Opinión

Compartiendo diálogos conmigo mismo

La Asunción de Nuestra Señora

Víctor Corcoba Herrero

14/08/2015

(Última actualización: 14/08/2015 19:33)

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María, ábreme los ojos del alma

para encenderme de sabiduría

y apagar mis desvelos terrenales.

Tú que eres principio en la perfección

del cielo, y por siempre guía

en el camino, danos luz para ver.

Porque en ti quiso el Creador

que habitara nuestro futuro

a través de tu Hijo, nuestro Dios.

Mediante la sangre de su cruz,

la tierra se ha conciliado con el cielo

y todos nos hemos reconciliado.

Venerándote hoy, tomo conciencia

de la protección divina que no falla,

y de cómo se llega a la Casa del Padre.

Siempre, allá donde estaba el Hijo,

se hallaba el corazón de la Señora,

y un corazón que vive, se aviva siempre.

Dejémonos abrigar por la esperanza,

ella nos guarda y nos reconduce,

a poco que nos amparemos a su árbol.

Dios siempre proclama su grandeza

en nuestro espíritu, somos sus ramas,

reserva nuestras hojas y nos preserva.

Nos lo ha dicho, siempre a nuestro lado.

Vive en nosotros y por nosotros muere.

Consoladora María, espera y no desespera.

Ella, la que fue elevada a las alturas,

nos proteja de las sombras de la noche,

y nos auxilie de la cruz que nos espera.

Desde su gloria, nos glorifique.

Desde su paz, nos eternice.

Desde su amor, nos armonice.

Ella, que supo entronizar el albor

como nadie, abandonándose a sí misma,

pues cada sí, fue un pulso y un paso más.

No hay tiempo que perder, lo sabía.

Hay que donarse sin pausa alguna.

Que el paraíso es para los que se entregan.

Por ello, hoy la humanidad entera

te suplica, que ruegues por nosotros,

cuando llegue el momento de la ida.

Entonces no valdrán huidas, ni evasiones,

lo que de corazón se aman, saben

lo que es ascender como tú, ¡Madre buena!