Reivindicar el sindicato

Antonio Navarro Escudero

26/01/2017

(Última actualización: 27/01/2017 09:47)

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Este año que ha dado comienzo, será un año de Congresos. Junto al de Podemos, PP, Ciudadanos y PSOE, CC.OO. también tiene previsto celebrar los suyos. Divididos entre territorios y ramas, sectores productivos.

En los últimos meses de 2016, CC.OO. ha conmemorado el de 40º aniversario de su nacimiento. Entonces, la conquista de las libertades democráticas ocupaba un espacio central en la agenda del Sindicato. Ahora, los debates son bien diferentes. Sin embargo, por paradójico que parezca, debemos responder a quienes hoy cuestionan la vigencia de los Sindicatos. Cuestionados no solo por la derecha tradicional, sino por sectores de la izquierda que ven en estos una reminiscencia del pasado. En este sentido, encontramos diversas formulaciones orientadas a debatir el papel de los Sindicatos en las sociedades de capitalismo desarrollado. Al tiempo, se impugna el peso de la clase trabajadora como estrato social mayoritario. Una de ellas, digamos la más extendida, iría en esta dirección, con la expansión de la clase media que, junto a las élites económicas conformarían los bloques sociales predominantes. Otros, como Margaret Thatcher, decretaron el fin de la sociedad: “hay hombres y mujeres individuales, y familias”. “No existe una cosa que se llame sociedad”. El gran sindicalista y pensador italiano Ricardo Terzi, lo describió de esta manera: “con este objetivo de despiece definitivo de las organizaciones sindicales trabajan no solo las culturas de derecha, sino izquierdas que sustituyen la centralidad del trabajo por los derechos que se abre más allá de lo social en el campo de las necesidades materiales e inmateriales y de la pura subjetividad”.

Estas versiones, en el territorio de la política, han venido a coincidir con la aparición de nuevas formaciones políticas imbuidas por un clase medianismo radical. Lo que el sociólogo Cesar Rendueles ha venido a definir como reivindicación de la normalidad: “intentar llevar una vida más o menos convencional, formar una familia, conseguir vivir en el barrio donde naciste todas estas aspiraciones que en el fondo son de lo más conservadoras y pequeño-burguesas nos llevan cada vez más a la movilización política”…

Definamos ahora lo que se entiende por clase obrera que y quienes la componen. Y para ello recurriremos a Marx. No obstante, él fue el primero en definirla. En este sentido, encontramos distintas apreciaciones. La primera de ellas, es aquella que define al proletario como “el obrero asalariado que produce y valoriza plusvalía”. Más tarde veremos otra versión cuyas fronteras quedarían menos delimitadas: “el proletario es la base de la sociedad que obtiene su sustento única y exclusivamente a partir de la venta de su fuerza de trabajo”. En todo caso, “la desposesión” de medios de producción caracteriza a quienes conforman la clase obrera o clase trabajadora, que nunca ha sido homogénea en su composición, y no puede entenderse sin el género, la edad o la raza. Aún a sabiendas de encontrarnos con dos definiciones de carácter economicista, nos quedaremos con la segunda versión. A pesar de los grandes cambios operados en el capital y en el mundo del trabajo.

Cambios en el capitalismo, que han generado una reconfiguración en el mundo del trabajo. Algo que el sociólogo brasileño Ricardo Antunnes define como nueva morfología del trabajo.

En la que se encuentran simultáneamente, la clase obrera de base taylorista-fordista, trabajadores de grandes superficies comerciales, empleados públicos, etc. También el precariado, compuesto fundamentalmente por jóvenes, mujeres e inmigrantes.

En el proceso de globalización capitalista, el desarrollo de la digitalización, la cuarta revolución industrial con la irrupción de robots y la inteligencia artificial, el sindicato se encuentra ante nuevos retos. No obstante, estos fenómenos conviven con el incremento exponencial de la desigualdad, la pobreza y la injusticia social. Si en el pasado, las conquistas de las libertades democráticas constituyeron una prioridad para el sindicalismo de clase, hoy lo que está en juego a escala global es el mantenimiento del sistema democrático. Lo viene advirtiendo el economista francés Thomas Piketty: “las concentraciones extremas de riqueza como las que se dan en nuestras sociedades amenazan la justicia y la cohesión social en las que se asienta la democracia”. Por otro lado, la negociación colectiva, al tiempo que constituye un espacio central en el ámbito laboral, es un acontecimiento democrático con el que atemperar la violencia estructural en la relación empresa/trabajador. En donde el despido constituye el acto supremo de coacción y violencia.

Los ideólogos del neoliberalismo llevan tiempo defendiendo lo incompatible que resulta para el progreso de una economía moderna, la existencia de una clase obrera organizada. Desde los grandes medios de comunicación y poderosas factorías del pensamiento (think tank), intentan despedazar al movimiento sindical, olvidando que, este se legitima todos los días en las empresa y en las elecciones sindicales, en las que se expresan más de 7 millones de trabajadores y trabajadoras. Sin embargo nos equivocamos si pensamos que todos los males por los que atraviesa el movimiento sindical provienen de lo externo. También nosotros hemos de asumir nuestros errores y déficits.

Veamos lo que dice Renzi: “una gran organización siempre corre el riesgo de paralizarse por su pesadez. El movimiento inicial debe acumular fuerzas, por eso se convierte en un organismo vivo. Pero en un determinado momento vive de si mismo, de su auto conservación y pierde de vista sus finalidades originarias. De ese modo aparecen una inversión de la realidad entre los medios y los fines haciendo de ello la razón suficiente de su propia existencia”. Riesgos , cabe añadir, no exclusivos del movimiento sindical, pero sirven de antesala al burocratismo. Un mal que amenaza con pervertir la naturaleza transformadora de las grandes organizaciones sindicales.

Hubo un periodo en nuestro pasado, en el que el sindicato abogó por dotar a los y las sindicalistas de un perfil más profesionalizado. Las sociedades democráticas avanzadas exigen a los sindicalistas, unos mayores conocimientos en materias tales como derecho del trabajo, economía e incluso psicología. Así se ha venido haciendo y creo que acertadamente. Quizás, ahora sea la ocasión para introducir nuevas exigencias, orientadas a hacer de nuestros sindicalistas unos activistas sociales, comprometidos con el cambio social. Sin duda, una buena vacuna a la hora de contrarrestar querencias endogámicas y burocratizantes.

Todo lo que acontece fuera del centro de trabajo nos concierne y, en nuestras manos está volver a situar el sindicato en el centro del debate político. Sabiendo que son muchos y poderosos quienes pretenden arrinconar al movimiento sindical. De nosotros dependerá el que no lo consigan.

Artículo de opinión de Antonio Navarro Escudero

Enero de 2017