Opinión

Triste obituario en Puertollano

Vamos a romper estrellas, Pablo

Pablo, un teatrero genial que avivó el teatro en Puertollano como nunca antes y le diste categoría de alta excelencia con la troupe que completaba la cuadrilla de Enea, en los años ochenteros de parrandas y derivas

Manuel Valero

18/04/2019

(Última actualización: 19/04/2019 11:57)

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Mi recuerdo retrocede aún más allá de cuando te convertiste en el mayor teatrero del mundo. Me lleva a un gran patio de colegio alquitranado donde ensayábamos los pasos de la procesión de María Auxiliadora, me traslada a los pórticos grises donde se proyectaban las películas antes de que hicieran el teatro, así lo llamábamos, teatro, no cine, ni auditorio, sino teatro. Como una premonición.

Allí te vi hacer los primeros pinitos junto a Alejandro Becerra. Y en los pórticos de arriba menos tristes que los de abajo porque no los salpicaba la lluvia, me veo y te veo cantando esa canción inolvidable, de infancia, que aprendimos con inapelable academicismo y disciplina militar.

En la arena de la playa

está cayendo el rocío.

La misma canción que cantamos hace apenas unos años en un encuentro con las Letras y hace tan solo unos días en el pub La Luna- Ah, la Luna- en un modernidad que llaman Slam Poetry. Y allí estabas tú como siempre, tozudo, caballero, valleinclaniano, con todos tus años pasados al hombro y con todas las mordeduras del cuerpo y las cicatrices del corazón al otro hombro.

Teatrero, porque fuiste un teatrero, Pablo, un teatrero genial que avivó el teatro en Puertollano como nunca antes y le diste categoría de alta excelencia con la troupe que completaba la cuadrilla de Enea, en los años ochenteros de parrandas y derivas, algunas desastrosas. Tú eras puro paisaje humano con tu retranca y tu peculiar mismedad, eras ese tipo al que uno le pagaría una copa o ciento por el placer de decir unas cuantas tonterías juntos en busca de la piedra filosofal o la simple piedra de fumar. Ya me entiendes

De esa mala la barquilla

que está orillada en el río

Pablo Céspedes*. No hay que añadir nada más a la voz de tu nombre y apellido que te imprime en nuestra historia, a la fonética de la voz, la voz teatrera, la voz del mundo, la ensordecedora voz del mimo, incluso, que se encarga de interpretar el papel definitivo de la vida cual es la muerte. Se pronuncia tu nombre y aparece, a mí se me ocurre, el Calígula de Proust, o el mismo Lope de Rueda, tan actor como autor, alegrando la roma escena de la época, con sus pasos y entremeses.

Creaste un personaje que eras tú mismo sin impostura alguna, todo tú, magnético, admirable… Era tanto teatro el que destilabas que parecías un personaje de autor siendo tú mismo, con tus gafas de pasta, tu personal histrionismo que convertías en asombro cuando te creías el ingeniero de la hipérbole sobre tu bohemia crónica, tu militancia nocturna, tu resistencia cultural, tu estado de gracia incluso en la desgracia, tu entropía manifiesta a lo largo del discurso de tu vida, tu barba canosa de escritor bendito.

Parecías, al final, una excrecencia de otro tiempo, un autor de pluma y tintero en este mundo de frases cortas en una cosa que se identifica con un estúpido pájaro cantando. Eras un Max Estrella venido a más. Grabaste una huella en toda una generación y en los de antes de esa generación y en los hijos de la generación que te disfrutó: en un escenario haciendo de algo o de nada o dirigiendo al elenco que te adoraban. Ellas y ellos.

Sobre el remanso tranquilo la tarde ya va a caer

y pronto la luna llena sobre la resaca ya va a aparecer

Resacas, Pablo. Que nos hablen a nosotros de resacas. Y ahora viéndote en toda tu plenitud de muerto me has parecido más teatrero que nunca, más caballero, más elegante, todo un señor en su último traje de madera como las tablas que pisabas. Y te lo digo, ahora. No me ha venido un sollozo, ni un ahogo repentino, ni un brote de pena flotandera: He sonreído, Pablo. Me has hecho sonreír pedazo de genio indómito, desordenado, tierno, ácrata, insólito, amigo de tus amigos incluidos los abstemios. Puertollano ha tenido la suerte de tenerte entre los suyos. No has sido rutilante conforme a los patrones oficiales de la normalidad pero has sido tan singular que nuestra ciudad común no hubiera sido la misma sin el cupo de existencia que te tocó vivir en nuestra compartida patria chica.

No me ha dado pena tu muerte, Pablo porque me ha dado mucha pena tu muerte, tanta que me ha parecido que disimulabas tan grave y ceremonioso como estabas en el ataúd, con esa pinta de pensador decimonónico, con esa voz ronca que parecía que se rasgaba el mismo cemento cuando hablabas en serio o en broma, que era igual pero no era lo mismo.

Tu familia, tus amigos, tus compañeros, tus actores, todos cuantos te conocieron y te conocimos en cualquier momento de nuestra vida te echaremos de menos, y reiremos, siempre reiremos cuando hablemos de ti apenas salga a colación tu recuerdo, querido Pablo, persona, actor, paisano, gigante. Teatrero.

Hoy he cantado esa canción con tu hermano mayor que también la recordaba. Y me ha parecido que te unías al coro

Boguemos negrito, vamos a bogar/que en el agua brillan las estrellas ya

Vamos a romper estrellas y a ver en el agua sus hilos temblar.

Adiós, Pablo.