubre de 1939, facilitándole las gestiones Vicente Lacunza Subiza, persona vinculada con la minería de la localidad, de cuyo Ayuntamiento había sido concejal en 1934, integrado en la CEDA, y Luis Montes, un amigo del general José Enrique Varela Iglesias, entonces ministro del Ejército, quien llegó a afirmar que "el asunto de las destilerías era cosa segura para Puertollano", mostrándose también interesado en el asunto el general Vigón. Días más tarde, una carta enviada por el sr. Lacunza desde la capital decía que el 10 de noviembre, de 12 a 14 horas, el general Varela recibiría a una representación del Ayuntamiento, habiendo sugerido que le llevasen una Memoria escueta, pero detallada, y manifestado su compromiso de trasladar el asunto al Consejo de Ministros. Todo parecía marchar por buen camino, ya que, poco después, se les comunicó que el Generalísimo estaba estudiando personalmente el tema.
De manera un tanto inesperada, el 15 de febrero de 1940, a las tres de la tarde, el Caudillo visitó durante dos horas las Destilerías Calatrava, de la SMMP, por cuyo motivo hubo de pasar por la ciudad. Le acompañaron los ministros de Industria y Comercio, Luis Alarcón de Lastra, y de Obras Públicas, Alfonso Peña Boeuf, además del general Saliquet. Pese al escaso tiempo disponible, los balcones y ventanas se ataviaron con colgaduras y banderas nacionales y se logró levantar un arco de triunfo en la calle General Aranda, en el que se leía "Arriba España. Viva Franco. La gasolina de España está en Puertollano", mientras que en los laterales aparecía la expresión "Franco, Franco, Franco".
Parece ser que el día anterior a la visita, las fuerzas de seguridad recorrieron e inspeccionaron los lugares que iba a frecuentar el Caudillo, quien, durante todos los trayectos que realizó, incluidos los de a pie, siempre estuvo rodeado por guardias que le escoltaban permanentemente, desplazándose en hileras a su alrededor, vestidos de uniforme militar y armados con fusiles.
Aunque a esas horas gran parte de la población se hallaba trabajando en las minas y talleres, numerosas personas, al conocer la noticia, se echaron a la calle, coreando su nombre. A lo largo del trayecto, y en formación, se encontraban las organizaciones de FET y de las JONS.
De vuelta de las Destilerías, recorrió las calles Córdoba, Ricardo Cabañero, avenida José Antonio, Capitán Cortés, Cruces y General Aranda. Unas jóvenes de la Sección Femenina se acercaron al coche, regalo del Führer, en el que cruzó la ciudad de pie y brazo en alto, y le entregaron flores.
Por si el Caudillo visitaba el Ayuntamiento, cosa que no hizo, la Comisión Gestora tenía preparado un vino de honor, la cual consideró la presencia del "hombre genial, laureado con la victoria más gloriosa que se registra en la historia de España", como "un día de júbilo y gloria, un fausto suceso, trascendental e histórico para la ciudad, a la que se le llenaba el alma de esperanza, abriendo un porvenir de prosperidad".
Verdaderamente, la dimensión que tuvo la visita fue grande, insospechada en aquellos momentos, pues marcó, en buena medida, lo que iba a ser la localidad en las décadas siguientes, ya que el proyecto y las previsiones iniciales fueron dando paso a otras que la propia evolución del país y de las circunstancias externas hicieron que se modificasen, pasando Puertollano a convertirse en un emporio industrial de primer orden, aunque con ingentes problemas y dificultades en múltiples campos, principalmente en educación, vivienda, urbanismo, sanidad, comunicaciones y medio ambiente. También hay que suponer la sensación que originó a los habitantes, tanto a los afectos al régimen por convencimiento o porque ocupaban cargos en él, que lo recibieron con entusiasmo, como a los catalogados vencidos en la guerra recientemente concluida, a los que sólo cabía el silencio.
Sin embargo, pasó más de un año y no se produjeron resultados concretos, por lo que, al conocerse que la Compañía Anónima Española del ÁZOE, domiciliada en la calle Barquillo nº 25, de Madrid, había pedido que se declarase de interés nacional la instalación de una factoría de carburantes líquidos en Puertollano, para la destilación de las pizarras de su cuenca, pensando invertir cien millones de pesetas, la idea fue bien vista, y el alcalde, el jefe local de FET y de las JONS, el juez municipal y el cura párroco enviaron un escrito al ministro de Industria y Comercio, Demetrio Carceller, con fecha 22 de agosto de 1941, pidiéndole que a esta entidad se otorgara lo que solicitaba. Pocos días más tarde, hasta Madrid marcharon varias jerarquías locales, acompañadas por el presidente de la Diputación Provincial, Carlos Calatayud Gil, donde, junto a directivos de la empresa, se entrevistaron con el sr. Carceller. Regresaron con buenas impresiones, pues hasta un ingeniero comisionada por ÁZOE había marchado a Alemania para adquirir la maquinaria precisa, y sus dirigentes quedaron invitados para asistir a las inminentes fiestas en honor de la Virgen de Gracia, a las que no pudieron acudir, asegurando que lo harían el año siguiente. Todo parecía ir tan deprisa que incluso se puso la fecha del 12 de octubre para colocar la primera piedra, contando con la presencia de Franco.
