Puertollano

Puertollano y el nacimiento de las Comisiones Obreras

La huelga de 1962 en Puertollano (III): La huelga de los treinta duros o de las mantas

Continuamos con la tercera entrega del texto de la conferencia impartida por el historiador de Puertollano Luis Pizarro en el año 2012 con motivo del 50 aniversario entonces de la huelga de 1962 en Puertollano, también conocida como la huelga de los 30 duros y de la creación de las primeras Comisiones Obreras en esta localidad

Luis F. Pizarro Ruiz

11/05/2019

(Última actualización: 11/05/2019 21:01)

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Ni dos meses después, ─y apenas uno desde que comenzó el movimiento huelguístico asturiano, del que la prensa sólo dio cuenta el 4 de mayo en la tónica habitual de la censura franquista (“agitadores que seguían consignas del exterior”), que obligaron al Gobierno a declarar el estado de excepción en Asturias, Vizcaya y Guipúzcoa (1) ─, el miércoles 9 de mayo de 1962, “comenzó la huelga en la Sociedad Minera y Metalúrgica de Peñarroya extendiéndose después a la Empresa Nacional Calvo Sotelo [según el testimonio de Pedro Ruiz, en ésta comenzó el 10 de mayo, en el turno de las 22 horas, en la puerta 5, la de la carretera de El Villar, por la que entraban los obreros y hasta donde muchos se desplazaban andando o en bicicleta], y a algunas otras empresas auxiliares. La huelga tuvo una gran incidencia pues se consiguió que parasen nada menos que 12.000 trabajadores convirtiéndose en la mayor movilización obrera en toda la provincia desde la República. La principal reivindicación era salarial, de hecho se la llamó “la huelga de los treinta duros” (2), aunque hay testimonios que afirman que también se la denominó como la “huelga de las mantas”, identificando la pieza que sirvió a los hombres para resguardarse durante las noches que estuvieron acampados. En el Archivo del Museo Municipal se conserva un importante documento que atestigua la demanda salarial que dio origen al nombre con el que se conoció:

Con esta fecha, a las 6 horas de la tarde, a la terminación de la jornada seguidamente de tocar la sirena, todo el personal de Talleres de Calatrava se ha reunido en el local del Taller Mecánico y entre ellos ha sido nombrada una Comisión representada por los siguientes operarios: Jacinto Nogales Ortiz, Victorio Simón Fernández, Basilio López González, Ángel Madrid Fernández, José Morales Sánchez, Álvaro Ruiz de la Hermosa Mozos y José Yagüe Bolaños, los cuales se personan en el Despacho del Sr. Ingeniero para transmitir la siguiente reclamación de salarios:

Que se conceda una elevación de sueldos base, de forma que el mínimo sea de CIENTO CINCUENTA PESETAS DIARIAS para el Peón Ordinario.

Y para que conste ante la representación de la Sociedad Minera y Metalúrgica de Puertollano, firmamos el presente en Puertollano a diez de mayo de 1962” (3).

Como reconocía el Programa de Feria de 1963, el conflicto laboral creó “un clima de tensión que cambió totalmente la alegre fisonomía de la Ciudad en fiestas”. Modesto Arias lo relata así:

En un principio, los mineros estuvieron encerrados en el fondo de los pozos [Raimundo Zancudo afirmó en su día que los que se quedaron en los pozos estuvieron ocho días abajo y les colocaban esquelas escondidas en la comida para que supieran lo que pasaba, y también se quedaron, contra su voluntad (porque no se les permitió la salida) algunos jefes mineros (4)], para permanecer a bocamina posteriormente. En el Complejo, los trabajadores acamparon a las puertas de la factoría, haciendo chozos y calentándose con lumbres, mientras sus mujeres e hijos les llevaban la comida [...] A los veintiséis guardias civiles destinados en Puertollano se sumaron ochocientos venidos de fuera” (5)).

Isidro Sánchez, que cita un informe del Gobierno Civil, afirma que la huelga comenzó “en el pozo Enrique, de la SMMP, y a ella se sumaron después los trabajadores de los pozos Norte, Elorza, Santa María y Don Rodrigo, también de dicha Sociedad, así como los del pozo Este, de ENCASO [...] El día 11 la huelga se extendió a las minas de Solana del Pino, al sector de la construcción de Puertollano [por ejemplo la de las casas de Santa Bárbara], a la factoría Calvo Sotelo y a la Central Térmica de Peñarroya, convirtiéndose en general”. En cuanto a las fuerzas de orden público, Sánchez habla de “una primera remesa de sesenta guardias civiles procedentes de la Comandancia, al mando de un teniente coronel, otra de cien guardias y una compañía de Policía Armada” (6).

