Puertollano

Artículo publicado en el extra de fiestas de septiembre de La Comarca

Sentido y emocionado homenaje al tren Mixto y al Valdepeñas-Puertollano

En el 25 Aniversario de la alta velocidad en España

Eloy Núñez Sánchez

09/09/2017

(Última actualización: 10/09/2017 11:15)

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Es el ferrocarril, en su lento pero continuo proceso de evolución, el medio que más sosegadamente nos indica el crecimiento vegetativo del conocimiento humano y su consecuencia de progreso y desarrollo.

En lo que va de siglo se condensa prácticamente la historia del transporte ferroviario, en paralelismo casi mimético a la del carbón como principal fuente energética, empleando el negro mineral como combustible para alimentar las calderas de sus máquinas a vapor. La abundancia de yacimientos e hullas u lignitos, tanto en Europa como en nuestro país, unido a una flora que venía casi justa para mantener el ecosistema hizo, que al revés de los transportes ferroviarios americanos, en el viejo Continente se antepusiera el carbón a la madera, pródiga en la exuberante vegetación de las extensas selvas y bosques del Nuevo Mundo.

Con la incorporación de los nuevos carburantes del rey petróleo a la escena industrial de mitad de siglo, languidece hasta desfallecer finalmente la utilidad de la máquina de vapor como fuerza locomotriz y es rápidamente sustituida por la potente Diesel, mucho más rápida y poderosa en fuerza y maniobrabilidad. Un más afinado coste de energía eléctrica hasta que el imparable avance tecnológico dé a luz las máquinas a tracción eléctricas de alto consumo que complementan el parque actual ferroviario del mundo desarrollado, donde se conjugan máquina, vagones y carriles deslizantes construidos con técnicas y materiales de última innovación, que permiten records de velocidad y niveles de seguridad y confort en progresiva ascendencia.

De este último ciclo nace el AVE del que disponemos y que vino a relegar a un último plano al tradicional Madrid- Badajoz, tanto en su edificio estacional como en su ubicación de red de parada y embarque.

No es caso aquí de cantar excelencias o criticar consecuencias del moderno tren de Alta Velocidad. También estarían fuera de lugar comparaciones con el otro, el tradicional, el de la vía ancha como decían algunos y, por supuesto, mucho menos con los otros dos que teníamos por aquellos entonces en Puertollano: El Mixto (Tracción eléctrica y vapor) de San Quintín a Fuente del Arco y el entrañable Valdepeñas-Puertollano. Pero sí quisiera rendir mi más sentido y emocionado homenaje al recuerdo que dejan en mi memoria y al importante papel que jugaron estos trenes en la vida de nuestra ciudad y comarca.

La precariedad de carreteras, tanto comarcales como provinciales, hacían del ferrocarril el más rápido medio de transporte y, como consecuencia, el más usado. Esto hacía de Puertollano un nudo gordiano de líneas y tráfico de primerísima magnitud dentro del amplio territorio del sur de la Mancha. Su espacio ferroviario dedicado a vías estacionales era tan grande como traumático para su estructura urbana. De hecho partía y sigue partiendo a la ciudad en dos mitades, aunque desiguales. La del Este, la orientada hacia abajo, la culminaba el noble edificio de Renfe con su marquesina del amplio andén y sus primeras vías por donde circulaban aquellos potentes expresos y correos que servía, a menudo, de solaz y distracción a nuestras gentes desde ese paseo ilustrado como era ver el paso de trenes y viajeros. Tanta era a veces la afluencia de paseantes voluntarios, que el andén se llenaba a tope, entorpeciendo las labores de subida y bajada de los sufridos usuarios y llenando de confusión y otras cosas a curiosos y empleados de Renfe. Aquello se redujo cuando se implantó el llamado billete de andén, que obligaba a obtenerlo en taquilla y a entregarlo después al vigilante de puerta para poder acceder a las instalaciones de espera. No obstante, éramos muchos los que nos proveíamos del cartoncito para disfrutar de esa extraña emoción que sentíamos al ver llegar la humeante mole negra de esas máquinas y sus vagones de primera, segunda y tercera clase. Un rápido ojeo a la totalidad del convoy permitía obtener un retrato robot impecable de lo que era, en aquellos momentos, la sociedad española. Asomados a las ventanas de los vagones de 1ª clase, solo se veían a dos o tres señores mayores con miradas entre disciplentes y curiosas, vestidos con calidad y elegancia y manos enjoyadas que a veces exhibían al arrojar el suelo el final de sus habanos. También, a veces, aparecían junto a la majestuosa figura del caballero una grácil y elegante señorita, sin duda familiar directo por el parecido facial y la riqueza de su atuendo, que comentaba risueña y feliz alguna concurrencia con su vetusto acompañante y que, tras dirigir una mirada ausente y una sonrisa amable a los jóvenes andeneros, se ocultaba tras esas cortinas de encaje y misterio que exhibían los pasillos y compartimentos de esa clase inalcanzable de primera.