Esta iniciativa, pese a todo, no llegó a fructificar, pues los acontecimientos posteriores dieron un brusco giro. El 25 de septiembre de 1941 fue creado el INI, Instituto Nacional de Industria, y un decreto de la Presidencia del Gobierno, inserto en el BOE de 3 de febrero del año siguiente, le encomendó la organización de empresas con las que obtener carburantes por destilación de pizarras bituminosas. Tres días después estuvo en Puertollano el presidente de ese organismo, Juan Antonio Suanzes Fernández, paisano y amigo de Franco, y militar que, con el grado de teniente coronel, había abandonado el Ejército durante la Segunda República. Posteriormente, el sr. Suanzes se trasladó a Alemania, donde gestionó que tres técnicos, Julius Altpeter, encargado general del Plan Cuatrienal de aquella nación, junto a Wolhelm Simmat y Erich Biernan, de la Minera Lubau, visitasen los días 14 y 15 de julio la cuenca minera y los lugares donde se pensaban ubicar las futuras instalaciones industriales.
Todo esto hacía que el asunto se encauzase por nuevos derroteros, pero con el inmediato control del Estado, lo que era una buena noticia para la población. Meses después, el 24 de noviembre de 1942 se fundó la Empresa Nacional Calvo Sotelo, ENCASO, "siendo su fin social el desarrollo de toda clase de operaciones técnicas, económicas, industriales y mercantiles relacionadas con la producción de combustibles líquidos y lubricantes, y el establecimiento de industrias complementarias en España, sus colonias y zona del Protectorado de Marruecos". Domiciliada en la calle Alcalá nº 16, de Madrid, presidida por el teniente coronel de Artillería, Joaquín Planell Riera, y con un capital social de 350 millones de pesetas, el programa incluyó la construcción de tres complejos industriales, en Andorra (Teruel), Puentes de García Rodríguez (La Coruña) y Puertollano, respectivamente, lugar este último donde se instaló en abril de 1943, con el fin de sacar el máximo rendimiento a los 120 millones de Tm. de pizarras bituminosas existentes, según cálculos del INI, y obtener una producción diaria de 36.660 litros de gasolina, ya que la política autárquica y el aislamiento internacional obligaban a nuestro país a acudir a los recursos propios.
El primer paso fue adquirir unos terrenos situados al norte del río Ojailén y al este de la cuenca carbonífera, donde se iban a levantar la factoría y El Poblado, tras lo que montaron unos barracones en la zona colindante a la avenida de los Mártires, dando inicio las obras, entre las que se incluía la destinada al abastecimiento de agua procedente del río Montoro, afluente del Jándula, a las futuras instalaciones, por lo que debió construir una presa de tipo vertedera, de 37'70 metros de altura, con capacidad para 29 millones de Hm3, ampliada a 45 en 1964, y hacer una conducción de 18.009 metros de longitud, de los que 3.597 discurrieron por un túnel que fue necesario realizar bajo la sierra de Mestanza, aportando el INI, para estos comienzos, 75 millones de pesetas. Una Orden Ministerial, aparecida en el BOE de 5 de mayo de 1946, concedió a la empresa 500 litros por segundo del embalse que estaba levantando.
Ya en mayo de 1944, las Cortes habían aprobado el Plan Nacional para la Fabricación de Combustibles Líquidos Lubricantes e Industrias Conexas, asignando el Estado 699 millones de pesetas a tal fin, año en el que había 650 trabajadores en la empresa y 150 edificios en El Poblado. De las obras de desmonte y explanación del lugar donde se ubicó la factoría se encargó la empresa SATO.
En esta fase inicial, el director de ENCASO fue Joaquín Muñoz Amor, y el subdirector Camilo Rambaud Portusach, teniente coronel del Cuerpo de Ingenieros de Armamento y Construcción del Ejército. Desde un principio, la empresa mostró "sus deseos de cooperar en la introducción de los servicios municipales y en la urbanización moderna que toda ciudad requiere, aunque todavía era prematuro para tratar sobre tan importantes cuestiones, pues se encontraban en estado casi embrionario sus trabajos y proyectos", y que, "una vez terminadas las instalaciones y lograda una explotación remunerada, no escatimaría las aportaciones económicas". Muy pronto, en 1945, el Ayuntamiento, que, en la medida de sus posibilidades, estaba dando toda clase de facilidades a la Compañía, le solicitó que el suministro de agua que pensaba realizar para sus dependencias y factoría, se hiciese extensivo al abastecimiento de la población, en las condiciones que se acordaran, por lo que, en 1947, puso en marcha la mencionada fuente de la avenida de los Mártires, y fue en 1950 cuando la Corporación le ingresó 55.000 pesetas para que sus técnicos confeccionasen el Proyecto general de distribución de agua potable.