Por su parte, el sacerdote Pedro Muñoz Fernández lo narró en forma de diálogo:

─ “Que dicen que a no trabajar.

─ Pero ¿quién lo dice?

─ Todos (...).

Y el ingeniero que telefoneó a Madrid:

─ Que dicen que no bajan al pozo, y que los que están dentro no salen.

─ Que quieren ¿qué? ─ preguntan desde Madrid” (7).

Según la misma fuente (páginas 166 y 180), “había llegado Policía Armada, y guardias civiles de Córdoba, Sevilla y Ciudad Real (...). Hasta que llegaron otras fuerzas, más fuerzas, con sus Jefes y Oficiales. Hoy Anguita le ha dicho a Mario que son unos 17 Jefes y Oficiales con unos ochocientos números los que llegan para acabar con la huelga”.

Ni que decir tiene que la represión no se hizo esperar, incluida la presencia de Guardia Civil a caballo, según el testimonio de Pilar Sierra. Todos sabían a lo que se arriesgaban porque la libertad no existía, de forma que “en los primeros compases fueron detenidos varios trabajadores, entre los que Pedro Ruiz recordaba a Francisco Huete Trapero, que pasó un mes en la cárcel, Eladio Caballero [trabajaba en la distribución del agua] o José Blanco [del Pozo Este, llamado pozo grande], y los dos últimos, además, fueron despedidos de ENCASO (8) [...] Huete, entonces con 47 años y comunista, fue [...] detenido por la Guardia Civil e ingresó en prisión el 17 de mayo. El 21, el gobernador, José Pérez Bustamante, comunicaba lo siguiente: ‘deberá seguir a su disposición hasta la resolución que proceda’. El 25 Huete elevaba instancia al gobernador y el 12 de junio salía de la cárcel. Casi un mes preso por participar en una huelga. Evidentemente, con su encarcelamiento se buscaba lanzar un escarmiento que sirviera de ejemplo a los trabajadores” (9).

En el Archivo Histórico Provincial hemos podido documentar el caso de Leandro Juárez Marchán que habría sido otro de los represaliados, pues, según el escrito de Julián Calero dirigido al Presidente del Sindicato Nacional del Combustible el 20 de julio de 1962, “durante la última huelga ha sido víctima de una de tantas injusticias como se cometen en estos actos [...] objeto de una sañuda persecución por la Empresa (INI), que le ha llevado primero a la cárcel por un mes y después al despido [...] Juárez no puede seguir en Puertollano y menos en la Calvo Sotelo”. Sin embargo, lo extraño es que en el mismo escrito se dice que es un hombre de la Organización Sindical y que la Policía, Guardia Civil e incluso el Gobernador Civil han informado favorablemente de él, en su demanda en Magistratura contra el despido (10).

En cualquier caso, existe otro documento dirigido a José María del Moral (11), el 7 de septiembre de 1962, en el que se aclara la cuestión de los despidos por la huelga, y del que, por su importancia, transcribimos los párrafos siguientes, aunque volveremos a referirnos a él más adelante:

Teníamos conocimiento de la nota que me envías de R.E.I. [Radio España Independiente] del 3 de septiembre de 1962, porque en la Comandancia de la Guardia Civil la toman en magnetófono.

En primer lugar sólo existieron luego de la huelga cuatro despidos. No por falta de ganas de la Calvo Sotelo, que quería despedir masivamente; pero no se les dejó y solamente a cuatro que estuvieron arrestados un mes se les autorizó el despido. De ellos, uno de la S.M.M. de P. (sic) lo admitió la empresa al día siguiente de salir de la cárcel. De los otros tres, uno presentamos demanda por injusto despido y lo ganamos; aunque la empresa ha recurrido con muy pocas probabilidades de éxito, está trabajando. Los otros dos, también de la Calvo Sotelo, no quisieron (imponían condiciones) que les llevásemos nosotros la defensa y la Magistratura confirmó el despido. Como ves, luego de una huelga de diez días, sólo existen dos despidos” (12).

En suma, aunque en teoría el Régimen había adoptado cierta flexibilidad respecto a las demandas salariales con la Ley de Convenios Colectivos (1958), no se puede olvidar que en este mismo año y el siguiente, también había endurecido la represión contra las protestas al poner en marcha la Ley contra el Bandidaje y el Terrorismo y la Ley de Orden Público, respectivamente, por lo que los huelguistas de Puertollano, menos acusadamente si se quiere que sus compañeros asturianos, pero también sufrieron la intolerancia de la dictadura.

