Puertollano

Historia viva de los paños textiles urdidos en los telares de Puertollano

Diego Sánchez de la Sacristana, un tejedor de Puertollano al servicio de Isabel la Católica

Nació en esta localidad hacia 1499 ó 1500 y confeccionó dos medios paños blancos para hacer las mantillas del rey Felipe II cuando era heredero al trono de España

Miguel F. Gómez Vozmediano

06/12/2018

(Última actualización: 09/12/2018 11:14)

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Según reza un conocido pasaje de nuestra historia local, era tal la fama de los paños textiles urdidos en los telares de Puertollano que, ya a inicios del siglo XVI, “cuando la Católica Majestad del Rey don Felipe...nació [se encargó] que en esta villa se labrasen dos medios paños, que dicen medias refinas blancas, para hacer las mantillas a Su Majestad, las cuales dichas dos medias labró Diego Sánchez de la Sacristana, vecino que fue de esta villa”. De este modo, un profesional puertollanero de hace 500 años confeccionó, alrededor de 1527, el abrigo infantil del heredero al trono que con el paso del tiempo se convertiría en el futuro Felipe II, dueño de un Imperio donde no se ponía el sol. Pero ¿cuál es la historia de este personaje de quien hasta ahora no sabíamos más que el nombre y su ocupación? ¿Existió en realidad? Pues bien, tras ímprobas investigaciones, podemos arrojar algo de luz sobre este evocador enigma.

Diego nació en Puertollano hacia 1499 ó 1500, en el seno de una acomodada familia de labriegos, propietaria de tierras y varias yuntas de bueyes, pero que en invierno tejía la lana esquilada de las ovejas que pacían en el Valle de Alcudia. Su padre era Diego Sánchez, puertollanero de pura cepa, y su madre era María “la Sacristana” (hija del antiguo sacristán y campanero del pueblo). En su casa cercana a la Casa de la Tercia nacieron Diego, el primogénito del hogar, y su hermano menor Miguel. Del ascendiente socioeconómico de esta familia da cuenta el que, ya en 1502, el patriarca desempaña el cargo de mayordomo de la cofradía de la Virgen de Gracia, una de las más notables del lugar. No obstante, en realidad, el rico era su tío Juan Sánchez, mercader de paños de lana, con tienda abierta en plena plaza mayor y que a su muerte dejó un dinero para fundar una ermita consagrada a Santiago Matamoros, que a la sazón nunca se construyó.

Sí pues, embarazada la reina, en la Corte itinerante de Carlos V se recibió el regalo de sus vasallos del Campo de Calatrava: unas mantillas echas por un artesano cualificado, sobrino del comerciante más poderoso de Puertollano. De este modo, la propaganda gratuita que obtuvo el taller de Diego Sánchez de la Sacristana trascendió fuera de la comarca. Los tejemanejes familiares habían logrado el objetivo de relanzar el negocio.

Endiosado en Puertollano, Diego Sánchez de la Sacristana se embarcó en una carrera para ampliar sus intereses económicos y acaparar cuantas tierras, casas, cabezas de ganado, viñas y colmenas puso atesorar durante sus poco más de 60 años de vida. Pero este encumbramiento no quedó impune. Y es que el protagonista de nuestra semblanza, iracundo, colérico, seguro de sí mismo y pleiteista por naturaleza, pronto se granjearía la enemistad de casi todos los poderosos lugareños, envidiosos unos y recelosos los otros de su estrella ascendente, de su voracidad, de su ambición.

Así, un Diego treinteañero, en plena plenitud vital y económica, aparece enfrentado frontal-mente con la elite que manejaba las riendas del municipio. En diciembre de 1534, junto a otros de su cuerda, denuncia a los ediles de Puertollano por hacer pagar a sus paisanos los desarreglos contables motivados por la mala administración de las arcas públicas. Los caciques locales nunca se lo perdonarán y procurarán amargarle la existencia.

En octubre de 1537, desde el Consistorio se dice que los criados y sirvientes de Diego roturaban de manera ilegal el cerro de Garcicostilla, para extender su olivar a costa de los baldíos vecinales. Un año después es este artesano enriquecido quien vuelve a la carga, informando a los tribunales reales sobre la mala administración de Puertollano. El pleito llegó a la Corte y en represalia fue confinado en su casa. En septiembre de 1539, será encarcelado en una celda, al protestar porque el dinero había sido gastado arbitrariamente por los alcaldes.

