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Nacido en Castellar, con su poesía nos hace pensar, nos hace diferentes, nos hace únicos, lejos de globalizaciones y con los sentimientos a flor de piel

Alfredo Jesús Sánchez Rodríguez: «Escribo porque no me queda más remedio. Es mi manera inevitable de acercarme y conocer el mundo»

La capacidad de sentir, de emocionarnos, de transmitir nuestros sentimientos, es lo que nos hace diferentes y, ahora, en medio de una humanidad excesivamente globalizada, donde las grandes corporaciones empresariales, con su política de igualitalización, con su homogeneización de pareceres y a través de su continuo adoctrinamiento, bombardeando sin cesar sus directrices para hacernos más felices y más dependientes y con ello creando seres cada vez más planos, es cuando la poesía se hace más necesaria. Posiblemente esa sea la explicación por la que cada vez más poetas lanzan sus versos al aire y le cantan a la vida, al amor, ¿y por qué no?, también a la muerte. El polifacético Alfredo Sánchez Rodríguez, cantautor y poeta de la tierra, es una demostración de lo dicho anteriormente, escribe desde siempre, pero es ahora cuando más tiene la necesidad de transmitir su poesía, su arte, sus canciones.

Alfredo Sánchez Rodríguez, nació en Castellar de Santiago (Ciudad Real). Licenciado en Derecho y funcionario de carrera del Cuerpo Técnico de Inspección de Trabajo. Casado y con tres hijas. Reside en Ciudad Real. Pertenece al Grupo Literario Guadiana, de Ciudad Real, donde coordina su revista de creación literaria Manxa. Publica aquí sus trabajos, así como en otras revistas de creación literaria. Es también miembro de la Asociación de Escritores de Castilla-La Mancha. Ha publicado recientemente tres poemarios y participa en tertulias y recitales poéticos y poético-musicales, cultivando con la misma pasión que la creación literaria la creación musical como cantautor. Su trabajo ha sido reconocido por importantes premios literarios de carácter nacional, y es coautor de una veintena larga de libros colectivos de poesía.

En nuestra entrevista vamos a conocer al poeta, que con su poesía nos hace pensar, nos hace diferentes, nos hace únicos, lejos de globalizaciones y con los sentimientos a flor de pie. Alfredo es insistente, no desanima su empeño y es generoso, muy generoso, no le importa derramar su arte por todas partes, solo hay que pedírselo y además de su corazón, tendrás su agradecimiento. Ama su familia, sus textos, sus canciones, sus libros, sus amigos, su vida y ama quedarse absorto contemplando un atardecer y escribe porque no le queda más remedio. Disfruten de su entrevista, disfruten de él y por favor sigan su consejo: “es importante, también, que llegado el caso podamos ser dueños de nuestra libertad”.

Si le parece, comenzamos la conversación por su infancia. Háblenos de esa etapa.

Mi infancia transcurre en un pueblo pueblo, toda la década de los 60. Un pueblo por el que, aún hoy, no se pasa, al que hay que ir. Un pueblo a noventa kilómetros de la capital de provincia que ahora se hacen en cincuenta minutos, pero que entonces era una distancia sideral, en todos los sentidos. Que no tenía agua corriente, ni alcantarillado, las calles de piedra y el teléfono, los pocos que había, a través de centralita. Allí compartí mi vida en el seno de una familia tradicional, con cinco hermanos, participando en todos los actos, costumbres, fiestas y tradiciones que formaban parte de su calendario, y descubriendo, atónito, cómo era la vida, qué era la vida, en cada juego, en el resplandor de cada luz, en la belleza inconmensurable del arrobo de la tarde. Mi primer poemario, Resumen de amor y vida, comienza con estos versos: «No sé qué me hizo volver / al lugar donde nací. / Seguro que fue mi corazón, / cansado y marchito, / imagen de niebla y soles / en el fondo del recuerdo. / Solo vengo a buscar la luz / que entonces veían mis ojos: / con el cielo tan azul surcándome».

¿Qué persigue ahora?

