Cultura

Sobre el poemario “Isla/País de colibríes”

La poesía de Manuel Quiroga, un torrente de palabras

Manuel Quiroga, es un observador nato con una extraordinaria facultad para llevar acabo la narrativa poética

Juan Murillo Castillejo

13/10/2018

(Última actualización: 14/10/2018 10:43)

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El epicentro de la poesía de este interesante libro titulado “Isla/País de colibríes”, publicado por Ediciones Vitruvio (Madrid 2018) de 178 páginas y dividido en dos partes, del sociólogo y poeta Manuel Quiroga Clérigo, está enfocado y dirigido a sus dos nietas, Claudia y Martina. A través de ellas el autor va a desarrollar un sinfín de vivencias viajeras tanto por la caribeña isla de Cuba como por el México actual. Asombra en su lectura la magnífica descripción de todo lo que observa el viajero y, sobre todo, lo que siente en el transcurso de sus viajes.

Efectivamente, Manuel Quiroga, es un observador nato con una extraordinaria facultad para llevar acabo la narrativa poética. Es, desde luego, un poeta escrupuloso que utiliza un lenguaje intenso, minucioso con los más insignificantes detalles. Se diría, por tanto, que escribe con una facilidad pasmosa, ofreciendo en sus poemas todo un caudal y un torrente de palabras que reflejan descripciones concretas que, en la mayoría de los casos, el resto de los mortales ni nos fijamos ni vemos.

Todo ello viene adornado con una soltura y una elegancia literaria muy plausibles.

Seleccionamos un poema de cada parte del poemario a fin de completar este breve comentario:

ISLA

Hay islas como prados. Son frutales intensos

que simulan cometas para niños tranquilos.

En las islas eternas viven los flamboyanes

con ese olor a rosas delicadas o blancas

mirándose en espejos que olvidaron tormentas.

Cuando al fin amanece esas islas de lluvia

son trozos permanentes de campanas

que inauguran jardines a las horas en punto

o buscan en la noche el olor de parterres

esperando que vuelvan momentos de rocío

o viento apresurado llegando de los campos.

Las islas cada tarde renuevan sus ventanas

dibujan las bahías inquietas como pájaros.

Es una solución de afectos perdurables,

esos trozos de tierra insumergible y llana.

En una de esas islas hay oficios de aurora,

la infantil variante de los arcos triunfales

donde amanecen siempre la vida y sus distancias,

lejana de las junglas de europas y pecados.

Crece la palma real con vértigo incesante

como rememorando libertades sin pausa.

La referida isla hizo suyos de pronto

los parques giratorios y el amor prorrogado;

inventó melodías y barcos espaciosos,

desterró los volcanes y vientos amarillos,

organizó las aves y sus itinerarios.

Creó los universos de la caña de azúcar,

la música que vibra con frecuencia,

las noches sigilosas de orillas brillantes.

Entre sus sombras viven unas hadas pequeñas

que protegen crepúsculos, arco iris, iglesias

alumbrando por fin las anchas geografías

de Cuba adolescente y sus raros milagros.

CUITZEO

Para Eugenio que nos llevó a Cuitzeo, Yuriria, San Miguel de Allende, a Celaya, a Guanajuato…

El césped alineado frente al claustro románico

crea un mágico entorno de santidad antigua.

Por aquí entran, llegan, peregrinos devotos

recorriendo los siglos de fe y de creencias

en sus itinerarios de mística concordia.

Se encuentran en la iglesia dos portadas antiguas,

una blanca y cuadrada, con sus ventanas rojas,

y esa torre moderna de augustas campanas;

dorada la del centro ya más cerca del cielo.

Tres gaviotas de nieve sobrevuelan las nubes.

En Cuitzeo la brisa crea un ambiente grato:

hay prontas melodías inundando las plazas.

La portada barroca del conjunto eclesial

muestra una madera legendaria y brillante,

sobre la que descansan nidos, frontones, ángeles

destacando en el centro un corazón flechado.

La imagen delicada de María Magdalena,

a quien va dedicado el templo memorable,

da paso al oratorio y al convento contiguo.

Una excelsa vidriera ocupa el centro mismo

de esa insigne puerta rodeada de escudos,

donde latines, versos, figuras escaldadas

cobijan el bastón, la tiara vaticanos

denotando obediencia de los frailes al Papa:

es el mito obligado de los mundos católicos.

Salimos a Cuitzeo y el mundo se renueva;

flamboyanes, mezquites, jardines de geranios

configuran la vida alegre y ordenada

a la que todavía no ha llegado el otoño.