Puertollano

Un relato de José González Ortiz que Portus Planus recupera en su muro de Facebook

El día que la trilita mordió mi mano (homenaje a los mineros de Puertollano)

En el Día de los mineros (festividad de Santa Bárbara), La Asociación Portus Planus homenajea “a todas esas personas que durante dos siglos hicieron crecer y desarrollarse a nuestra ciudad, con su duro trabajo y a veces con su vida”. Para ello, comparte en su muro de Facebook este cuento de José González Ortiz, paisano e historiador.

Además, han publicado la fotografía que acompaña a esta noticia. Una imagen anterior a 1910, "quizás la más antigua que se tiene de un minero dentro de la mina".

José González Ortiz

04/12/2018

(Última actualización: 04/12/2018 22:49)

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Fue en el año 1958 –con ocho años de edad-, cuando conocí la tarascada que daban los explosivos de la mina que no estallaban en los lugares determinados para ello. Después, muchos años más tarde, supe de las víctimas que se había llevado por delante al “Huerto de la Guitarrilla”, como algunos denominaban eufemísticamente al antiguo Cementerio Municipal y, no solamente la dinamita que mutilaba y talaba a los que roían las rocas para sacarle el pan, sino también un maldito gas, el odiado y temido “grisú”(gas metano) que avisaba con su característico tufillo dulzón, momentos antes de producirse una deflagración en la que se retorcían hasta los raíles del interior de las galerías de la mina y, despanzurraba a las mulas “ciegas” que arrastraban las pesadas vagonetas de carbón ó escombro. Explosión que se producía a veces por el mero roce de las herraduras de las acémilas sobre las rocas y soltarse en consecuencias algunas chispas que desencadenaban el brutal estallido.

Santa Bárbara se celebraba el 4 de Diciembre. Era la fecha señalada por los mineros para honrar a su patrona. Puertollano se regocijaba en un festejo estruendoso y jaranero que alteraba la dinámica de una ciudad trabajadora, cuya economía dependía de las tripas del subsuelo. De Santa Bárbara nos acordábamos al oír tronar. Cuando las explosiones de los barrenos del Cerro Santa Ana y en los aledaños del pueblo nos avisaban a la chiquillería de que algo grandioso, capaz de alterar los silencios y soledades estaba ocurriendo a dos metros de nuestras narices. En la “Minilla” y en los escasos terrenos de labor que la rodeaban, estallaban los mineros sus cartuchos de dinamita. Barrenos cilíndricos, envueltos en papel fuerte de color acaramelado, encerado y brillante que guardaban en su interior un monstruo poderoso que al liberarse rugía con extrema ferocidad, destrozando y pulverizando todo aquello que se pusiera por delante. Explosivos que las empresas mineras daban a sus trabajadores para la celebración.

La “Minilla” estaba a un tiro de piedra de la barriada “309”. Su iglesia con la advocación de “San José y Santísimo Cristo de las Minas”, tenía dos torres gemelas y en la calle Las Torres nº 13, viví una veintena de años en la casa que el Ayuntamiento le tenía alquilada a mis padres –maestros de escuelas nacionales-. Fue allí en su patio donde un fulminante de trilita utilizado para detonar los barrenos me taladró y tatuó la piel ¡Y hubo mucha suerte!

Los mineros estallaban los barrenos de dos formas. Mediante mecha y un “estopín” o bien, con corriente eléctrica y un fulminante de trilita. Sistema extendido en aquella época por toda la cuenca hullera. El “estopín” era un artilugio que se aplicaba en un extremo de la mecha y consistía en dos canutos de cartón. Uno dentro de otro, con una sustancia inflamable entre ambos. Al girar un cuarto de vuelta el canuto exterior, rozaba éste sobre el canuto interior, produciéndose una llama que prendía en la mecha. Evitándose así el uso del encendedor o la llama de la carbura. Cuando el cartucho de dinamita se detonaba por corriente eléctrica, éste, se unía a una dinamo o fuente eléctrica a través de un fino cable de hilo de cobre y en su extremo se acoplaba a un fulminante de trilita (trinitrotolueno un explosivo muy potente) que se introducía en el barreno. Un pequeño cilindro metálico de seis centímetros de largo por unos siete milímetros de diámetro. Una cápsula de cobre que protegía la trilita que era la primera sustancia (muy sensible) que explotaba y ésta hacía estallar al resto de la carga de dinamita.