Otra variante de las medidas coercitivas fueron las villanías con que los amenazaban, destacando en este sentido el testimonio ofrecido por Sebastián García Castillo que afirma que el jefe de la Guardia Civil se presentaba a las dos o las tres de la mañana diciéndoles barbaridades con el megáfono como, por ejemplo, que, mientras ellos estaban allí tirados, sus mujeres estaban en casa tranquilas e incluso con otro, aprovechándose de que no estaban en sus domicilios (13).

Y nada más lejos de la realidad porque lo cierto es que el importante papel que desempeñaron las mujeres en la huelga ha sido destacado de manera general (Pilar Sierra afirma que hubo alguna mujer que empujó a su marido a la huelga para apoyar a los compañeros, e incluso se enfrentaban a algunos comerciantes que tenían su negocio abierto para que cerraran (14)), empezando por el discurso de Pasionaria, publicado en España Republicana, en el que la histórica dirigente del Partido Comunista, afirma: “En Asturias, León y Puertollano, ellas han luchado en la calle, defendiendo no sólo las reivindicaciones económicas de sus maridos y de hijos, sino el derecho de éstos a la huelga (...)” (15).

Lo mismo sucede con Irene Falcón, que relata la actuación femenina puertollanense: “Las mujeres salieron a la calle organizando piquetes para que nadie entrara al trabajo. El que lo intentaba era sacado por ellas y se le obligaba a volver a su casa. Los mineros de la Fábrica Calvo Sotelo se quedaron en el fondo de los pozos. Cuando la guardia civil quiso impedir que los familiares les bajaran la comida, una mujer se encaró con ellos diciéndoles que por encima de todo la comida bajaría al fondo. Otras mujeres fueron a hablar con las familias de los guardias, explicándoles que la huelga no iba contra ellos, sino contra el gobierno, contra la miseria” (16).

Esa dificultad para relacionarse con los huelguistas que tuvieron las mujeres ─Sebastián García resaltó su sacrificio porque tenían que recorrerse cada día de los que estuvieron allí cuatro o cinco kilómetros hasta llevarles la comida adonde estaban acampados─, debido al cerco del campo “laboral” por donde deambulaban los mineros y al que nadie podía entrar por orden de los guardias, fue narrada también con su peculiar gracejo por Pedro Muñoz:

Las mujeres se las han industriado (sic) para hacer acto de presencia:

─ Que no, que no te llevas ná. Yo te lo acerco. Tiés que comer ¿no?

─ Que no la enredes, mujer.

─ Que no la enreden ellos. Que las mujeres de Puertollano semos bragás.

─ Ya.

─ Pos ¡va!

Y fueron las mujeres. Armaron una algarabía, apareciendo en grupo, que se habían ido uniendo por el camino, y un vocerío tal que los guardias se vieron sorprendidos.

─ Que no se puede pasar.

─ ¿Que no, guardia? A que a usté su mujer sí le da hoy el manduquen. Pos mi hombre tamién tié que comer.

─ (a coro) Eso. ¡Tién que comer!

─ Vamos: ¿qué pasa? ─ ha preguntado el Cabo Jaro Juárez acercándose y con buenos modos.

─ Que no han comío y no nos dejan darles la merienda ─han gritado casi todas.

─ ¿Que no se puede? Verá usté, guardia como sí se va a poder.

Y la que lo dijo dio tal culada al andamiaje de palos, fingiendo una cerca, que todo cayó al suelo. Las mujeres empezaron a entrar. Los guardias intentaron impedirlo. Pero Jaro Juárez suavemente lo arreglo todo de la manera mejor:

─ Déjala. Son mujeres y salen enseguida” (17).

Dirigidos por líderes como Pedro Ruiz y con hombres muy activos como Modesto López (a) El Zorro ─formaba la saga conocida como “los hermanos Zorros”, junto a Salvador, José y Celedonio─, los hermanos Rincón Ortiz (Andrés, Antonio, Fidel y José, cuya esposa Mari Carmen Martín ayudó mucho a los huelguistas), o Virgilio (a) Minerillo, el día 14 de mayo, lunes, el paro era total en la cuenca minera y en la zona industrial de Puertollano, como se reconocía en el Programa de Feria de 1963, que añadía: “Puede decirse que ayer y hoy se ha llegado al punto crítico del conflicto, [aunque] la tranquilidad, sin embargo, es absoluta”. Pilar Sierra afirmó que durante el día se hacían reuniones y manifestaciones por el pueblo y luego por la noche dormían donde acampaban, beneficiados porque la hierba estaba casi seca.