Los vagones de segunda se veían más poblados, aunque notoriamente mucho menos que los de tercera. Aquí viajaba un tipo de personaje más asequible a nuestro entorno. Algún matrimonio recién estrenado, en viaje de novios a la Capital, Viajantes de Comercio acreditados, con trajes de estilo usados por el tiempo y los quehaceres, cigarrillos americanos de tabaco rubio en sus dedos manchados de nicotina… y alguna señora de buen ver, misteriosamente sola y con mirada escrutadora perdida entre los hombres maduros del entorno.

Los de tercera eran de otro mundo. Mucho más numerosos que los anteriores, formaban el ochenta por ciento de la composición total del tren. A través de sus ventanillas se podía observar el lleno de sus compartimentos y pasillos (¡Dios mío cuanta gente viajaba entonces!) en confusión de bultos, maletas, cestillos, cajas y hasta animales de corral. En ocasiones el cloquear de las gallinas competía en sonido con el llanto de un bebé que no alcanzaba el pecho de la madre, los gritos por el dolor de barriga de un tierno infante o las imprecaciones del soldado al recibir la bofetada de la joven compañera de asiento, por sobrepasarse en su comportamiento.

Era el pasaje de 3ª el más asequible y, por tanto, el más utilizado. Yo diría que el único accesible a las capas sociales más necesitadas, que por aquellas fechas éramos inmensa mayoría, de ahí la masificación de su uso, Abundaban las boinas, los trajes de pana usada y frecuentemente con zurcidos, blusas de mil rayas, camisas de algodón blancas de pechera y ribetes de suciedad en los cuellos, por lo del sudor y la carbonilla que entraba por las abiertas ventanillas invadiéndolo todo, zapatillas de cuero basto y suela de goma de rueda de camión y los pocos zapatos que se veían puntiagudos y con suelas normalmente perforadas por un agujero central bastante grande que terminaba fatalmente rompiendo los raídos calcetines. En las mujeres abundaban los vestidos sencillos, de tela negra y pañuelo del mismo tono en la cabeza. Medias gruesas a juego y zapatos o sandalias de igual confección y parecido corte que el de los hombres. De vez en cuando un hábito con insignia de latón dorado como distintivo de la orden y cordón de cingulillo, rompía la monótona semblanza del vestuario femenino que, aparte del atuendo de penitente, solo se veía alterada por algunas faldas y camisas de popelines coloristas.

Pero lo que más me llenaba de extraña inquietud era observar la repetida ceremonia de aquellas gentes al detenerse el tren y agolparse en pasillos y ventanillas. Como el tiempo de parada solía ser generoso, se aprovechaba para sacar de alforjas y cestillos las viandas al uso con las que mitigar los rigores del mítico apetito que despertaban aquellos largos desplazamientos de humos, carbonilla, sudores y traqueteo. A pesar del calor, del cansancio, del gesto triste y descompuesto de aquellos rostros de campesinos sin campo en busca de jornales inciertos y chabolas de cobijo, la voracidad con la que hacían desaparecer los trozos de tocino, morcilla, tortilla de patatas y pan moreno ayudados por el corte afilado de sus toscas navajas con hojas de alfanje, eran exhibición y espectáculo. Parecía mentira como se concretaban durante la parada en nuestra Estación, estas escenas de escaparate del yantar viajero, siempre en esos trenes, siempre en esos vagones y siempre con las mismas gentes…

Cuando el tren se alejaba, tras el agudo pitido de su máquina, resoplando humo y vapores con furia, como si estuviera enfadada por romperle su descanso, el gran farol de cola era como un ojo ciclópeo que nos observara mientras se hacía más y más pequeño a medida que se alejaba hasta perderse. Allá se iba el expreso con su muestrario humano. Con su cargamento de ilusiones, esperanzas, miedos y frustraciones. Para los más caminaba hacia un futuro incierto. Para los que nos quedábamos, para los que nos limitábamos a ver pasar el tren desde los andenes, quizá la sensación de haber perdido todos los billetes de todos los trenes de la vida…