Pese a la buena disposición que había para colaborar entre ambas partes, también hubo algunos roces, como el que se produjo a finales de 1944, tras la solicitud del Ayuntamiento de un anticipo a cuenta del pago de los arbitrios municipales, con el que poder hacer frente a sus muchas necesidades, y a la que contestó el sr. Muñoz Amor recalcando que "las obras, conducciones e instalaciones que estaban llevando a cabo se referían a una propiedad particular, en calles particulares y que incluso la distribución de agua, energía y teléfonos también eran particulares, y situados en una zona particular, no urbanizada por el Ayuntamiento, lo que habría que tener en cuenta al tratar los impuestos". Respecto a la fábrica, decía que "si bien las instalaciones estarían en el término municipal de Puertollano, se ubicarían fuera de su casco urbano y del ensanche, estando acogidas a diversas condiciones de utilidad nacional, por lo que los impuestos que se proyectaban deberían ser examinados meticulosamente y por especialistas en la materia". Finalmente, y sin más problemas ni contratiempos, el 1 de julio de 1946 se fijó en 25.000 pesetas el canon anual que ENCASO abonaría por todos los impuestos y arbitrios municipales, excepto los que gravaban los artículos de consumo que la empresa suministraba a través de su economato, acuerdo que tendría efectos retroactivos desde el 1 de enero de 1944 y duraría seis años.
Con el fin de aliviar el déficit de producción de energía eléctrica, en octubre de 1946 fue instalada una central térmica móvil de campaña, que marchaba sobre raíles. De 1.000 kw. de potencia y alimentada con carbón, estuvo en funcionamiento hasta 1950, produciendo 18 millones de kw/h. El INI la importó de Gran Bretaña, donde se habían construido algunas de este tipo, debido a las necesidades impuestas por el desarrollo de la Segunda Guerra Mundial. En 1947, ENCASO inició la construcción de su propia central térmica, con una potencia de 50.000 kw., que echó a andar en 1951 y se concluyó totalmente en 1955, suponiendo un coste de 377 millones de pesetas. Para soldar sus calderas y tubos se utilizaron por primera vez en España, con carácter industrial, los rayos "Gamma", haciendo la comprobación un técnico de la empresa británica The Solus Electrical Company. El 13 de enero de 1950, el ministro de Industria y Comercio, Juan Antonio Suanzes, visitó la empresa, cuando ya se comenzaba a hablar de la puesta en marcha de algunas instalaciones en un futuro no muy lejano.
En estos años, talleres importantes fueron los de Valero Pérez, Antonio Castilla, Hermanos Izquierdo y La Esperanza, y comerciantes destacados José López, Patricio León, Emilio Minguito y Viuda de Gimeno, estando instaladas en la ciudad sucursales del Banco Español de Crédito, en la avenida José Antonio, y del Popular, en la de los Mártires. En 1940, los mayores contribuyentes avecindados en el término municipal, fueron, por riqueza rústica, Rosa Gil García y Felipe Lázaro Fernández; por urbana, Adolfo Porras García y la viuda de Santos González, y por industrial, Domingo Mora García y Valero Pérez Gil. De los que vivían fuera de la localidad, por el primer concepto, la marquesa de Villarubia de Langre y Thomas Salvany, siendo la SMMP la que más aportaba por contribución industrial y de comercio.
En cuanto a las actividades agrícolas y ganaderas, tuvieron poca importancia, tendiendo incluso a decrecer con el paso del tiempo. En 1939, varias caballerías de la ciudad fallecieron por el muermo, enfermedad infectocontagiosa causada por el Bacillus mallei, en tanto que el Ayuntamiento daba dinero en metálico a quienes matasen animales considerados dañinos, como zorras, garduñas o aguiluchos. Otro problema que se presentó, en ocasiones, fue el de las plagas de langosta, intentando extinguir su germen a base de roturar la tierra con arados, mediante cerdos que hozasen los surcos y, si era posible, con insecticidas. Hacia 1941 se pensó plantar moreras en los terrenos del Pozo de la Rincona, para dedicarse a la cría del gusano de seda, pero la idea no prosperó. En 1944, la Hermandad de Labradores tenía 995 empresarios, 15 técnicos y 1.355 obreros, y poseía una fábrica de aceite, con capacidad para la cosecha del término municipal, que era de unos 230.000 kilos. Al finalizar la década, de las 22.249 Ha. del término municipal, 1.233 se dedicaban a olivos, algo más de 7.000 a cultivo de cereales y unas 14.000 a pastos.