Mientras tanto, la censura hacía su labor y en la prensa no parecía existir la más mínima perturbación en Puertollano. El diario Lanza, fiel guardián de los principios de la dictadura, no recogió ni una sola noticia, hasta que el día 15 de mayo, en la sección “Nunca la lanza embotó la pluma”, apareció un editorial sin firma en el que se hacía referencia a la huelga con un título eufemístico como “La paralización del trabajo no es solución”, en el que se hablaba de los términos manidos empleados siempre por el régimen respecto de las huelgas: “procedimientos ya absolutamente superados, totalmente innecesarios e improcedentes”; “esta paralización es ilícita”; “estas paralizaciones afectan y dañan muy gravemente a la economía nacional”; “la huelga es un procedimiento anacrónico”, etc. Por supuesto, no faltaba la consabida apelación a las “conocidas consignas del comunismo internacional orientadas a impedir la elevación del nivel de vida”.

Sin embargo, la gravedad de lo que estaba ocurriendo debía ser grande cuando el día 16 apareció en Lanza un suelto despachado con poco más de seis líneas en el que se daba cuenta del desplazamiento a Oviedo nada menos que del ministro secretario general del Movimiento, el conocido José Solís Ruiz, que sería el encargado de hablar con comisiones de los mineros, la primera vez que eso sucedía en el régimen del cruel dictador. Incluso ese mismo día se daba cuenta de la celebración en París de un mitin de solidaridad con los huelguistas españoles, aunque ─se decía─, en realidad lo que quiere Moscú son huelgas “que destruyan la economía”. En suma, todas las cuencas mineras de España eran un clamor y Solís tenía que mantener reuniones desde las 10 de la mañana hasta después de las 11 de la noche (Lanza, 17 de mayo).

Naturalmente, el régimen no renunciaba a acabar con un movimiento que dejaba todas sus vergüenzas al descubierto. Pilar Sierra contó cómo el 16 de mayo llegó un comandante y Sierra se dirigió a él para preguntarle si se creía que estaban allí por capricho, respondiéndole: ─ “Cállese; mañana van a salir de aquí todos chutando”. Por su parte, Sebastián García recordó que en su vida no había visto nada como lo que sucedió el día que los desalojaron porque aquello fue una batalla campal en la que el régimen echó toda la carne en el asador, con un gran número de Policía Armada (los célebres y denostados “grises”) y guardias civiles que trataron de provocar la desbandada de los huelguistas (“es que no se veía el terreno; es que no se veían nada más que guardias civiles y policías subir hacia el pozo Calvo Sotelo, y entonces ya dijimos: ─ Ya nos han ganado la batalla”). En aquel momento caminaron por la carretera de Mestanza y cuando llegaron al puente del Ojailén todavía ─aseguró─ tiene grabada en sus retinas la imagen de los veinte o treinta camiones de los que en aquella época usaban las fuerzas represoras.

En cuanto a Pedro Ruiz también rememoró cómo fue el final, el 17 de julio: “Nosotros sólo teníamos la fuerza que nos daba nuestra unidad, incluso los únicos palos que teníamos estaban puestos en los chozos y no los teníamos en las manos; pero ellos hicieron un despliegue de fuerzas enorme a punta de fusil, y empezaron a decir que teníamos que evacuar aquello rápidamente cuando sonara una corneta, y si no empezaban a dar palos. Tocó el cornetín y la gente comenzó a desfilar despacito, sumándose los de todos los pozos restantes hasta llegar al antiguo bar El Pijo [en la esquina de la calle Gran Capitán], intentando los líderes que los trabajadores no se dispersaran para llegar al centro del pueblo juntos, pero se dieron cuenta de la maniobra y los disgregaron. Eso no salió bien, pero lo demás salió bordado porque toda la distancia desde la Calvo Sotelo tardamos bastante en recorrerla, pues cada cierto tiempo alguien lanzaba un grito de ‘quietos, quietos’ y todos se paraban. Eso molestó tanto a los que encañonaban a los obreros que el jefe agarró el megáfono y les advirtió que si lo que querían era cobrar iban a cobrar de verdad, a palos, si no andaban más deprisa. Al final, después de hora y media lograron meternos en las casas, pero no llegamos desmoralizados porque habíamos hecho frente a la dictadura”.