Vivir. Disfrutar de todo lo que tengo, de todo lo que me ha regalado la vida, que es mucho. Y seguir persiguiendo el sueño de dejarme el corazón en cada cosa que hago, en cada verso que escribo, en cada canción que compongo, en cada amigo al que acompaño, que no se me agote esa pasión. Y dar gracias a la vida porque siga manteniendo en mí la capacidad de asombro y deleite ante la belleza, y del dolor y el rechazo por el sufrimiento y la injusticia.

¿Qué ama más?

Mi familia propia, mis textos, mis canciones, mis hermosos libros que tanto me enseñan; mi abrazo con los amigos que tanto admiro, el quedarme absorto ante el cobreesmeraldarojosangre de un atardecer. Y, sin duda, la gracia de levantarme cada día.

¿Cómo le cogió el gusto a la poesía? ¿Por qué escribe?

La poesía ha sido para mí una tabla de salvación, de conocimiento y desahogo. Escribo desde siempre, pero fíjate que hasta los cincuenta y muchos no he publicado mi primer poemario, en 2017, aunque luego han venido otros cuatro más, una veintena de libros colectivos y muchas participaciones en revistas literarias. Para mí la poesía, antes, era mi intimidad, habiéndome dedicado durante mucho tiempo a llenar papeles con todo lo que me danzaba por dentro, con muchos altibajos y sin ninguna pretensión ni sistemática, por lo que acumulé una considerable anarquía de escritos, versos y canciones que ahora ordeno y reordeno y vuelvo a guardar.

Y escribo porque no me queda más remedio. Es mi manera inevitable de acercarme y conocer el mundo, de búsqueda, tránsito y regreso. Y escribo para mí mismo, para constatarme, para entenderme, para oír de ese otro yo en que puedo desdoblarme aquello que pretendo confirmar o comprender, porque es la única manera de que los otros también lo entiendan. Como decía José Hierro: «La honestidad de mi poesía radica en el hecho de que he escrito siempre para mí»

¿En qué cosas está más cerca y en qué cosas está más lejos del poeta que era de joven?

He ido evolucionando (y mejorando, creo —espero—), como no podía ser de otra manera. En mis inicios no sabía —no me atenía— a normas, era verso libre en estado puro, o quizá no tan puro, por los muchos errores que con el tiempo he considerado que venían padeciendo mis poemas. En la actualidad mi dinámica principal, donde me siento más cómodo, sigue siendo el verso libre (también, ahora, el verso blanco, aunque he hecho también un poemario solo de sonetos, que me propuse como reto y que creo superé con dignidad), pero con el aprendizaje, las lecturas, las enseñanzas, procuro desbrozar, pulir, sujetar la anarquía y hacerla brillante: amoldar lo que quiero decir a cómo lo digo; la sonoridad, el ritmo, la medida, la musicalidad, hacer un acto de inserción, de amalgama, de “mortero” en cada poema entre el qué y el cómo, y transmitir sobre todo emoción intentando la belleza, sin perder la esencia de lo que quiero y necesito decir y compartir.

¿Qué dimensión le da la poesía al ser humano?

Una dimensión de transcendencia, entiendo, de conexión con lo más íntimo y verdadero del poeta y su proyección. Para mí la poesía es, ante todo, emoción, búsqueda de la belleza, estremecimiento, bebiendo siempre y directamente de la vida, pues la poesía es —debe ser— consustancial a la vida, estar estrechamente unida a ella, a la experiencia del ser, al viaje interior y exterior de cada creador: debajo y dentro del poema siempre ha de estar la vida. La poesía es creación que imita, reproduce y recrea la vida. Es esencia y júbilo, también en el grito, en el tormento o en el desarraigo. Es una VOZ en la acepción más amplia de proclamación, intimidad y universalidad por su valor de brote del alma, en cualquiera de sus infinitas manifestaciones. Es el mensaje esencial del ser, es desnudarse. Ante ella y en ella está uno mismo y está solo, buscando cómo decir cuál es su forma de mirar y sentir el mundo que le rodea. Es, pues una vía de conocimiento interior, pero también de conocimiento de los otros, un canal de comunicación que nos vincula con los demás y que al mismo tiempo nos libera, como un exorcismo de ida y vuelta. Es, por fin, ese impulso que tiene su fuente en una excitación interna (un estado de tensión percibida casi como corporal), dirigida a un único fin cual es el de suprimir o calmar esa tensión: esa pulsión y ese vaciado interior es para mí la poesía.