No se arredraría ante las dificultades. En enero de 1541, Diego se erige en cabecilla de un bando local y reclama a Madrid que se respetasen las flamantes ordenanzas municipales, incumplidas sistemáticamente por dichos alcaldes de la villa “por ser ellos ganaderos y los principales”. Poco después, en febrero, y en esta misma línea, expone que los poderosos ganaderos locales abusan de su poder y usurpaban los pastos de todos, admitiendo reses forasteras. No contento con enfrentarse con los caciques locales, osó despertar las iras de los mayorales serranos. La cosa iba de mal en peor. Más aún cuando la Orden de Calatrava dio por buena la administración y el gobierno de esta pujante localidad manchega, poblada entonces por más de 700 casas.

Sin cejar en su empeño, al año siguiente nuestro intrépido protagonista denuncia que se había gastado una fuerte suma sin control alguno y en asuntos poco claros; además, sostiene que no se proveían los cargos públicos en los más capaces ni más cualificados. Hacia 1543 todavía mantenía litigios con medio pueblo, aunque desde luego debía ser bastante popular entre sus paisanos, cansados de ser gobernados por los de siempre. Para más inri, en abril se querella del juez almodoveño por prevaricación, al juzgar siendo parte el proceso entablado contra unos paisanos que se habían quedado unas propiedades suyas. Enemigo capital de los poderes fácticos del área, no le fue demasiado bien su estrategia de ataque frontal a los ricos del lugar.

Los años siguientes fueron de repliegue a posiciones más contemporizadoras, pero de nuevo vuelve a las andadas hacia 1552. Así, en diciembre, Diego Sánchez de la Sacristana se escandaliza que, siendo de propiedad municipal las dehesas de la Cantera, la Nava y la Dehesilla de Cabezarrubias, los munícipes habían arrendado su pasto. También sostenía que no se respetaba el espíritu de las Ordenanzas de Montes, por imponerse demasiado multas bajas a los ricos. Por todo ello, reclama la presencia del Gobernador del Campo de Calatrava, para que auditase las rentas del concejo desde hacía seis años. Por si fuese poco, estaba a muerte con la viuda Juana Núñez, a quien acusaba de seducir a su hijo con malas artes, para quedarse con su hacienda.

A fines de 1553, Diego colaboraba con el ayuntamiento para multar a un vecino suyo que había introducido mulas en Puertollano. Esta colaboración no era altruista, ya que Diego poseía la mayor cabaña boyal del término y las mulas competían con sus yuntas ventajosamente. Sin embargo era poner puertas al mar, ya que al poco él mismo se ve envuelto en un oscuro caso de contrabando equino, que le salpica directamente.

La última vez que nos topamos en los documentos a Diego Sánchez de la Sacristana data de 1555, cuando las autoridades puertollaneras se quejan que el juez del Partido había sido sobornado por éste y otros lugareños, calificándolo como “amigo de pasiones y perturbador del pueblo”. Parece que el nuevo delegado del Rey en la comarca había entrado como un elefante en una cacharrería en Puertollano, aposentándose en el palacio de la encomienda reclamando los libros de cuentas del concejo, la iglesia, los santuarios y los embargos judiciales, “diciendo que tenía en su poder lo del pueblo y que no habían de gastar en la fiesta del Voto de Nuestra Señora [el Santo Voto], siendo tan solemne y antigua”. Por fin había llegado su minuto de gloria, tras cincuenta años en la brecha, aliándose a un abogado forastero investido del poder del Rey.

Poco duraría su triunfo. El pueblo alborotado echó del pueblo al gobernador y culpó de todo a sus colaboradores en Puertollano. Pacificada la comunidad rural, Diego Sánchez retomó a sus negocios y nunca más importunó a sus paisanos. Su hijo homónimo heredó aparte de su nombre y apellidos un rico patrimonio urbano y una cabaña ganadera de primer orden. Orgulloso de su sangre, empleó algunos de los métodos de su padre, usurpando tierras y negociando con reses, lana o cuero. Más astuto, gracias a una boda de conveniencia, entroncó con otra saga familiar instalada en el poder desde hacía generaciones. Había llegado la hora de medrar a la sombra del ayuntamiento, evitando colisionar con quiénes podían complicarle su trabajado ascenso social hacia el anhelado título de hidalgo. Cien años bastaron a esta familia para aferrarse definitivamente al poder de nuestra localidad, donde permanecería casi otros dos siglos.