Opinión

Páginas del fondo de la mina

Emiliano Adán, historia de una vida en la minería de Puertollano

Emiliano fue “maestro de vías” en la mina Aurora (situada junto al poblado minero de Asdrúbal), una de las explotaciones más antiguas de nuestra cuenca

Eduardo Carrero Fernández

03/12/2018

(Última actualización: 03/12/2018 22:39)

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La familia de Emiliano Adán tenía tierras de labor en el Hoyo de Mestanza, pero su explotación no daba para las mínimas expectativas, como en el caso de tantas y tantas familias en esa España tan adormecida de los años 30. Su madre vendió las tierras para recalar en Puertollano, con la esperanza de una vida mejor.

Compraron una casa grande (donde en principio vivían varias familias) en la calle del Duque, en la que se instalaron. Se trasladaron a nuestro pueblo, a la llamada de las minas, como tantos otros que desde las provincias limítrofes (Córdoba, Badajoz...) así lo hicieron, forjando de esta forma nuestro pasado unido al carbón.

Emiliano era un hombre con arrojo, de izquierdas y firme en sus convicciones en justicia social, que sin pensárselo dos veces se marchó voluntario al estallar la Guerra Civil. Una vez terminada tuvo la suerte de volver y a partir de ahí construyó su vida como minero.

Al matrimonio le nacieron dos hijos en la ya mencionada calle del Duque, a la espalda de la Iglesia de la Asunción. “Desde mi casa, para mirar la hora, nos asomábamos a la ventana y la veíamos en el reloj de la torre”.¡Como me gustaba oír las campanadas! recuerda Loli, su hija, con añoranza.

Emiliano fue “maestro de vías” en la mina Aurora (situada junto al poblado minero de Asdrúbal). Esta mina fue una de las explotaciones más antiguas de nuestra cuenca y posteriormente trabajó en la mina “La Razón”y en el pozo Norte (que debe su nombre al estar situado al norte de la cuenca y que entró en funcionamiento en 1928 hasta 1973.Se cambiaba de una a otra si le pagaban más que en la anterior, para mejorar económicamente en casa “porque había veces que no se llegaba” apostilla Loli.

Manejaba una “maquinita” sumergido muchas veces en agua hasta la cintura, trasladando el carbón hasta el montacargas. “Mi padre no tenía reparos en su trabajo, pero mi tío Julián sí. Era vigilante arriba y no trabajaba en el pozo porque le daba miedo bajar. La mina en muy dura y pueden aparecer estas cosas” me contaba de sus recuerdos familiares.

Había veces que alguno de los cables acerados de la jaula se rompía y tenían que arreglarlo ellos mismos, después de pasar el susto al notar algo de desequilibrio en el montacargas.

Con respecto a las diversiones, no le gustaba el Futbol ni los Toros porque “la dictadura es lo que quiere y yo no me puedo olvidar de tantas injusticias que se pasan en esta vida” y de tantas familias que las sufren”, decía con algo de rabia.

Emiliano sufrió en su salud las secuelas de la mina. “Todo el mundo lo sabía en el trabajo siendo patente en los reconocimientos médicos, pero los tribunales no se lo reconocían, por lo que no se podía jubilar por enfermedad.

Emiliano Adán murió joven, con tan solo 63 años y con su cuerpo desgastado por tantas jornadas de humedades y sudores, no ausentes de ese miedo a no salir y abrazar a los suyos. No escatimó ni un esfuerzo por ganar “una peseta más”, dignificando a la vez una profesión (MINERO) que sin duda ya lo estaba, por tantos y tantos hombres entregados y valientes en vencer con mucho trabajo, la batalla librada día a día en las entrañan de la tierra.

En cierta ocasión escuché una frase a un minero que empezó” muy jovencillo” a trabajar en el pozo y que decía así: “mis compañeros me querían tanto o más que en mi casa”. Yo pensé que era un ”afortunado” porque tener dos familias, a cual mejor, no las tiene todo el mundo.

Mi agradecimiento a Manuela Adán (mi vecina Loli) por su testimonio, en agradable charla frente al Mercado de abastos (Julio del 2018).

Eduardo Carrero Fernández