Usted va a participar en el próximo encuentro de poetas cuyo lema es Palabras a la muerte. Antes de este encuentro, ¿se colaba la muerte en sus poemas?

Sí. No como tema recurrente, pero sí he reflexionado sobre ello, sobre ella. Sobre su inevitabilidad y el vivir, por lo general, de espaldas a ella, sin pensar en ella, en esa algarabía de fortuna que es la vida, el hecho de vivir.

¿Se siente más cerca de la muerte o de la infancia?

No sabría decirle. Parecen dos extremos de una misma circunferencia, que no los tiene. La infancia la hemos vivido, la hemos conocido y tiene además la ventaja de que está lejana y la nutrimos de recuerdos que tal vez ni siquiera existieron: cosas, sueños y situaciones que es posible que aún estemos esperando que se cumplan, pero es más fácil, más cómodo, más humano sentirla cerca que elucubrar sobre lo desconocido, sobre la muerte. Quizá el ansía de vivir nos acerque más, como clavo ardiendo, a la infancia que a la certeza de la muerte.

¿Qué es para usted la vida?

Lo es todo. Sin la vida ni siquiera la muerte existiría. Entiendo la vida como una oportunidad única e irrepetible a la que tenemos que cantar, aunque no cantemos, en el sentido de gratitud por todo lo que tenemos, por la inmensa fortuna y el milagro de haber sido llamados por ella, por la vida. Y siempre a pesar de todos los dolores, miserias, angustias y tristezas. Digo en una de mis canciones «Cantad, cantad, cantad / con júbilo, cantad, / cada vez que amanece / la vida se nos da».

¿Qué es para usted la muerte?

Eso, la muerte. Algo insoslayable. Es nuestra vida, también, el sacrificio de nuestra vida, que cumple sin redención su destino de fatalismo desde que abrió en nosotros su mano…su resultado de muerte, aunque nunca entendí que la vida fuera solo un proceso de desgaste biológico después del regalo de su luz.

¿Qué le duele más de la muerte?

Sin duda el dolor, el vacío y la ausencia que pueda crear y quedar a mis seres queridos, pero a mí, tal como lo plantea, de la muerte en sí, no me duele nada, en muchas ocasiones he pensado en ella incluso como un alivio. De lo previo a la muerte sí le temo a la enfermedad, física y mental, al dolor, a la depauperación, a la decrepitud y a la miseria biológica a la que cualquiera de las mil circunstancias que pueden afectar a nuestra fragilidad de seres vivos nos puede llevar, también, la vida. Por eso es importante, también, que llegado el caso podamos ser dueños de nuestra libertad, en el sentido más solemne y quizá en la única y más alta ocasión de nuestra vida en que podamos ejercerla.

Nota: El tema de este XIV Encuentro Oretania de Poetas de la provincia de Ciudad Real, es “Palabras a la muerte”. Se celebrará el 29 de octubre a las 19,30 horas, en el Centro de la Juventud de San Carlos del Valle. Coordinado por el poeta solanero Luis Díaz-Cacho, esta edición cuenta con el prólogo de la poeta, Elisabeth Porrero Vozmediano y las composiciones poéticas de Alfredo Jesús Sánchez Rodríguez, Antonia Cortés, Antonia Piqueras, Diana Rodrigo, Eloísa Pardo Castro, Eusebio Loro, Francisco Jesús López, Isabel Villalta Villalta, Juan Camacho, Juan José Guardia Polaino, Luis Alberto Lara Contreras, Luis Díaz-Cacho Campillo, Luis Romero de Ávila Prieto, Natividad Cepeda Serrano, Pilar Serrano de Menchén, Santiago Romero de Ávila y Teresa Sánchez Laguna. La colaboración de los “poetas del barro”, familia Leal Arias, (Centro Alfarero La Estación y Alfar Arias) y las ilustraciones de Rosa Leal Arias. El apartado musical está a cargo de la Agrupación Musical Santa Elena.

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