El día de Santa Bárbara los mineros jugaban con el fuego. El monstruo que les infundía pánico, respeto y temor bajo tierra, se convertía en un juguete a la luz del día y más..., en el día de la patrona.

La chiquillería nos extasiábamos ante el manojo de “lagartos” (como los llamaban en tono jocoso) que, agarrados por el rabo traían los mineros del “Pozo Norte” y que explotaban en las eras, cerca de la “Minilla”. Algunos barrenos los lanzaban a brazo con la mecha prendida por un cigarrillo, mientras otros los enterraban bajo tierras y escombros y los hacían saltar por los aires... Recuerdo un perro muerto e hinchado, cuyas entrañas habían sido desvalijadas por los cuervos que pululaban por las escombreras del “Pozo San Esteban”. Le metieron un barreno en la oquedad y con la dinamo de la bicicleta lo volatilizaron una fría mañana de nieblas...

Un día jugando cerca de la “Minilla” hallé un pequeño cilindro metálico alargado que no sabía que era y para qué servía, pero que guardé en el bolsillo del pantalón. Continué con él todo el resto de la jornada, hasta que lo deposité al llegar a casa en un cajón del aparador. Allí guardaba mis hallazgos, sobre todo las cosas más inverosímiles que encontraba en mis correrías por el campo, basureros y escombreras.

Una mañana recabé en aquel pequeño cilindro metálico. Por esas fechas tenía un juguete excitante, una pistolita metálica vieja y oxidada que simulaba una pieza original. Nunca supe como esa pistolita llegó a mis manos !quizás la encontré fortuitamente en un estercolero¡ ó mediante un cambalache con otro chico... Tomé el pequeño cilindro metálico y me lo imaginé partido en trozos, convertido en varias “balas de verdad” con la que impresionaría –junto con la pistolita- a los amigos del barrio en una pueril exhibición al más puro estilo de vaqueros del Oeste ó policías… Me fui al patio de la casa, agarré un hacha y un martillo, situé el pequeño cilindro sobre algún improvisado yunque (un escalón), coloqué el hacha agarrada con la mano izquierda sobre aquella misteriosa cosa y con el martillo manejado por la mano derecha comencé a cortarlo. Di un golpe seco, fuerte y, el cilindro me reveló su secreto. La explosión la oyeron algunos vecinos de alrededor, así como mi tía Charo que asustada se impresionó cuando me vio bañado en sangre. En la Cruz Roja me hicieron las primeras curas y me quitaron el pañuelo ensangrentado que algún vecino me puso en la mano izquierda, pues fue la que más sufrió la mordedura de la trilita. Ese día a mi casa, parte de la vecindad se acercó para interesarse por mi estado. Con orgullo salía de mi habitación para que me vieran y saciaran su curiosidad ante lo que se contaba y para que vieran mi mano vendada, la cara moteada de puntitos rojos y mis piernas escuálidas metidas en un pantalón corto de alguno de mis hermanos, salpicadas de pequeñas heridas. Había salido victorioso de mi aventura y del secreto que guardaba aquel pequeño objeto metálico que hallé perdido o desechado en los aledaños de la “Minilla”. En la “Escuela de Don Justo” –al lado de mi casa- era una especie de héroe o chico curioso..., una atracción. Todos se impresionaban por mi estado y algunas madres insistieron al maestro para que me diera unos días de forzada vacaciones, hasta que las heridas cicatrizaran. Debía dar pena... Hoy muchos años después, todavía contemplo y me asombro de las partículas de color verde azulado que tengo incrustadas en la mano y otras partes del cuerpo. Me acuerdo con gran precisión de aquel día aciago que dejó en mí una huella imborrable y, de aquella cápsula metálica que encerraba en su interior un pequeño y mortífero infierno.