Según el Programa de Feria de 1963, el día 18 de mayo, viernes, “la normalidad laboral era total en Puertollano y su zona minero-industrial”, sin que se produjera “perturbación alguna del orden público ni incidentes que merezcan registrarse, desde el día 9 en que se planteó la situación de huelga”, cuestión en la que también coincide el informe del Gobierno Civil citado por Isidro Sánchez, interesado en resaltar que se mantuvo el principio de autoridad sin ninguna claudicación. Sin embargo, lo cierto es que los obreros habían tenido en jaque al aparato dictatorial, que tenía muy claro que “los conflictos laborales que han surgido en algunas regiones son conflictos de índole política. Inequívocamente. Están atizados por antiguos resentimientos contra nuestro país, y éste es el caso de la masonería. Están dirigidos por odios y rencores más recientes, pero también invencibles, y éste es el caso del comunismo” (“El consabido barullo es barullo confirmado”, en Lanza, 19 de mayo de 1962).

Enlace a los capítulos anteriores

- Capítulo 1: Desasosiego y zozobra en los trabajadores

- Capítulo 2: No se atreven a secundar las consignas...

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(1) Lanza, 4 y 5 de mayo de 1962. El estado de excepción suponía, entre otras muchas medidas represivas, que las autoridades podían “detener a cualquier persona, si lo consideraban necesario para mantener el orden”, o el destierro de todo el que se considerase sospechoso de conducta subversiva.

(2) López García, Julián y Pizarro Ruiz, Luis, 2010, p. 605.

(3) Archivo del Museo Municipal de Puertollano (AMMP), Fondo SMMP, sin catalogar.

(4) Entrevista de Jesús Camacho y Herminio Sobrino, grabada por Julio López Espeso, 28 de junio de 2012.

(5) Arias Fernández, Modesto, 2005, p. 151.

(6) Sánchez Sánchez, Isidro, “1962: La huelga de los treinta duros en Puertollano (y IV)”, en Lanza, 19 a 22 de junio de 2012.

(7) Muñoz Fernández, Pedro, 1980, p. 173. En Puertollano hay algún testimonio que asegura que una parte de las fuerzas fueron alojadas, por ejemplo, en la escuela que se conocía como “El Segurillo”, en lo que hoy es el edificio de Servicios Sociales, en Gran Capitán.

(8) Según la información de Pedro Ruiz, Blanco ni siquiera pudo reingresar en la empresa porque cuando llegó la democracia las minas habían parado.

(9) Sánchez Sánchez, Isidro, ibíd.

(10) AHP, AISS, 635.

(11) http://hemeroteca.lavanguardia.com/preview/1961/02/07/pagina-5/32687074/pdf.html, 7 de febrero de 1961. Nacido en Pamplona en 1917, José María del Moral Pérez de Zayas fue jefe nacional del SEU, gobernador civil y jefe provincial del Movimiento en Ciudad Real y Guipúzcoa, antes de ser delegado nacional de Prensa, Propaganda y Radio y procurador en Cortes.

(12) AHP, AISS, 635.

(13) Entrevista de Jesús Camacho y Herminio Sobrino, grabada por Julio López Espeso, 28 de junio de 2012. Sebastián, que trabajaba en la pequeña mina “Nueva Aurora”, afirma que ellos tuvieron la ventaja de que la empresa les dejó quedarse en las instalaciones, con lo que dentro de lo malo, estuvieron algo mejor e incluso se aseaban en el cercano arroyo Cañaillas.

(14) En Puertollano hubo personas que presenciaron cómo determinado número de mujeres trataron de abrir la puerta cerrada del Mercado de Abastos para conseguir alimentos para la gente que lo pasaba mal esos días, y las fuerzas policiales actuaron con toda contundencia, empleando camiones con mangueras de agua para disolverlas.

(15) http://prensahistorica.mcu.es/es/publicaciones/numeros_por_mes.cmd?anyo=1962&idPublicacion=4483La participación de las mujeres españolas en las huelgas de abril y mayo”, en España Republicana: portavoz del movimiento antifranquista, Año XXIV, Número 527, 15 de septiembre de 1962, p. 5.

(16) Irene Lewy Rodríguez, conocida como Irene Falcón, nació en Madrid en 1908, fue secretaria personal de Dolores Ibárruri, Pasionaria, y una de las principales animadoras de la emisora de radio La Pirenaica. http://prensahistorica.mcu.es/es/publicaciones/numeros_por_mes.cmd?anyo=1962&idPublicacion=4374 “Las huelgas y las mujeres”, en España Popular, época segunda, año XXIII, nº 922, 15 de julio de 1962, p. 5.

(17) Muñoz Fernández, Pedro, 1980, pp. 180, 181.